Dramaturgia Los restos del feminicidio Teresita Castillo Quiñones

Foto del documental "Los huérfanos del feminicidio" del colectivo Ensamble de Oaxaca.

Irene tiene 13 años y ve cómo su papá le grita a su mamá,

la lastima,

la golpea

y finalmente, como era de esperarse en esta escala,

la mata.

Ella es Irene

y su vida cambiará para siempre,

porque un día su papá compra una pistola,

para protegerlas, le dijo;

para cuidarlas, le repitió;

porque las amo, le mintió.

Entra en la mitad de la noche, despierta de un portazo a Irene, ella lo observa mientras abraza a su mamá, están acostadas en la cama, él, del otro lado apunta y BANG, suena un disparo, BANG suena otro, BANG BANG BANG BANG BANG BANG BANG BANG BANG BANG BANG BANG BANG BANG.

Infinitos BANG suenan en su cabeza, son reales, uno se multiplicó en miles, no escucha nada, no hay sonido, sólo el eco del disparo resuena en su cabeza. Una mezcla de tiempos donde los minutos se convierten en eternidades que no duran ni un segundo, su visión falla, se observa siendo arrastrada por su padre al cuarto de al lado, mientras aún se siente y se observa desde la cama.

Un empujón.

Su madre muerta cayó al piso, y se produce otro eco que nunca va a callar.

Miles de ecos resonando en miles de cabezas de pequeñas que nunca lograrán callar.

Miles de niñas cuyo dolor se interioriza tan profundamente como el eco del disparo, como el sonido del puño contra la carne, como el sonido de los vidrios cortando y el leve sonido de la sangre emanando.

Y el dolor se impregna en los ojos, al ver a su madre siendo humillada, siendo golpeada, siendo cacheteada, siendo cortada, apuñalada, ahogada, electrocutada, violada, mutilada, asesinada.

Los ojos de Irene no volverán a ser los mismos.

Ya no verán de la misma forma, no observarán de la misma forma y no leerán de la misma forma.

Irene toma la Biblia y la guarda para sí, ni siquiera la va a leer, sólo quiere sentir que no está sola, que en algún lado existe un ser divino que le traerá a su mamá de regreso, aunque sabe que no es posible, que ya se fue para siempre, pero le hace tanta falta que los imposibles no tienen cabida ahora, así que pide con mucha fuerza, y fantasea, y ruega y berrea y grita y rompe y destroza y arranca e incendia, lo quiere destruir todo y quemar todo, porque su mamá no está y nunca más la volverá a ver, y lo sabe. Y ese libro no es suficiente, así que lo arroja.

Porque nunca nada será suficiente para sacar su rabia.

Que todas las Irenes del mundo griten lo que no pudieron gritar.

Como ella no pudo gritar cuando entró su ¿padre?

NO

Como ella no pudo gritar cuando entró el asesino de su madre

Como no pudo gritar cuando sacó la pistola,

cuando apretó el gatillo,

cuando aventó el cuerpo de su mamá al piso,

cuando la encerró en el cuarto de al lado

y cuando escuchó el sonido del cuerpo de su madre bajar a rastras por las escaleras.

¿Por qué no gritaste?, le recriminan.

Porque el miedo se apoderó de ella, la paralizó, la dejó muda y sin poder moverse.

Un miedo indescriptible que te hela los huesos y cala cada centímetro de tu cuerpo, un miedo que ninguna niña debe conocer, ni mucho menos experimentar.

Nos quitaron todo que lograron quitarnos hasta el miedo se lee en un volante de una manifestación feminista reciente, y retorna a Irene a ese miedo que no la deja dormir, y se pregunta si será verdad, si aquel miedo que sintió fue el punto sin retorno del que nunca saldrá.

Cruzar el límite del miedo es conocer el infierno.

Pero no le quitaron el miedo, la acostumbraron a él.

La acostumbraron a las tácticas de seguridad que debe seguir, a llevar brasier y falda larga, a no llamar mucho la atención, a ir por la calle alerta ante cualquier cambio, a imaginarse rutas de escape ante posibles peligros, a conocer los puntos débiles del hombre en caso de ataque, a qué hora salir y a qué hora volver, a mandar un mensaje cada hora para confirmar que está bien y sigue con vida.

La acostumbraron a llevar siempre algo con qué protegerse, un cuchillo pequeño sin mucho filo, unas llaves en punta con un llavero, un gas lacrimógeno casero recién hecho, un lápiz del n.12 con la punta afilada, un silbato que cuelga del cuello, etcétera, etcétera, etcétera.

Pero tienen que ser cosas que no dañen considerablemente a su atacante, porque entonces la mala eres tú

La salvaje

La delincuente

La desalmada

La agresora

La culpable

Porque eso son las mujeres que se defienden, que alzan la voz, las que gritan, patalean y no se dejan. Son culpables ante los ojos de esta sociedad machista y misógina anti- mujeres, porque no les importamos realmente, sólo quieren que nos callemos mientras nos violan por la parte de atrás, mientras nos mutilan y asesinan, mientras se comen y destruyen nuestras almas, nuestras mentes y nuestra vida.

Me dijo que todo lo que había pasado era por mi error y que si me dejaba vivir era para que yo cargara con la culpa y me amenazó que si decía algo me iba a ir mal

Irene cambió su muñeca de trapo por sesiones de terapia, cambio salidas al parque por visitas a la comisaría para levantar las demandas, las risas por llanto y la alegría por tristeza,

en un mundo donde una niña de 13 años es la culpable de su violación por

provocar al agresor,

donde esa niña es una asesina por querer abortar,

donde esa niña es la mala madre por dejar a su bebé e irse a trabajar,

donde esa niña es la culpable del feminicidio de su mamá.

Y si buscas ayuda, la fastidiosa eres tú,

como la mamá de Irene que después de ir a terapia y darse cuenta que

vivía violencia familiar

decidió que quería separarse de su esposo porque les hacía daño

y al exigir pensión alimenticia le responden que deje de estar fastidiando al señor,

que suficiente tiene con querer dejarlo.

Al final el esposo se encargó de que no lo fastidiara nunca más.

Y aun así se leen estupideces como: pues que esperaba que pasara, si lo dejaron al pobre.

Porque el feminicida siempre será la víctima para esta sociedad.

Entre tanto Irene ahora sólo carga con $50 y la foto de su mamá en la cartera,

pues es lo único que le queda de ella, una mugre foto que nunca podrá devolverle

un abrazo, que nunca podrá consolarla, darle un beso, acurrucarla ni apoyarla, decirle

te amo y transmitir ese calor corporal que acompaña la presencia del amor,

pero al menos esa mugre foto recuerda eso, la hace recordar, lo bueno y también lo malo. Pero eso es mejor que no recordar, que pase el tiempo y no recordar cómo luce,

cómo sonríe, cómo te mira y cómo existía.

Ahora los recuerdos son todo lo que se guarda, porque es lo único que se tiene

¿Son estos recuerdos lo suficiente para mantener vivo a alguien?

Recuerdo la calidez de su abrazo, la dulzura de su voz, el roce de su mano con mi cabello, la mirada tierna al verme, y el sonido de su risa, la forma en que movía los pies de un lado a otro, cómo colocaba sus lentes y cómo su cabello se movía con el viento, el olor de su ropa y su peculiar andar, sus bromas y chistes, su felicidad, espero tu igual lo recuerdes Irene.

El sabor de sus galletas favoritas y del amor.

Que te impregnes del recuerdo y no te empape la ausencia.

Irene voltea su mirada, y saca la postal que le trajo su tía de una playa desconocida que decía: ¡Todo este trayecto hacia ti hasta hoy! Y no termina… ¿Qué crees tú que es más importante que el azul y el rojo?

R: Justicia

Justicia por ella, por todas, por las que no están y por las que peligran.

Justicia para Irene ya que el feminicida de su madre está prófugo desde hace 7 años.

Justicia por cada lágrima y cada grito de dolor.

Porque no le quitaron el miedo, lo transformaron en rabia.

Rabia y coraje de la impotencia por no poder hacer nada, de saber que nadie hace nada y que por más que grites y exijas nadie te escucha, de saber que el feminicida continúa su vida sin el menor arrepentimiento, caminando libremente por las calles con su característica gorra del Club América mientras fuma una cajetilla de cigarros.

Hartazgo de afrontar la realidad, por más que Irene grite a los cielos y se pregunte una y otra vez por qué a ella, por qué a su familia, la verdad es que son miles de Irenes las que se encuentran en México haciéndose exactamente la misma pregunta a modo de súplica más que de incógnita.

Afrontar que a algunas les toca ser más Irene que a otras, y que siempre habrá alguna que conozca el infierno mejor, pero infierno es infierno y ninguna niña de 13 años debería de conocerlo.

Así que, ¿qué podría haber en los bolsillos de esta pequeña?

Sufrimiento

Odio

Rencor

Impotencia

Tristeza

Amargura

Rabia

Coraje

Dolor

Pero Irene encontró también otro tipo de coraje, de fuerza, de valentía, de valor.

Salió del cuarto, fue hacía el lavadero donde el feminicida coloco el cuerpo de su mamá, la cubrió con una manta, y después de derramar todas las lágrimas que le quedaron, al primer asomo del sol, gritó.

Y retiemble sus centros la tierra al sonoro rugir del dolor…

Teresita Castillo Quiñones
Actriz, acróbata y feminista originaria de Chetumal, Quintana Roo. Nació el 1 de Mayo de 1999 y su amor por el teatro en el 2016, al participar en el taller de teatro del CBTIS 214. Fungió como actriz en la obra Los nidos del amor de Jazziel Mena Flores, la cual se presentó en el intercambio del Festival de Cultura del Caribe, en Cancún, ese mismo año. Es a partir de esta experiencia que su pasión por el teatro incrementó y buscando desarrollarse como actriz de manera profesional, en 2017 se postuló y quedó seleccionada como estudiante en la Licenciatura de Teatro en la Escuela Superior de Artes de Yucatán, donde conoce su nueva pasión y nace su amor por la disciplina acrobática aplicada a la escena. Actualmente, con 21 años se encuentra en el séptimo semestre de la licenciatura en teatro y continúa formándose como actriz y acróbata, siendo acreedora al estímulo para creadores en Quintana Roo Cultura en un Click impartiendo el taller Principios básicos del entrenamiento acrobático de manera virtual a jóvenes de la ciudad de Mérida y Chetumal.