El ring del vals. Apuntes íntimos de Míguel Canto Solís

“Cánsate o muévete,
no te pares ahora, no pensarás que todo fue una broma;
la virgen de Guadalupe te protegerá, te protegerá.”

 “El Boxeador”, de E.Bunbury

Esta noche, el frío y el sudor pelean en mi cuerpo sin que yo pueda detenerlos. El calor me quema por dentro mientras la piel se me enfría por fuera, los nervios me tienen prisionero. Solo debo esperar, dar unos pasos, subir al ring, esperar la campanada y soltar el fuego congelado que me tiene sumiso. Luchar en calor siempre es mejor, sin embargo, en esta ciudad parece que solo conocen el frío: estoy al otro lado del mundo, no son chinos, pero todos se parecen. Cholain, mi entrenador, me dice que son japoneses y el de esta noche es muy alto y disciplinado, que él no cree que pueda derribarlo, pero sí me advierte que poco a poco, bailando de izquierda a derecha, un paso atrás y un gancho, lo iré desgastando hasta hacerlo perder. La cadencia en el movimiento de cadera y la velocidad me harán llevar la pelea.

Antes de subir, siempre tengo dos minutos de dudas, mi cerebro se rebela y quiere quejarse haciéndome recapacitar, buscando grietas: “¿Qué haces aquí?” “¿Por qué te gusta recibir golpes?”. La verdad, incómoda y limpia, no tarda en responder: admito que sí me gusta golpear. Desde niño siempre fui peleonero, primero contra el abusivo del salón o contra la bandita del barrio; un “tirito” al salir de clase era lo más natural del mundo.  Con los años aprendí a afinar el instinto; ahora disfruto el impacto que pega en blandito, justo en el hígado, ese gancho que los hace doblarse, veo cómo giran y quiero rematar con un jab y el uppercut para dejarlos en la lona. No todos se dejan, sus defensas son buenas y retroceden o me abrazan, eso me enoja aún más, solo mantengo la cabeza fría y vuelvo a la cadencia de encontrar el recoveco para comenzar de nuevo la estrategia.

Durante el masaje previo a subir al ring, Cholain no deja de repetirme lo mismo:

—¡El primero en golpear, golpea más fuerte! Y si caes, ¡te levantas antes de que cuenten hasta diez, retrocedes y golpeas! Te mueves con la elegancia de bailar un vals.

A veces el entrenador olvida que en mi barrio lo más que se baila son cumbias, pero entiendo que debo moverme, corregir el rumbo, llevar un movimiento como el de las olas tratando de volcar un barco. Soy esas olas, tengo que pensar que puedo ser fuerte como el mar o alguien más lo será y me noqueará.

En esa pelea, en Tokio, era joven y quería salir a comerme el mundo lanzado golpes desde el primer minuto; era muy rápido y mi gancho de izquierda ya lo tenía dominado, pero el entrenador solo me gritaba que aguantara, que no lanzara todo, que llevara el ritmo. Con los años entendí el discurso, pero eso solo te lo da la experiencia y los golpes. Primero estudias al rival, identificas sus puntos vulnerables, lo miras, lo engañas, le lanzas golpes donde crees que él no los va a recibir porque tiene bien cuidada su defensa (que piense que te tiene dominado), lo dejas creer que marca el ritmo de la pelea, lo llevas y vas aguardando hasta que se descuide; te sientes un gato tratando de atrapar a la tortolita que está comiendo tranquila porque piensa que, como no te mueves, no le harás nada, hasta que ves el momento y te vas con todo, recto a la mandíbula, swing, gancho al hígado, se dobla, jab, jab y uppercut y caerá. Caen. Cayeron.

En el camerino, antes de subir al ring, debo previsualizar lo que quiero que pase, mi cabeza es algo pesimista y Cholain siempre me grita lo mismo, que son ellos los que tienen mucho que perder, yo soy de una tierra caliente de guerreros mayas que no se rinden, y si pierden, se mueren. Que nadie me conoce y que estoy para dejar una marca que el mundo no esperaba, que el miedo es un contrincante y como tal se le noquea a golpes, no para cargarlo ni para andar con él.

Durante el vendaje me dan ganas de ir al baño, es incómodo porque alguien tendría que hacer todo por mí, como si no tuviera manos, y eso me deja sin ganas de ir. Me gusta sentir la presión de las vendas sobre mis nudillos, es como si alguna fuerza me tomara la mano para guiarme en cada golpe. Me siento protegido y fuerte aun cuando solo son unos pedazos de tela, es como sentir las manos de mis hermanos y hermanas apretando fuerte sobre mis puños. Es sentir que la raza de mi tierra me apoya.

Casi en todas mis peleas usé pantaloncillo rojo, me habían dicho que el rojo es el mejor color para atraer la fuerza. La primera vez que lo usé fue porque me daba vergüenza mostrar una ropa manchada de sangre. En Japón terminé con el pómulo cortado, sangrando por un golpe que no vi venir, pero eso no me detuvo y gané la pelea. Hay quienes me pagaron por usar ese color en mi pantaloncillo.

Cuando subí al ring la primera vez, en Progreso, Yucatán, fue para llevar comida a la mesa, era 1966 y entre toda la familia tratábamos de conseguir algo para llenar el estómago, un taco que llevarnos a la boca ocho varones y cinco mujeres. La vida en un barrio obrero no avisa, no espera, no negocia. Hay que golpearla primero o ella te aplasta. No importa cuánto resistas, siempre pega más duro, pero te levantas y continúas. Eso es lo único que no te puede arrancar.

Las primeras peleas las perdí por knockout, pensé en dejar este sueño de boxear y regresar a la chamba pesada en las calles de Mérida. Y no lo hice porque la vida no me iba a dejar tirado en la lona.

El peso mosca es para gente pequeña como yo, Cholain decía que los 50 kg son suficientes para noquear al que te pongan enfrente siempre que tengas la estrategia, es un ring de danza: te mueves y bailas vals mientras lanzas los golpes más letales que puedas, cada puño se convierte en un arma donde pones la vida o la muerte y puede ser el último.

Me persignaba torpemente por culpa de los guantes justo antes de atravesar las cuerdas del ring, le pedía a la Virgen de Guadalupe y a San Juditas que me cuidaran de tanto puñetazo, que me dejaran ganar sin lesionar al oponente. De todas maneras, no solo duelen los golpes recibidos, también duelen los golpes dados, en las manos, los dedos, las piernas, incluso varios días después de cada pelea. Para poder tomarme un vaso de agua o un refresco, temblaba de tanto dolor, me quemaba el frío de la fuerza de los golpes dados; ahora me persigno antes de comer y dar gracias por la familia que tengo. Hay días en que salgo a caminar por la colonia, entro a la cantina de barrio para saludar a los vecinos, casi todos me conocen y los que no, siempre terminan por saludarme y decirme “Maestro”, y eso me alegra el día. Estos últimos años me ha sido difícil hacer ese recorrido. A veces olvido cosas o me siento realmente mal de la cabeza.

Me he sentido mal también en el ring. Cuando ese cuadrilátero de cuerdas era todo menos un lugar para bailar un vals, escuchando el alarido de miles de personas gritando contra mí en idiomas que no conocía, se ponía todo muy oscuro y difuso, enfocaba mi vista en un solo punto y analizaba al adversario, me repetía las palabas de Cholain y seguía moviéndome, esquivando ataques y comenzaba otra vez la cadencia del baile, retrocedía y golpeaba. Me acorralaban contra las cuerdas, aunque también lo hacía y, a pesar del cansancio extremo que casi hace desfallecer, seguía golpeando, uno solo de los golpes que llegue, un resquicio, una defensa baja, un descuido y tendría el knockout.

Esa noche faltaban unas semanas para mi cumpleaños y Cholain insistía en que debía olvidarme de eso, que me enfocara en la pelea, era una hazaña la que estaba por realizar. Los periódicos la llamaron la “Batalla de Sendai” porque pude ganarle en su casa a Shogi Oguma, considerado la promesa más sólida del boxeo mundial. Creo que hasta hoy no logro magnificar ese evento, yo solo hice lo que me dijo Cholain y todo resultó. Siempre estaré agradecido por todo ese empuje, esos gritos y esa fortaleza en mi autoestima para despertarme de ese frío entumecido que a veces llevamos por miedo. El sonido de la campana siempre ahuyentaba ese frío.

En las entrevistas o con los amigos de la colonia, todos preguntaban qué se sentía llegar a la cima del mundo. Yo nunca tuve esa sensación de hazaña, para mí fue como aprender algo básico y repetirlo, seguir las indicaciones del entrenador, con la única diferencia respecto de cualquier otro oficio de que, si no las seguía, podría morir. Cuando aprendes a hacer limonada o a bailar, reúnes los ingredientes y sigues un proceso ordenado, pero si lo haces mal, te queda una limonada amarga o le pisas los pies a tu pareja de baile; sin embargo, en el box terminas en la lona, en el hospital o muerto.

Fue hace más de cuarenta años y siento el recuerdo como una ráfaga de realidad:

—Miguelito, es hora de subir.

Y yo brincaba, calentaba, lanzaba ganchos al aire, bailoteaba con movimientos de cintura. Y no quería pensar, solo sentía. Dejaba que el miedo llegara a mí, que viniera frío porque el sonido de la campana lo iba a convertir en fuerza y se iría en cada puñetazo contra la humanidad de mi contrincante.

—¡Vamos, Miguelito! ¡Es tuyo! Lo tienes, ya lo tienes.

—¡Muévete! ¡Muévete, sal de ahí, con un carajo! ¡Baila, baila, Miguel!

—¡Retrocede y gancho! ¡Bailas y repites!

—¡Solo es una cortada! ¡Nada se rompió! ¡Sigue, Miguel!

—¡Ganaste!

—¡Felicidades, campeón!

Epílogo

Las últimas peleas de Miguel “El Maestro” Canto fueron en 1982. Tras su derrota ante Rodolfo “Colorina” Ortega, la Comisión de Boxeo de Mérida le retiró la licencia debido a tres nocauts consecutivos. Su récord profesional fue de 61 victorias, 9 derrotas y 4 empates. El 30 de enero de 2026 cumplió 78 años, padecía una lesión cerebral, entre otras enfermedades ocasionadas por las secuelas del boxeo y solo con el reconocimiento de quienes tienen memoria. Es considerado como el mejor boxeador de peso mosca de la historia, algunos le llamaron “El boxeador del siglo”, título que nadie más se ha adjudicado. Defendió con éxito su título 14 veces en un formato de pelea a 15 rounds, un récord difícil de romper en esta era de peleas de campeonato a 12 asaltos. Falleció el 26 de abril de 2026 en Mérida, Yucatán.

Arquitecto y Maestría en Arquitectura por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Yucatán. 2004 y 2010 Profesor de la Facultad de Arquitectura de la UADY de 2011 al 2017, de la Universidad Vizcaya de las América, del Centro Universitario de Valladolid (CUV) y la Universidad de Yucatán (UNY). Arquitecto responsable de los proyectos de Restauración de catorce edificios religiosos patrimoniales en el Estado de México derrumbados por el sismo de 2017. Asesor en dos proyectos sociales de vivienda en comunidades rurales sobre autoconstrucción asistida (en PLANCHAC 2015 Vivienda Popular como unidad doméstica sustentable; Medio ambiente y cultura) y Construcción de vivienda vernácula (en Tahdziú 2005). Y como Investigador asociado en el área de Seguridad en la construcción en los conjuntos de vivienda en serie del proyecto CONAVI – CONACYT clave 236282 y clave SISTPROY UADY 2015001. (2015 – 2016) Arquitecto copartícipe en la reconstrucción de viviendas destruidas por el sismo de 2017 en localidades de Chiapas, coordinando a estudiantes de Arquitectura participantes. Docente de las asignaturas de taller de materiales, Restauración, Taller de Proyectos y Teoría e historia de la arquitectura regional, Diseño Bioclimático, Así como de diversos cursos de materiales y sistemas constructivos, Técnicas de restauración y Autoconstrucción asistida de vivienda. Actualmente investigador sobre eficiencia en el uso de materiales entre los que destacan la madera, la tierra, la piedra y otros materiales naturales, así como la realización de proyectos arquitectónicos de vivienda.