Te presentamos la segunda parte de la conferencia que la Dra. Rita Buch Sánchez (La Habana, 1953-2019) dictó al respecto en 2014, en el I Foro Internacional “Educación y Cultura en los espacios que habitamos”, celebrado en la ciudad de Mérida, Yucatán, México, en 2014, en el marco del Festival Internacional de la Cultura Maya.
A partir del siglo I, desde los orígenes del cristianismo y durante un largo período de catorce centurias, la Iglesia cristiana de occidente fue apropiándose de la enseñanza y la cultura, en la misma medida en que se institucionalizaba, hasta que en el marco de la Escolástica (siglos IX al XIV) logró monopolizarlas de manera total, dedicándolas exclusivamente al servicio de la Teología.
Ya en el Renacimiento, durante los siglos XV y XVI, el tema de la educación y la cultura continuó siendo objeto de atención priorizada. Así lo demuestran las obras de los grandes humanistas de aquella época, como Erasmo de Rotterdam, Michel de Montaigne y Juan Luis Vives.
El surgimiento de la cultura burguesa, definida como humanista, fue la expresión del espíritu capitalista naciente y como tal, proyectaba sus inquietudes hacia las más diversas manifestaciones de las formas de la conciencia social. Las nuevas concepciones educativas, culturales, éticas, filosóficas, políticas, religiosas, científicas, sociales, artísticas, etc. respondían al reconocimiento de las infinitas posibilidades que tenía el hombre, de conocer la realidad.
Cabe destacar en esta época, el importante papel desempeñado por las ciencias particulares, que, en su sentido moderno, surgen en esta importante etapa. Debido a su estrecho vínculo con la producción, la ciencia en el Renacimiento se concentrará en dar respuesta a las necesidades prácticas de la producción capitalista, lo que generó la apertura de una época plagada de invenciones técnicas y descubrimientos científicos (la imprenta, la pólvora, la brújula, etc.) y de hecho, la primera revolución científica global en la historia de la humanidad.
La naturaleza comenzó a comprenderse desde nuevas perspectivas, ya no como el producto imperfecto de la “creación divina”, sino como conjunto de fenómenos, cuyo funcionamiento se explica a partir de leyes propias y universales que la rigen; es decir, como colección de seres y objetos cuantitativamente mensurables; en fin, como unidad orgánica.
Por otra parte, la labor filológica de rescate, amplio y profundo, del legado espiritual de la antigüedad, y su utilización como instrumento teórico-filosófico en la lucha contra la vieja cultura teológico-feudal del Medioevo, contribuyó definitivamente al desarrollo acelerado de la nueva cultura burguesa.
A partir del siglo XVII, la modernidad continuará resaltando la importancia de la educación y la cultura para el desarrollo de la sociedad.
El “racionalismo moderno” que, como corriente filosófica, nace en Francia con Renato Descartes y su Discurso sobre el método de 1637, se difunde por Europa, a veces en franca oposición al empirismo, y sostiene que el punto de partida del conocimiento no son los datos de los sentidos, sino las ideas propias del espíritu humano o la razón. Surge como reacción a la orientación filosófica medieval puesta en crisis por las nuevas ideas del Renacimiento, que, entre otras cosas, renueva el escepticismo de los antiguos, el espíritu de la Reforma protestante que mina el principio de autoridad doctrinal, y es heredera de los éxitos del método científico impulsado por la revolución renacentista. La confianza en la razón y el reconocimiento de sus posibilidades ilimitadas constituirá el sello distintivo de esta corriente y generará nuevas posiciones en el campo de la educación.
El siglo XVIII, denominado ¨Siglo del Iluminismo¨ estará signado por ¨La Ilustración¨, como movimiento ideológico y cultural de carácter heterogéneo que abarcó a los principales países de Europa occidental. No obstante, tuvo una mayor resonancia en Francia, por constituirse en el marco de la preparación ideológica de la Revolución Francesa, alcanzando en ese país matices particularmente radicales.
Los Ilustrados, en general, partían de un presupuesto teórico esencial. Para ellos, la raíz de todos los males que padece el hombre y la sociedad, hay que buscarla en la ignorancia o la falta de conocimiento de los hombres sobre la naturaleza, las ciencias y la sociedad. Por tal motivo, se propusieron como tarea de primer orden renovar los viejos métodos educativos y lograr avances notables en la cultura.
Así, señalaron como tarea primordial de la filosofía, “iluminar” las conciencias de los hombres. Esto sugería la necesidad de divulgar los avances de las ciencias, las artes y los oficios, a través de la Enciclopedia, obra monumental escrita por los ilustrados. Fue este un período en el que proliferaron los publicistas, panfletistas y escritores, que estuvo marcado, además, por una aguda crítica a la Escolástica y a su método silogístico y verbalista de discusión, que había prevalecido durante siglos en la filosofía.
Entre los ilustrados más representativos, se destacan los nombres de Diderot, Montesquieu, Voltaire, Condillac y Rousseau.
Todos ellos abogaron por un nuevo concepto de “educación”, pero particularmente este último, se ocupó de manera específica, de esta temática. Rousseau en su obra Emilio o La Educación, editada en 1762, expresaba:
Nacemos débiles y necesitamos fuerzas; desprovistos nacemos de todo y necesitamos asistencia; nacemos sin luces y necesitamos de inteligencia. Todo cuanto nos falta al nacer, y cuanto necesitamos siendo adultos, se nos da por la educación[1]
Quien se quiera formar idea de la educación pública, lea La República de Platón, que no es una obra de política, como piensan los que sólo por los títulos juzgan de los libros, sino el más excelente tratado de educación que se haya escrito[2].
En la contemporaneidad, durante los siglos XIX y XX fueron muchos los problemas de la educación no resueltos a escala global. En octubre de 1999, coincidiendo con los albores del siglo XXI, el entonces director general de la UNESCO expresaba en el Prefacio al libro de Edgar Morin Los 7 saberes necesarios para la educación del futuro[3]:
Cuando miramos hacia el futuro, vemos numerosas incertidumbres sobre lo que será el mundo de nuestros hijos, de nuestros nietos y de los hijos de nuestros nietos. Pero al menos, de algo podemos estar seguros: si queremos que la Tierra pueda satisfacer las necesidades de los seres humanos que la habitan, entonces la sociedad humana deberá transformarse. Así, el mundo de mañana deberá ser fundamentalmente diferente del que conocemos hoy, en el crepúsculo del siglo XX y del milenio. Debemos, por consiguiente, trabajar para construir un “futuro viable” (…) En esta evolución hacia los cambios fundamentales de nuestros estilos de vida y nuestros comportamientos, la educación –en su sentido más amplio- juega un papel preponderante. La educación es “la fuerza del futuro”, porque ella constituye uno de los instrumentos más poderosos para realizar el cambio. Uno de los desafíos más difíciles será el de modificar nuestro pensamiento de manera que enfrente la complejidad creciente, la rapidez de los cambios y lo imprevisible que caracteriza nuestro mundo.
En el citado texto de Edgar Morin, se analizan los siete saberes fundamentales, que, a juicio de este autor, la educación del futuro debería tratar en cualquier sociedad y en cualquier cultura sin excepción alguna, ni rechazo según los usos y las reglas propias de cada sociedad y de cada cultura.
En Cuba, específicamente, desde los orígenes de nuestra cultura, la educación ha constituido objeto de preocupación de las mentes más preclaras.
Así surgió, en las postrimerías del siglo XVIII la propuesta de aplicar el método electivo en el filosofar, elaborada por el padre José Agustín Caballero y Rodríguez de la Barrera (1762-1835), en sus lecciones de Filosofía Electiva, que comenzó a impartir a sus alumnos del Seminario de San Carlos y San Ambrosio en 1797.
Esa obra, compuesta con fines docentes, que permaneció inédita en forma de manuscrito hasta 1944, es una joya de nuestra literatura, por cuanto constituye la primera obra filosófica, escrita por un filósofo cubano, quien asestó los primeros golpes al método escolástico que se practicaba a usanza, y sus páginas son testigos de la importante y trascendental reforma filosófica que acometió el presbítero, convirtiéndose en el iniciador de la tradición electiva en el pensamiento cubano.
Sobre el significado de la enseñanza de Caballero en esa institución, Martí escribiría, a propósito de rememorar la figura de Antonio Bachiller y Morales:
Estudió en el Colegio de San Carlos (…) cuando el sublime Caballero, padre de los pobres y de nuestra filosofía, había declarado, más por consejo de su mente que por el ejemplo de los enciclopedistas, campo propio y cimiento de la ciencia del mundo el estudio de las leyes naturales; cuando salidos de sus manos, fuertes para fundar, descubría Varela, tundía Saco y la Luz arrebataba[4]
Sus eminentes discípulos Félix Varela, José Antonio Saco y José de la Luz, se encargarían durante el siglo XIX, de continuar y enriquecer de modo consecuente la línea del electivismo trazada por su Maestro de Filosofía, y contribuirían de manera definitiva a profundizar la reforma educativa que Caballero había iniciado.
Martí, nuestro apóstol, fue heredero indiscutible de los elementos aportados por esa rica tradición filosófica y ética que va desde Caballero hasta Luz, los cuales aparecen de manera enriquecida en la ética martiana, como expresión del carácter integrador de su cosmovisión.
Heredero, además, de la tradición filosófica universal y de los aportes de sus figuras paradigmáticas, entre las cuales destaca en sus apuntes filosóficos a Heráclito, Empédocles, Sócrates, Platón, Aristóteles, Bacon, Descartes, Leibniz, Condillac, Kant, Hegel y muchos otros, supo beber en la obra de los clásicos de la filosofía y asimilar con criterio propio y espíritu electivista sus más destacados aportes, a la vez que supo señalar sus limitaciones fundamentales.
En la segunda mitad del siglo XIX, cuando en Cuba y en América Latina la filosofía positivista con su crítica a la metafísica resultaba lo suficientemente atractiva y novedosa como para imperar casi por completo en nuestro continente, Martí asume y reivindica el electivismo cubano, enarbolándolo frente a la filosofía de Comte y Spencer, y advirtiendo sobre los peligros que el positivismo entrañaba como postura filosófica preponderante en América.
De este modo, los padres fundadores de nuestra nación y de nuestra nacionalidad, supieron nutrirse de lo mejor del pensamiento universal, y elegir lo mejor de todos los sistemas, para conformar un pensamiento propio y creativo, que diera respuesta a nuestras necesidades y urgencias como nación.
Ya José de la Luz, en frase memorable, resaltaba el trascendente significado que el pensamiento cubano otorgaba a la eticidad y al sentimiento de justicia, cuando expresó:
Antes quisiera, no digo yo que se desplomaran las instituciones de los hombres – reyes y emperadores -, los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de justicia, ese sol del mundo moral.
Cintio Vitier, martiano profundo, heredero de esa eticidad, supo captar magistralmente la esencia de nuestro pensamiento, cuando expresó en su bello libro Ese sol del mundo moral:
De lo que se trata aquí es sólo de señalar aquellos momentos claves en el proceso de forja de la nacionalidad que denotan un fundamento y una continuidad ética, es decir, una creciente, dramática y dialéctica toma de conciencia. En el punto focal de ese proceso – que, desde luego, si no es toda la historia, es su porción más lúcida y edificante – se sitúa la figura de José Martí, uno de aquellos hombres acumulados y sumos, como él llamó a otros, que llevan en sí la agónica rectoría moral de sus pueblos (…) Es ese fundamento moral, con sus antecedentes premartianos y sus vicisitudes hasta nuestros días, lo que va a constituir el centro y el norte de nuestra pesquisa.
Conocer a Cuba y a su Revolución es imposible sin conocer a fondo a quien pudo decir de sí mismo con verdad: “Yo me llamo conciencia”, máxima encarnación de la eticidad revolucionaria cubana, coronador de nuestras tradiciones y anunciador de nuestros mejores futuros. Su mirada hacia el pasado de la Isla será por eso nuestra guía para entenderlo del modo más vivo y creador, así como su exigente proyección hacia el porvenir de Cuba y de América nos acompañará en la valoración de los pasos – tantas veces convulsos y ensangrentados – que a través de la República frustrada condujeron al triunfo de la Revolución. Tendremos entonces así por lo menos el esbozo de lo que pudiera llamarse una historia moral de Cuba, que esperamos sea útil, no sólo a los interesados en nuestra cultura, sino también, por sus lecciones objetivas, para la formación revolucionaria de las nuevas generaciones americanas.[5]
Hoy más que nunca, la educación y la cultura reclaman nuestros desvelos y preocupaciones sobre la formación inmediata y futura de las nuevas generaciones. A lo largo de la historia, nuestros más importantes educadores se han caracterizado por el amor a la justicia y al bien común, cuya máxima expresión es la eticidad martiana. Ellos bebieron en lo mejor de las fuentes del pensamiento universal y a la vez fueron herederos de la más auténtica tradición del pensamiento cubano electivo, nuestros más grandes filósofos, educadores, y padres fundadores de la nación cubana, quienes desde las postrimerías del siglo XVIII clamaron por un nuevo concepto de “educar”, que ante todo significara “formar hombres íntegros, para la vida y para la patria”. Me refiero a José Agustín Caballero; Félix Varela; José Antonio Saco, José de la Luz y José Martí, entre otros.
Ese amor a la justicia y ese alto sentido de la eticidad es el que ha guiado a los padres fundadores de las naciones hispanoamericanas, a los próceres de nuestra independencia y a nuestros héroes y mártires en su lucha, a lo largo de nuestra historia.
Por eso, para enfrentar los desafíos de este siglo, estudiar profundamente la obra de los grandes pensadores, tanto a nivel nacional como universal, nos permitirá develar los inmensos aportes que ellos hicieron en el campo de la educación, la cultura y la filosofía, en su afán por construir una sociedad futura de plena justicia social.
Si te interesa el tema, te invitamos a leer:
[1] Todos los subrayados son de la autora.
[2] Juan Jacobo Rousseau: Emilio o La educación. Libro Primero.
[3] Edgar Morin: Los 7 saberes necesarios para la educación del futuro. Por su importancia, ante los desafíos de la educación a escala global en los albores del siglo XXI, ese libro fue publicado en octubre de 1999, por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.
[4] José Martí, “Antonio Bachiller y Morales”, Obras completas, t. 5, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pp. 143-153.
[5]Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral.








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