El mes de abril se presenta con la llegada de las primeras lluvias, trayendo consigo el Día Mundial del Libro y el Día de la Danza que, aunque pudieran parecer dos celebraciones disímiles, el libro y la danza hacen una pareja muy especial.
La danza es un arte tan antiguo como efímero, de ahí su magia. Nos crea o nos recrea emociones de tan sólo un instante, pero que se quedan para la toda la vida en el espectador. Son las palabras que, en el registro literario, permiten a la obra escénica quedar en la memoria histórica, aunque la experiencia sensorial no pueda recrearse porque es única e irrepetible.
Es así que la relación entre las palabras y la danza es tan sutil como necesaria, existen libros que registran la técnica, las coreografías, los espectáculos y el análisis de las puestas en escena, como obras dancísticas basadas en la literatura clásica como El cascanueces, El lago de los cisnes, Romeo y Julieta, que también han inspirado a los más grandes músicos a crear bellísimas melodías, las cuales, en conjunto con el movimiento de los cuerpos nos han regalado interpretaciones que han pasado a la historia.
La danza clásica ha sido la reina de la escena dancística por antonomasia; sin embargo, a partir de ésta se han desarrollado diversas escuelas y métodos como el vaganova que proviene del ballet inglés; el método estadounidense que se basa en la tradición rusa y el método cubano, desarrollado por Alicia Alonso.
Pero, sin duda, el vasto abanico de la danza va mas allá del ballet, pues derivado de este, hoy gozamos de la danza contemporánea y la danza jazz que, a su vez, han desarrollado sus propios métodos y escuelas en los últimos años; así como el reciente reconocimiento artístico de la gran variedad de danzas tradicionales que conforman el folklor tanto nacional como internacional.
Estas últimas son un claro ejemplo de la evolución en la danza, pues, como ya sabemos, nada es estático y mucho menos el arte. En México, Nellie Campobello, conocida también como la narradora de la Revolución Mexicana, fundó, a penas, en 1931 la Escuela Nacional de Danza, que dirigió por varias décadas. Recorrió la república mexicana, junto con su hermana Gloria Campobello, para registrar la diversidad de los bailes tradicionales de cada región, lo que dio origen al libro Ritmos indígenas de México, que se publicó en 1940, y a la Escuela Nacional de Danza que fundó en 1943 y que dirigió por más de diez años.
Es por esto y porque el ritmo es inseparable de las palabras, como en el escenario de la poesía, el cuento y la novela, que hemos titulado esta edición de la revista Lectámbulos: La danza de las palabras, en homenaje a este hermosa y necesaria disciplina, y en particular a la maestra Cristina Marcín Gahona, precursora de la danza jazz en el sureste mexicano, cuya pasión y tenacidad se encuentra en cada paso y movimiento los alumnos que han sido parte de la Escuela de Danza Jazz del Centro Estatal de Bellas Artes, en Mérida, Yucatán.










Responder