Cuento La mujer de sal de Teresa Dey

Que por qué miré atrás…  Para salvar el fuego, para salvarme yo.  Mejor ser columna de lava que grano de polvo movido por el viento.  Me llamo Edith y fui la mujer de Lot. Soy estatua de sal perenne, perdida en mitad del desierto para no ver lo que Lot hará con mis hijas.  Así es mejor.

Cuando los dos elamitas nos sacaron a empujones del caserío, se me llenó la memoria de momentos en los que fui arrancada de aquello que creía mío, de lo que según dictaban las leyes, estaba en mi destino. Como tormenta de arena llegaron los recuerdos. Como aquel día en Ur-Kaśdim, cuando la oscuridad y la luz fueron iguales. Celebrábamos la partida de los soles ardientes y el regreso de la vida.  En lo alto del templo se celebraba la indispensable hierogamia que daría paso al nuevo día y al brote de los renuevos de lino y cebada.  El Lú-gal había ya sembrado su semilla en la primera hieródula, en conmemoración del regreso de Dumuzi a los brazos amorosos de Inanna.  Ríos de cerveza se bebían en las tabernas como ofrenda.  Es verdad que me acerqué al Zigurat, pero la curiosidad me escocía, yo estaba a punto de consagrarme al servicio de la Señora del Cielo y la Tierra, apenas comenzaba a ser mujer, aún mis senos estaban floreciendo, nadie había arado mi vulva todavía.   Fue entonces cuando el que dice ser mi esposo y señor me echó encima una piel de cordero y me levantó en vilo y me llevó de allí.  Cuando pude arrancarme ese cuero, ya estábamos fuera de la ciudad.  Iba siguiendo a su tío, un anciano que renegaba de Enki e Inanna; porque según él otro dios le había ofrecido una tierra fértil nada más para su tribu, el viejo se había hecho cargo de Lot a la muerte de su hermano.  Esa noche, el hombre que me raptó me dijo que le gustaron mis cabellos negros y mi cadera fuerte después de que aró mi vientre y puso la semilla de Oona, la mayor de mis hijas.  

El dios del anciano no le anticipó que aquella tierra ya tenía dueños, que estaba lejos, y que viajaríamos a todo lo largo del río, además de un buen trecho de desierto, hasta las llanuras de Mamré, cerca del río de Hebrón.  Como el sitio estaba ocupado, acampamos en las afueras.  Y de las calles empedradas de Ur-Kaśdim, pasé a vivir en una tienda armada con pieles de cordero, esclava de un hombre desconocido que me llamaba esposa y de un anciano que deliraba con la voz de un solo dios que despreciaba a todos los demás seres sagrados.  Cuando comenzaba a reconocer el paisaje, vino una terrible hambruna y volvimos a emigrar, rodeamos el mar de sal hacia el Nilo, siempre fértil, a vendernos por un haz de cebada o por una cabra.  En Egipto nació mi segunda hija Agga.

El anciano no ayudaba, cohabitaba con su media hermana Sarai, ella sí, una acadia de cuerpo entero, pero yerma, así que a cambio, acercó a su esclava Agar con su marido y de allí nació el pequeño Ismael.  Las disputas y celos entre las dos mujeres lo tenían tan en vilo como las voces que escuchaba. Sobre todo después de que Saraí parió a Isaac.  

Tras tanta lucha, regresamos a Səḏôm, y nos establecimos.  Por fin volvía a vivir en  una ciudad, allí nacieron mis dos hijas pequeñas, Midra y Paltith.   Allí crecieron, con un techo sobre sus cabezas, con vasijas de barro para ir a pozo, con algunas cabras que dan buena leche y con un pequeño huerto de olivos.  Yo no pedía más.  Es cierto que las costumbres allí son distintas a las que conocimos en Ur-Kaśdim.  Aunque quién puede decir cuáles son peores y cuáles mejores.  Mis dos hijas mayores se casaron y me hicieron abuela. Veía en esos niños la mirada de mi madre, de quien nunca pude despedirme.  

Entonces el viejo volvió a las andadas, a hablar con su extraño dios que odia ahora a los dioses de estas tierras, El y Baal casi tanto como odia a la diosa Astarthé.  Según el tío de Lot, ese dios envió a dos de sus ángeles para buscar lo que ellos llaman hombres justos.  Para mí que son espías de Elam o de Goim.  Lot, que tiene la obligación de obedecer a su tío, les dio hospedaje.  Aunque los habitantes de BeraSəḏôm, no son tan ingenuos como el padre de mis hijas y se amotinaron fuera de nuestra vivienda, exigiendo que les fueran entregados los dos extranjeros. No sé si en honor a las reglas de hospitalidad sagrada a las que Lot les debe la vida lo prohiben, o porque perdió la cabeza, no se le ocurrió otra cosa, que ofrecer a cambio los cuerpos de mis dos pequeñas, cuyas vulvas permanecen intactas.  Por fortuna los amotinados no aceptaron, querían la carne y la sangre de los extranjeros, no la de dos criaturas inocentes. 

Fue entonces que los elamitas, que seguramente son practicantes de alguna magia, cegaron a quienes nos rodeaban y nos informaron que su dios acabaría con la ciudad.  Los esposos de mis hijas mayores no creyeron lo que Lot les decía, pensaron que se había contagiado de la locura de su tío Abraham.  No quisieron dejar su hogar. Los comprendo bien.  A los demás nos arrancaron de nuestras labores y a empellones nos sacaron de la ciudad.  “Corran por sus vidas”, decían, “no se atrevan a mirar atrás…”  Lot, los siguió sin preguntar.  Digno sobrino de Abraham, y claro, mis niñas lo obedecieron.  Esos hombres y su dios creen que somos como sus cabras, como las arenas del desierto que viajan al soplo del viento, ellos creen que valemos lo mismo que un grano de arena, que somos posesiones sin voluntad, sin nombre propio.

Quizá yo los habría seguido, pero a mis espaldas comencé a escuchar los truenos y el crepitar del fuego, los gritos y los lamentos que se me clavaron como lanzas, como puntas de flechas.  No pude evitar mirar atrás cuando me pareció escuchar los llantos de mis nietos. Dentro de mí vi la mirada llorosa de mi madre, de mis hijas, de los niños.  Nunca más me iría sin despedirme.  Nunca más.

                                                                                  

Teresa Dey
Teresa Dey nació en la Ciudad de México. Es licenciada en Creación Literaria por la UACM y maestra en Docencia Universitaria por la Universidad Simón Bolívar. Es profesora-investigadora en la Academia de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Es asesora de la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas, A.C. También integrante de la la Red Internacional de Investigadores y Creadores en Lenguas Indígenas. Ha sido colaboradora de varios suplementos y revistas culturales. Autora del libro Mujeres transgresoras, publicado por Editorial Punto de lectura. Es autora del volumen de cuentos El animal del deseo y otros cuentos publicado por Editorial Camelot y de la propuesta didáctica del Tractatus ludicorum para cuentistas. Tiene dos poemarios inéditos: Colgar un colibr y Canto al brote. Su obra ha sido publicada en diversas antologías de cuento y poesía.