Si algo ha quedado claro en estos meses, es que esta pandemia ha venido a colocar el acento sobre todas esas desigualdades sociales ante las cuales siempre hemos sido tan indiferentes, ya sea por procesos de invisibilización y normalización en los cuales hemos sido socializados o, simplemente, porque en el fondo sabemos que esas desigualdades son los cimientos que sostienen muchos de nuestros privilegios.
Una de esas desigualdades, es la de género. El ser mujer en un país profundamente sexista como lo es México, hace que el sobrevivir a una pandemia sea misión casi imposible.
Cuando escribo esto, pienso en esas mujeres que, probablemente, no se encuentren en posibilidad de leer estas líneas, ya sea porque les falta el tiempo, los recursos o ambas cosas. Hablo de las mujeres que hoy trabajan desde casa, cuidan de sus hijos e hijas y realizan labores domésticas, todo a la vez. De las mujeres que son jefas de familia y hoy se encuentran desempleadas. De las mujeres trabajadoras sexuales –muchas de ellas trans- cuya única fuente de ingresos desapareció de un día para otro. De las mujeres que hoy se encuentran protegidas del virus en casa, pero a merced de un mal que también podría acabar con su vida: la violencia de género, y de las mujeres obreras, que todos los días arriesgan su vida por ganar un sueldo insuficiente.
Hablo de esas mujeres y de las que hoy se encuentran en confinamiento con una familia que las rechaza por sus identidades o preferencias no heterosexuales. De las mujeres adultas mayores y de las mujeres con discapacidad, que hoy se encuentran aisladas y probablemente, sin el apoyo que necesitan para su supervivencia tanto física como emocional. De las mujeres que, debido a la contingencia, no pueden acceder a servicios de salud sexual y reproductiva. De las mujeres embarazadas que hoy se enfrentan a la inminencia de un alumbramiento en condiciones inciertas. De las trabajadoras domésticas y las comerciantes que viven al día, y de las mujeres pobres que no tienen acceso a servicios e insumos que les permitan protegerse del virus.
La pandemia de la desigualdad nos afecta a todas, aunque no en la misma medida. Existen mujeres que cuentan con privilegios tales como una mejor posición social, un empleo digno y bien remunerado, redes de apoyo, mayor escolaridad o una plena consciencia de la desigualdad de género que se vive en México.
La desigualdad de género está vinculada con la idea de que las mujeres somos las responsables “naturales” de las labores de cuidados, de la reproducción, la crianza y el trabajo doméstico. Somos nosotras quienes cuidamos de las personas adultas mayores, con discapacidad o enfermas. También somos nosotras quienes asumimos la carga del trabajo doméstico y no cobramos por esto. ¿Cómo vamos a cobrar por esto? La sola idea nos parece aberrante. No cobramos ni cuestionamos nuestra posición como sostén emocional y funcional del hogar, porque el trabajo de cuidados y las labores domésticas son parte del sacrificio que se espera de nosotras, como manifestación ineludible del amor que le tenemos a nuestros seres queridos. En muchos hogares, cuando alguien más de la familia participa en estas labores, se considera como una “ayuda”, no como una manifestación de responsabilidades compartidas.
Las mujeres nos apropiamos de estas tareas por inercia. Durante nuestro proceso de socialización, hemos aprendido de nuestras madres y abuelas que eso es lo que “nos toca” por ser mujeres. Entonces cuidamos y servimos a los otros en menor proporción incluso, de lo que nos cuidamos y servimos a nosotras mismas y asumimos esto de manera natural, sin cuestionarlo de ninguna manera.
Con la reproducción y la crianza ocurre algo similar. La responsabilidad se deposita en manos de las mujeres. Se espera que las mujeres nos “cuidemos” de un embarazo no deseado, porque si bien para fecundar se necesitan dos, la gestación ocurre solamente en uno de los cuerpos y esa parece ser suficiente justificación para naturalizar el hecho de que seamos las mujeres quienes nos ocupemos de esta tarea. Será por eso que a los hombres les cuesta aceptar el uso del preservativo masculino. Algo preocupante pues éste es el único método –además del preservativo femenino, significativamente más costoso- que nos puede proteger de las infecciones de transmisión sexual, además de un embarazo no deseado.
La crianza de los hijos e hijas, en un país en el que, de acuerdo con el INEGI, en 4 de cada 10 hogares falta el padre, es un tema sin duda urgente. Muchas mujeres asumen la responsabilidad de la crianza de los hijos e hijas sin el apoyo del padre y hay que considerar que, en algunos de estos casos, las mujeres también asumen el cuidado de uno de sus progenitores o ambos.
La pandemia de la desigualdad nos afecta a todas, aunque no en la misma medida. Existen mujeres que cuentan con privilegios tales como una mejor posición social, un empleo digno y bien remunerado, redes de apoyo, mayor escolaridad o una plena consciencia de la desigualdad de género que se vive en México. Sí, la “toma de consciencia” también es un privilegio, porque no cualquiera cuenta con los recursos –información, espacios, tiempo y acompañamiento- que se requieren para cuestionar su posición en el mundo y reflexionar al respecto.
Considero que las mujeres tendríamos que pensar en los cuidados, el servicio, la reproducción y la crianza, como temas que trascienden lo individual. Pensar en esas condiciones de vida que compartimos con las otras y asumirlas como lo que son: un asunto colectivo que cada quien ha tratado de resolver en lo privado.
Pensar en colectivo, nos puede llevar a entender la forma en la que hemos participado de nuestra propia opresión y de la opresión hacia otras mujeres -incluyendo aquellas mujeres a las que amamos- y reemplazar indiferencia por escucha, empatía y apoyo.
La desigualdad de género, es la pandemia que afecta a las mujeres y la única forma de salir de las pandemias siempre será la misma: ir más allá de nuestra individualidad y de nuestras superioridades inventadas, para asumirnos como una comunidad y construir salud integral, no como privilegio de unos cuantos, sino como derecho de todos y todas, sin distinción de ninguna clase.







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