Pérdidas, permanencias

Las muertes duelen a cualquier edad y el año que se va, pandemia mediante, catástrofes naturales, conflictos bélicos, desapariciones forzadas, y el peor de todos los virus, el hambre, acumula estadísticas escalofriantes. En el campo de las artes visuales, en el que me desempeño, se registraron sensibles pérdidas, pero me parece mucho más pertinente asociarlas a la idea de la permanencia, porque la huella de los artistas auténticos sigue abonando las experiencias de sus contemporáneos y de los que vendrán.

En México y más allá de sus fronteras la partida de Manuel Felguérez el 8 de junio inclinó la mirada hacia una obra pródiga. En la abstracción marcó hitos en medio de un panorama donde la no figuración requería un ejercicio propositivo, al margen de negaciones y facilismos.

Desde que exhibió en 1958 su primera exposición personal  hasta sus últimas realizaciones, el maestro zacatecano insistió en ofrecer versiones de lo que consideraba podía provocar reacciones emotivas en la pupila, desprovisto de claves narrativas e inmediatas referencias sociales.

Lo que representó Felguérez para los mexicanos, lo fue en Cuba Pedro de Oraá. Ambos quedarán como figuras icónicas de la abstracción en América Latina. Pedro, también poeta, editor y crítico de arte, fallecido el 25 de agosto, irrumpió en el grupo de Diez Pintores Concretos en 1958, cuando el abstraccionismo cobraba vida en las artes plásticas de la isla y fue fiel a esa línea a partir de una decantación de elementos y la síntesis expresiva más atinada.

A propósito de sus más recientes exposiciones en las galerías habaneras Orígenes, Villa Manuela y Collage Habana y en Madrid junto a Antoni Tapies, dijo: “He perseguido siempre en mi trabajo el beneficio de la sobriedad. No creo se trate de una normativa restringida sino de una premisa abierta, válida para toda escuela porque no es un estilo, es el sentido del equilibrio aplicable al estilo”.

Para los seguidores de la vida cultural cubana resultó sorpresiva, además,  la muerte el 25 de septiembre de Luis Lamothe Duribe, con una apreciable trayectoria en el grabado.

El duelo alcanzó vastas proporciones, mucho más allá de los medios culturales, al darse a conocer la noticia del deceso el 24 de marzo de Juan Padrón, uno de los más destacados historietistas de Cuba y el continente, creador de un personaje que acompaña a los habitantes de la isla de varias generaciones, Elpidio Valdés, combatiente contra el colonialismo español y la injerencia estadounidense en la gesta independentista, llevado al cine con éxito y cantado por el  trovador Silvio Rodríguez. Padroncito en su quehacer fílmico quedó indisolublemente ligado a otro grande que se fue, el argentino Joaquín Lavado, Quino (falleció el 30 de septiembre), padre de Mafalda, la niña que con la mayor tranquilidad del mundo comentaba con filo el mundo de los mayores. Padroncito y Quino colaboraron en una serie de dibujos animados titulada Quinoscopios.  

Cuando se llega a la capital española, y se tiene el deseo de apreciar cómo el arte pudo reflejar las ansias libertarias de quienes lucharon contra el franquismo y apostaron por la libertad, es imposible eludir el monumento El abrazo, dedicado a los abogados sindicalistas asesinados en Atocha, El punto de partida fue la pintura homónima de 1976 del gran artista español Juan Genovés (falleció el 15 de mayo), que se halla en el Museo Reina Sofía.

La obra de Genovés osciló entre la representación del individuo y la dinámica de la multitud. Pasmó a unos y las otras desde perspectivas sumamente sugerentes, con un toque de expresionismo que derivó hacia formulaciones esenciales.

De España no debemos olvidar a un artista mucho más conocido por sus canciones, Luis Eduardo Aute, pero que en el dibujo, la pintura y el grabado  dejó una impronta considerable. Al morir el 4 de abril sumó una veintena de exposiciones en su país y en más de diez países, desde la inicial de 1960 en la galería madrileña Alción.

Otro reconocido artista peninsular, el catalán Alfons Borrell se despidió el 6 de octubre tras una carrera en la que confirmó su valía en el expresionismo abstracto, específicamente en la action painting. Sus cuadros monocromáticos, pletóricos de sutilezas, merecieron la aprobación de la crítica y del mercado. 

Volviendo a México no debe dejar de mencionarse a Arturo Rivera, quien se marchó el 28 de octubre. El crítico Carlos Blas Galindo afirmó que “hay realidades que no existirían si Rivera no las hubiera pintado”. Su inclinación hacia la representación de figuras humanas, unas marginadas, otras teatralmente enfrentadas a su destino, hizo que la crítica hablara en su caso del nuevo realismo mexicano.

El 18 de noviembre argentinos y españoles lamentaron la muerte de Tamara Djurovic, conocida por Hyuro. En los barrios de Valencia pintó murales provocadores en paredes de edificios. Le interesaba la relación del arte con el público de la calle, con las reivindicaciones de la gente común.

Museos, galerías, publicaciones, circuitos promocionales variados tendrán que enfocarse en difundir a escala social las obras de estos artistas para que impregnen la memoria visual de quienes seguimos creyendo en el triunfo de la belleza, y en dar a conocer las obras de los más jóvenes que mantienen las esencias del arte.

Nació en La Habana el16 de septiembre de 1947. Es crítica de Arte y Curadora. Dirige la Galería de Arte Villa Manuela de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Formó parte del equipo de la Editorial ARTECUBANO, del Consejo Nacional de las Artes Plásticas de Cuba. Ha colaborado con varias publicaciones especializadas de Europa y América Latina, y ha impartido conferencias en Beirut, Barcelona y Mérida (Yucatán). Ha sido curadora invitada de la galería Artemorfosis, de Zurich. Más de una veintena de artistas le han solicitado sus contribuciones en sus catálogos personales.