Poesía de Elvia Benítez

Somos de la tormenta el fuego

Somos de la tormenta el fuego de la lluvia en un día cualquiera,
el agua hostil de los navíos que imprime su ráfaga secreta
en los cumulonimbus del lenguaje,
cuando se precipitan las palabras,
entre la oscilación y la caída,
como yunque de aire afilando su muerte,
mientras las marejadas del olvido arrastran sus precarios lienzos
hacia el banco de arena donde agonizan
desquiciados y hambrientos los amotinados.
 
Cadáveres del tiempo encallan
en el museo sin fondo de tu angustia,
son oleajes de pájaros que flotan entre los matorrales del silencio
caníbales agonizando sobre los restos de su propia carne
 
¿Por qué te hundes en el mar helado intentando encontrar en el naufragio
los muebles herrumbrosos de tus playas?
Entiende que el recuerdo es una isla
sumergida en la región del viento,
donde calles, columnas y anfiteatros
proyectan su trágica opereta
bajo los arrecifes del espejo.
 
Más allá del vendaval donde giramos eternamente
en círculos concéntricos
no queda más que temblar como los pájaros
que acompañan el descenso del  Poeta hacia el primer infierno
que es el último.
Fugitivos del sol, fraguados en el polvo del crepúsculo, 
bajo escombros del templo en el que reptan las voces de los dioses,
en la imprevista maniobra del destino que hunde bajo la quilla nuestras células,
hemos de navegar hacia la bruma, hacia donde fracasa el texto.
Evocaremos el sueño de la lluvia
en la vigilia ancestral que nos desborda,
hasta encallar en coralinos arrecifes
los barcos de cristal de nuestra infancia
 
Somos la tempestad que arrasa el agua de sus ruinas,
zozobrando en cajones de parábolas
 
(Por la frágil oruga del techo la constelación de Orión se ha desplomado)
 
Tristes cachorros espían el invierno abajo del armario.
Son los héroes que volvieron a Ítaca
hacia el seno caliente de la hembra,
mientras escuchan los tambores lejanos,
laberinto de redes en los ojos del miedo
 
Sobre el inmenso abismo nadan, raros, los náufragos[1]
 
En esta misma Troya donde yacen mujeres de incienso
¡Cuántas hojas destrozadas antes de crear la palabra!
como si fueran golpes de sandalias en la euforia del vino,
como si entre tú y yo mediara un crótalo de infinito veneno
presagiando el desierto con sus ruinas de música.
 
Cuando en la madrugada fluyen como ríos
las acuáticas danzas,
las guitarras del monte,
los himnos de la piedra,
las aureolas del tiempo,
demonios que se abaten en las cumbres del aire
Pétrea desolación de nautiloides invocando a los dioses paleozoicos,
olas de pergamino que arrebatan las costas,
evocación de mareas tempestuosas en el vaivén de un ángel
Un Heráclito viejo esperando limosna en la orilla del mundo.
tiene un hábito gris de lobo desgarrado.
Te empujará hacia el Tártaro
con el invisible movimiento de sus arrugas,
señalando el ocaso de la herida donde sangra tu pecho,
un camino de líquenes y sauces
soplando en torbellino por tu piel.
 
La tempestad nos danza en la lujuria
se abandona la muerte
suicidándose,
con marcas de horizonte abriendo su garganta.
Sólo el mar puede reconstruir las cosas olvidadas,
sólo en la casa de la profundidad los árboles
son pequeños aullidos de soldados en guerra.
Uno se siente libre en los rumores del Otro,
en el manar de Whitman o de Eliot, de Séneca, Virgilio
Safo, los besos andaluces, los vestigios del áuriga.
 
El agua hostil entra a raudales por las grietas
de los navíos.
La tempestad arrecia.
 
No es el agua es la sangre.
La ciudad irreal inventada en el centro de la herida,
donde un dios de concreto con lágrimas de caucho
hace temblar los vidrios de los pozos donde habitan fantasmas,
esos hondos caprichos del esperma,
minúsculas hormigas de vidrio en las volutas del habla,
de la canción sellada como labios desnudos,
la serpiente bajando hacia los corredores de la civilización…
Pronto hervirán de furia nuestros barcos.
Porque así en remolinos desnudó la noche nuestros fuegos.
Los relámpagos claros, abanicos de seda en nuestros dedos amarillos
clamarán su abandono, dejarán de arrastrarse por fugaces epítetos,
sacudirán las islas de su rabia al emerger la voz del Odiseo
atrapado en su mástil
hasta que se distinga en la cruel espuma la sirena del caos.
Narcisos hostiles caen por la borda,
Vagan entre la espuma con sus heliotropos desgajados
trenzados con espículas al maquillaje flexible de sus rostros.
Dulcemente los oscuros anfibios hunden sus enigmas
en los labios húmedos de sedosas metáforas tímidamente abiertas,
lobas que en pleno grito de violación
arrojan sus alegorías y cubren de placer sus hermenéuticas,
traspasadas de lujuria muerden los corzos gramíneos
masacrándolos hasta el umbral de su semántica inerme,
bajo el tul florido de arrecifes.
 
Otros visitan el abismo entre las grietas de la ola,[2]
 
Escafandras de almeja desvanecen la eclíptica,
tesoros antiguos expuestos en pantallas,
fotografías de yelmos, espadas, cañones,
calamidades etéreas adicionadas al caldo primigenio,
cadáveres de caballos y cráneos con la mirada triste
guiando a Dante a través del Infierno,
hacia los templos destrozados por una barahúnda de siglos,
donde giran en lúbricos deseos los amantes.
 
Nos venció la tormenta
 
Nuestra nave arrastrada por el tiempo
Se ahoga en la nostalgia
Anhelamos las nubes afiladas con sus besos hostiles
Pero hemos de abandonar los remos en las costas del vientre
preñado en el desasosiego de sus noches
¡Hasta que el remolino nos devore!
 
[1] La Eneida, Publio Virgilio Marón (70 a.C.-19 a.C.)
[2] Eneida, 1, 81 – 123

Caos

Hoy fuimos testigos irreales
del mar donde se oculta nuestra muerte.
Al cruzar las avenidas trazadas
en los cajones de la ciudad sin nombre,
cuando al sonido de trompetas infernales
el Imperio de los Grandes Filósofos
se precipita al Caos
 
Vimos la destrucción de Troya
en nuestros ojos ciegos,
un ángel oxidado royendo
la cadena de signos que nos mantiene vivos
¿Acaso podremos huir de los cables
donde se alimenta el parpadeo de  nuestra voluntad?
 
Esta huella es el peso de un tigre
descansando en la hierba
Esta mesa, bajo una lámpara, bajo una ventana
cerrada por los brazos de la noche,
este recuerdo de mi propia eternidad imaginada
en la destrucción de mi escritura,
estas ruinas melancólicas
fragmentan los espejos del templo
donde se corroen los artefactos de nuestra memoria
 
Traspasaremos las puertas invisibles
donde dioses vegetales observan, con prismáticos de agua,
cadáveres de tiempo.
Si acaso la mujer de Lot vuele la cabeza y se detiene
a observar esta ciudad en llamas,
un llanto de sal creará partituras de aves que fluyen
como ríos bajo el dolor del mundo
 
Habremos de naufragar en el lenguaje,
ahogados en la periferia del silencio
 
Elvia Benítez Guerrero
Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán. Integrante de la Red Literaria del Sureste y del Colectivo de Poesía Barco de Papel. Formó parte del taller literario de la UADY, coordinado por el escritor Joaquín Bestard Vázquez. Coordinó los talleres de Periodismo y Literatura del Centro Cultural del Niño Yucateco. En el 2015 fue instructora del Programa de Promoción a la lectura de la Red de Educación Artística Redalicy, para niños y jóvenes, en la Escuela de Escritores de la Secretaría de Cultura de Yucatán. Incursionó en el periodismo, como reportera de la sección cultural Imagen del Diario de Yucatán, editorialista del Diario del Sureste y corresponsal de Notimex. Obtuvo el Premio de poesía “Rosario Castellanos” en los V Juegos Literarios de la Universidad Autónoma de Yucatán (2006), con el texto “Arqueología de la nostalgia”. Forma parte de la Antología del Taller Literario de la UADY, (1992). Ha publicado poesía y narrativa. Su libro de poemas Kauyumari, ritos del sueño, fue editado por el Instituto de Cultura de Yucatán (2010). Actualmente es docente de bachillerato donde imparte las materias de Historia y literatura.