Ser maestro en México nunca ha sido una tarea sencilla, pero el contexto actual ha vuelto la labor docente particularmente compleja. La violencia que atraviesa al país parece haber rebasado límites que hace apenas unos años parecían impensables. Hoy, los maestros no sólo enfrentan carencias materiales, sobrecarga administrativa o desafíos pedagógicos; también trabajan bajo un clima de inseguridad e incertidumbre que inevitablemente impacta las aulas.
Hace apenas unas semanas, el país se estremeció con el tiroteo ocurrido en una primaria de Ciudad Obregón, Sonora, donde perdieron la vida dos profesoras tras un ataque armado en las inmediaciones del plantel. A ello se suman situaciones que, aunque distintas, reflejan el mismo deterioro social. En Yucatán, el secretario de Educación confirmó recientemente que más de cinco escuelas estuvieron involucradas en un reto difundido en redes sociales que puso en riesgo a estudiantes y que aún continúa bajo investigación. Estos episodios revelan una realidad preocupante: la escuela ya no está aislada de la violencia, las adicciones, las redes sociales ni del desgaste emocional que atraviesa a la sociedad.

En este marco, y justo en el mes en que se celebra el Día del Maestro, resulta más que pertinente volver a la película Radical (2023), dirigida por Christopher Zalla y protagonizada por Eugenio Derbez, inspirada en hechos reales, cuya historia se desarrolla en una escuela pública de Matamoros, Tamaulipas, en una de las zonas más golpeadas por la pobreza y la violencia, donde los alumnos parecen haber perdido cualquier expectativa de futuro. Y es precisamente ahí donde llega el maestro Sergio Juárez Correa, el personaje interpretado por Derbez, decidido a romper con los métodos tradicionales de enseñanza, y nos coloca sobre la mesa una discusión urgente: ¿qué significa enseñar en medio de un contexto social atravesado por la violencia, la desigualdad y el abandono institucional?
Lo interesante de Radical es que evita caer completamente en el discurso romántico del “maestro salvador”, aunque por momentos se acerque peligrosamente a ello. El filme funciona mejor cuando muestra las contradicciones del sistema educativo y la imposibilidad real de transformar por completo el entorno de los estudiantes. Porque la película deja claro algo incómodo: la escuela puede abrir caminos, pero no siempre puede salvar vidas; y ahí es donde Radical conecta profundamente con la realidad.

Uno de los grandes aciertos del filme es precisamente mostrar que el éxito educativo no siempre puede medirse en cifras. Mientras uno de los alumnos termina atrapado por la violencia de su contexto, otra estudiante encuentra en la educación una posibilidad distinta de vida. El maestro no cambia el sistema, no derrota la violencia ni resuelve la desigualdad. Pero logra hacer una diferencia concreta en una persona. Y quizá ahí reside el verdadero sentido de educar.
Radical no es una película perfecta, pero sí necesaria. Puede verse en plataformas de streaming como ViX y en algunos catálogos digitales de renta. En un país donde los docentes trabajan agotados, desprotegidos y cada vez más cuestionados, la cinta recuerda algo esencial: enseñar sigue siendo un acto profundamente humano y, muchas veces, un gesto silencioso de resistencia.









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