Ruggoroyubvenar de Vanessa Sosa

Canciones relatan muchas venias, singulares maneras, y el arrullo a los damnificados, no es una sencilla faena. Se debe poseer tres esplendorosas dádivas, imposibles de despreciar al momento de nacer. Dicho por los más ancianos, los más sabios, lo indispensable de todo, además de ser bendecido por esos regalos, no es más que ser poseído por los faroles de merecidos inciensos. Estos, a  veces, penden ante los altares de los preciados lechos donde duermen, para así madurar y ser cosechados como siempre anhelaron los que serán hurtados en las noches más amadas…

A las tres de la mañana del Día de los Santificados Expósitos, décimo día del mes festivales de carmín bruma y endiosados matices, suelen tallarse todas las ofrendas que le dan al monstruo del bosque de las medias lunas. ¿Qué clase de monstruo es? ¿Se llama así porque es una realidad o una mera fantasía? Porque de ser una fantasía, no existiría.    

La fantasía de Ruggoroyubvenar se remonta a las primeras eras cuando los recién nacidos aprendieron a andar en dos piernas tras mudar colmillos, pieles, ojos y lenguas. Porque se dice, que en el principio, fueron ideas venidas de los sueños de los animales. Y esas ideas fueron puestas poco después por Ruggoroyubvenar en las cunas de los aldeanos que regentaban más allá del bosque su mandato. Más allá de su existencia, sometió a los atardeceres, durante siete noches, a envalentonar su voz sumisa en tiempo de cosecha. Porque sembró y cosechó con cada cosa que dejó, entre ellos juguetes hechos de hojas, ramas, bellotas, y otras cosas que, quienes conocen su leyenda, no se atreven a declamar en las viejas lenguas. Gracias a esto, y nada más que esto, se dio el fruto que significaba ser uno con la vida. Después, y sólo después, Ruggoroyubvenar desapareció dejando su simiente regada por los suelos, y en cada espacio que recorrió, de camino a sus frondosos bosques, germinaron sendas flores de ritos de nevada hermosura. Las mismas flores con las que adornaban los faroles del vivir y la dicha.  

Se dice que a Ruggoroyubvenar lo había parido una niña vestida de velos apagados, una niña que solía amamantarlo cuando él recorría cada espacio de ese bosque de tul y ensueño en el que vivían, el bosque que los separaba con lugares remotos de la aldea.  La niña había nacido, en el instante en que un par de ritos, en idénticos amantes, se habían lamido la planta de los pies. A veces la niña deliraba en revelarle la razón de su existir.  A veces le explicaba que vivían separados de todos por un arcoíris. Un arcoíris que atravesaban los hombres y las mujeres ancianos que él había dejado en dulce cuna, cuando eran reclamados los faroles del más puro vivir. Un arcoíris que también se proyectaba, desde las venias que los cuernos de las bestias y las dunas regentaban.  Y también, desde los endiosados céfiros, venidos de unificados firmamentos.          

La niña, Dajahdajir de los Msaijimn, los más sugerentes de los espíritus del bosque, amante de todas las estrellas, atrapaba con su pequeño cuerpo esos escombros de duermevela, los tejía con hábiles dedos y coronaba al misterioso ser de perdida mirada que no dejaba de preguntar por los motivos de su existencia. ¿Por qué existía además de entretener a la niña? Ruggoroyubvenar hizo estas preguntas muchas veces, conforme le adornada sus atavíos con flores y sendas manchas del ollín que arrojaba la lumbre de su vida, dispuesta a los pies de la fértil tierra en la que vivían. Y la criatura, más sabia que él, le susurraba a su ramaje de orejas, que admirara a su alrededor y viera que el globo en el que vivían era sustancial. Le susurraba, con los ojos cerrados, que descubriera las respuestas en todo lo que él trabajaba con desnudas manos.         

Un día, y sólo un día, Ruggoroyubvenar abandonó su manto de rigurosa bestia y decidió explorar ese globo inexplorado, no le importó que estuviera desnudo. La desnudez para él no significaba un pecado o grosería, era su pureza la que estaba presente y así, y sólo así, recorrió los espacios mayormente aparecidos ante sus rasgados ojos y su pico de búho y las escamas que cubrían su cuerpo. Abandonó ese manto de fiereza con la que pretendió espiar esa aldea que, se abría paso como una peste entre la perfección de la naturaleza que la mujer niña, niña mujer, alimentaba con leyendas, canciones, poemas y todo lo que pudiera manar de sus labios, además de las flores que no sólo eran venidas del miembro erguido y la simiente de Ruggoroyubvenar. Ella también no dejaba de regar el suelo con la vida propia que manaba de cálidos labios. 

Se cuenta que Ruggoroyubvenar escaló una roca muy cercana a la aldea, y, desde allí, con la lejana visión que tanto su madre le había advertido emplear en los momentos más difíciles, fue el causante de su descubrimiento. Más allá de la regencia de su cosmos conmovido, se encontraba un dócil doncel, o lo que él denominó para sí cómo un doncel, que apresó a primera lejana gallardía toda su atención. Una atención que lo acompañó hasta que el reconocimiento de ambos se creció como crecen los ríos entre diluvios desbordantes. No fue la primera vez que se encontró con su preciado artífice de sueños, lo frecuentó cada vez más, siempre y para siempre, luego de que alimentara con su simiente los cielos del suelo. Hasta el punto que abandonó las innecesarias preguntas que le hacía a su madre. Ruggoroyubvenar aguardó muchas veces sobre esa roca y esperó y esperó y esperó, a que el doncel apareciera.    

Ruggoroyubvenar era de una belleza andrógina, sobrenatural, tal, que podría ser que el doncel amado por sus corazones pudiera ser maldecido con la enfermedad de los ojos que todo lo ven. La enfermedad con la que muchos  animales que le acompañaban, y que solían ser parte de sus amatorios desenfrenos, caían en un embrujo del que no podían librarse si no era con la muerte. Su belleza era el delirio de las rosas, el arrullo de las estrellas y la maldición de las voces más amadas que cantaban en su nombre sin saberlo. Ciertamente, en esa vez se ocultaría tras los arbustos para atraer a ese que le habría robado, hará muchos años atrás, su uso de razón.

El hombre bestia aguardó la cercanía hacía la roca conquistada, sonrió como la niña le había enseñado, y abandonó el espacio de sus encuentros para atraer al doncel más a la espesura del bosque de brunos árboles que ocultaban con su sombra, la desnudez que le regentaba en ese momento. No hubo otra cosa en la que no pensara, si no en robar a ese forastero de los cielos de sus bosques, donde vivía la Weberumgharr o la Dama del Nido de las Ánimas del Bosque. Su madre.          

Ruggoroyubvenar abandonó su lugar y se ocultó en una venia tras algunos ramajes cercanos, por tanto sus ojos de doble matiz, de botones de rocíos acallados, veían entre las rendijas de los arbustos que los separaban. Entonces emitió un canturreo similar al de una sirena que se descubre con osadía donde, cada nota entonada, expresaba la grandeza de su nombre. El clamor, el candor aparecido en su encuentro.     

“Te he esperado” decía la canción con el arrullo de su nombre “No sabes cuánto tiempo esperé tu fragante hermosura amanecida”          

Parpadeó. Ante la cercanía que se dio entre ellos, pronto y por lo pronto, entrecerró sus ojos, los pendientes de los sonrosados capullos que solían animarse a cantar en silencio las buenas nuevas por lo que vivía en esos preciosos y preciados instantes. Percibir la cercanía del doncel hecho nada más que de paja, hacía sí, le arrancó una dócil sonrisa, sonrisa que esgrimió antes de que la noche comenzara a caer. Una noche que los había esperado del otro lado de los rostros que engalanaba a la magia más antigua: la venida del amor.

Ruggoroyubvenar rezó a los dioses que adoraba, venidos más allá de las estrellas, y agradeció con mudos sollozos, por ese sólo momento edificado. Recordó entonces que su madre, la niña mujer, la mujer niña le había revelado que una criatura virgen, no tocada por manos humanas, sería su destinada ante la majestad de sus noches. Harían el amor y la criatura quedaría preñada de su vástago, el que lo sepultaría para siempre entre las espumas y los recuerdos del ayer. Y allí, ante él, se encontraba revelada esa criatura.

Vanessa Nataly Sosa Vargas
Nació en Mérida-Venezuela. Es escritora de narrativa fantástica. Es Historiadora del Arte, egresada de la Universidad de Los Andes. Actualmente, se desempeña como Bibliotecaria. Se describe a sí misma como aprendiz de escritora y autodidacta. Explica: “el seudónimo por el que soy conocida en el mundo de la escritura es Sinfonía Universal. Este seudónimo lo tomé porque siento que mis historias y yo tenemos mucha conexión pues para mí la música es sagrada y cada uno de mis cuentos posee una melodía con la que ha nacido y que la caracteriza”. Algunos de sus relatos son “El Cantar de la Compasión”, “La Caída del Sol”, “El Corazón que debió Cantar”, “El Joven de los Lunares de Estrellas”, “Una Buena Vida”, “El Consorte del Cielo”, entre otros.