En algún momento, que pudiera no ser muy lejano en el tiempo, al nuevo presidente Estados Unidos, Joe Biden, le tocará decidir sobre la continuidad del bloqueo que administraciones anteriores han decretado contra muchos países.
Todos se aplican a naciones del Tercer Mundo y su motivación es ajena a los mejores intereses del pueblo estadounidense. En la América Latina están el más extenso de la historia, el que hace más de medio siglo implementan contra Cuba, y el más desenfrenado y corrupto, el que practican contra Venezuela. Pero todos tienen en común su crudeza en materia de inclemencia y perversión.
Es indudable que la inmensa mayoría de la población de Estados Unidos comprende que es totalmente injustificable el bloqueo económico, comercial y financiero que su gobierno ha venido imponiendo a la comparativamente pequeña y pobre isla de Cuba. Así lo demuestran numerosas encuestas de todo tipo.
Pero no todas las personas tienen las mismas motivaciones para rechazar la medida imperialista. Se conoce que incluso gente de ideas políticas no propensas (por su orientación clasista) a comprender el proceso socio-político cubano, como por ejemplo empresarios, comerciantes o estudiantes pertenecientes a familias adineradas que han tenido la voluntad y la posibilidad excepcional de saltar sobre las prohibiciones legales impuestas por su gobierno de viajar a Cuba, se muestran contrarios al bloqueo y cualquier forma de aislamiento de la Isla.
El solo hecho de que tales individuos se hubieran propuesto conocer este país indica algún interés que excluye la disposición hostil que es política oficial de su gobierno.
La condena al bloqueo a Cuba por visitantes estadounidenses se manifiesta de maneras muy diversas. Algunos creen que el bloqueo debe levantarse porque, de esa forma, Estados Unidos no logra el objetivo de extender “su democracia” a otros países —papel que estiman esencial en la política global estadounidense— y por tanto debían ensayarse otros mecanismos para lograr tal propósito.
Esta concepción deriva de muchas décadas de propaganda omnipresente sembradas en la mente de varias generaciones de ciudadanos estadounidenses: la concepción imperialista del “destino manifiesto”, que atribuye a Estados Unidos la supuesta misión especial divina de extender su sistema de organización económica, social y política al resto del mundo.
Otros fundamentan su rechazo al bloqueo en el hecho de que, con ello, Estados Unidos pierde oportunidades económicas que son aprovechadas por otros países desarrollados competidores suyos, que son los que están siendo beneficiados con el cerco a Cuba.
Algunos excepcionales visitantes estadounidenses van un poco más lejos y advierten que la de su gobierno es una política global impopular, rechazada no sólo por los cubanos sino por todo el mundo, porque perjudica el prestigio internacional y la política exterior de su país y acabará por aislar a Estados Unidos del resto del planeta.
Sin embargo, la mayor parte de los visitantes con quienes he tenido la posibilidad de dialogar, y que se adscriben a una o varias de las opiniones antes expuestas, admiten que la suspensión del bloqueo debe realizarse, pero evitando que ello parezca un premio a la rebeldía de los cubanos, por lo que debía exigirse a la parte cubana que lleve a cabo alguna acción que justifique el hecho, haciéndolo aparecer como producido por efecto recíproco.
Sostienen, con aparente ingenuidad, que si Cuba convocara a elecciones multipartidistas; si el gobierno cubano liberara a todos los contrarrevolucionarios presos por delitos muy graves, si Cuba admitiera la propiedad privada de los medios de prensa y los hiciera así susceptibles de ser adquiridos por el capital extranjero; si Cuba hiciera tal o cual apertura grata a Estados Unidos, ello, por sí solo, haría insostenible el bloqueo a la isla en vez de una concesión.
En diversos momentos de la contemporaneidad, las personas que —de buena fe o sin ella— han mantenido estos puntos de vista, han sostenido que el bloqueo se irá cuando Cuba rompa sus lazos con Rusia o con China, o con la Venezuela bolivariana, o cuando la Isla deje de prestar su ayuda solidaria a los pueblos que luchan por su independencia, o si Cuba orientara más su economía por la leyes del mercado, o cuando no gobiernen ni Raúl Castro, ni Díaz Canel, entre otros anhelos de Washington que muchos norteamericanos asumen como suyos propios por efecto de un mensaje que les ha sido inculcado desde la niñez hasta la adultez, con todos los recursos y técnicas más avanzados de la comunicación y la psicología.
Por eso, lamentablemente, no son muchos los que llegan a la verdadera esencia del asunto, que es tan simple como esto: nadie ha dado al gobierno de Estados Unidos la facultad de intervenir en los asuntos internos de otras naciones o para determinar lo que conviene a otras naciones soberanas del mundo.
El diferendo Cuba-Estados Unidos, a corto, mediano o largo plazo, sólo podrá resolverse como casi todos los conflictos entre naciones: con dos ganadores. El pueblo cubano no se conformará nunca con menos que el respeto a su soberanía, su independencia y su autodeterminación. Ni renunciará a sus logros revolucionarios desde 1959, tan admirados por otros pueblos en lucha.







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