Sobre los escombros de la dramaturgia

Contadoras de garbanzos. Fotografía de Paco Urri.

No le encuentro sentido a esta tendencia pseudomodernista del «todo vale». Digo pseudomodernista porque es falso que el modernismo en la danza abogue por la ausencia total y absoluta de significado. Wigman, Fuller, Duncan, Laban… marcaron un hito dentro de la danza moderna que nada tenía que ver con la neutralidad expresiva tan de moda últimamente. Supongo que los nuevos creadores han visto en este concepto, tal vez, el escudo necesario tras el que se parapeta la idea del movimiento por el movimiento y salir armado de esta guisa, al combate.

Han convertido en rehenes las palabras de Duncan. Si bien es cierto, que la bailarina abogaba por una danza que estableciese una armonía entre el ser humano y la naturaleza, no es menos cierto que promovió una danza que se alejase del agradable y frío divertimento, única y exclusivamente. Su método coreográfico, se basaba en el convencimiento de que el baile ponía al individuo en comunicación con la vida. Si existía un método coreográfico, había un análisis, un pensamiento, una línea a desarrollar. Tanto es así que según ella misma dijo en más de una ocasión: «Los mejores maestros de baile que he podido tener han sido Rousseau, Witman y Nietzsche.» Y ninguno de ellos, bailaba.

Otros de los grandes exponentes de esta danza moderna serán sin duda, Ruth Saint Denis y Ted Shawn, que encontraron la inspiración en el pensamiento y la filosofía oriental, siendo esto el germen de una danza que se piensa, que trasciende, que reflexiona. En la misma línea, Doris Humphrey, centrada en comunicar a través de su movimiento los conflictos sociales y humanos de su tiempo, nos lleva a una danza comprometida. Por su parte, Martha Graham, estudió y profundizó en los principios que conducen a las pasiones del ser humano. Su relevo lo tomará la madre del Wuppertal, Pina Bausch.

Serán la primera generación que ahonde en temas sociales y políticos, que se alejen pues, de la danza como mero entretenimiento. Su lucha artística estará ligada a las circunstancias politico-sociales y económicas de su tiempo: la Gran Depresión, el fascismo, la segunda Guerra Mundial… Actualmente, pagamos una entrada para ver pasar uno tras otro, pasos y más pasos, piruetas y, sobre todo, el más difícil todavía… No entiendo, casi nada de lo que me quieren decir porque no consigo encontrar el vínculo entre fondo y forma y apuesto a que los propios bailarines sobre el escenario, tampoco son capaces de encontrarlo. No se tiene en cuenta la figura del espectador y se trabaja para el «yo, mí, me, conmigo» que tanto alimenta nuestro ego de bailarín. No consigo ver por ningún lado, esa especie de sinopsis que me han dado al comienzo del espectáculo. Trabajar sin dramaturgia, significa ausentar lo analítico del trabajo/proceso coreográfico, en beneficio de la completa libertad del cuerpo. Esto supone por parte del creador, una conexión total consigo mismo, pero excluyendo por completo la figura del espectador.

Bien, no obviemos la mayor: toda obra de arte, lo es cuando es contemplada por un público. Sin espectador, no hay espectáculo. Es el momento de hacernos varias preguntas: ¿por qué bailo? ¿Qué quiero decir? ¿Qué tengo que decir? Y, sobre todo, si lo que tengo que decir es tan relevante como para tener sentado frente a mí a alguien que me regala una hora de su vida.

Todo espectador, sin ser necesariamente un erudito en la materia, hace en el acto un análisis. Se esfuerza por localizar puntos de referencia que le ayuden a tejer la tela de los acontecimientos de los que ha sido testigo «desde su piso franco», es decir, desde su butaca. Busca la manera de encontrar el camino que articule la fábula de lo que acabar de ver. A veces, puede transitar por él, otras no tienen tanta suerte. La consecuencia directa de que el espectador no entienda qué ha visto, de que no pueda urdir ninguna trama; es la ausencia de público a las propuestas de danza. (No es la única razón, pero sí, una de ellas). El desencuentro es doloroso y preocupante. No es la primera vez que oigo eso de: «yo no voy a ver danza porque no lo entiendo». Los que son más osados se calzan las botas, el casco, la armadura y se atreven a venir al teatro, acaban sentenciando: «No iba a venir porque creí que no lo iba a entender…».

El espectáculo debe sobrepasarse a sí mismo y contar a cada espectador, un secreto que solo él mismo conozca. La subjetividad de la mirada del que observa no debe evitarse, es más, es tremendamente interesante tenerla en cuenta. Tender puentes comunes y a la vez, túneles profundos por los que poder adentrarse en soledad…

Si nos decidimos a soltar a los prisioneros que capturamos bien pronto desde el periodo de la danza moderna, deberíamos asumir que esa generación pone en marcha una danza que se piensa, que necesita un sustento, una columna vertebral, un fondo que le dé cuerpo a la forma. En definitiva, una Dramaturgia.

Son muchos los autores que han dedicado parte de su tiempo a definir quién es esta Matahari pero lo cierto es que cuando intentamos capturarla, se vuelve casi efímera. Algunos la han hallado muy cerca de la poética del cuerpo, como es el caso de Eugenio Barba o Grotowski, con su particular dramaturgia corporal. Otros con un sabor más teórico, como Pavis.

En el caso de este último; «la Dramaturgia, es el arte de componer obras de arte». ¿No necesitan los coreógrafos, entonces, conocer este arte? Si el cuerpo es la herramienta que da vida a la caligrafía de los bailarines, no debemos obviar que es el recurso de comunicación más directa que poseemos. El cuerpo contemporáneo, como bien señala José Antonio Sánchez, debe ser un cuerpo lingüístico y para llegar hasta él, es necesario ser honesto y reconocer mi propio cuerpo y el ajeno. Si entendemos que la obra de arte tiene una función comunicativa, no exclusivamente contemplativa, estamos asumiendo que el espectador se convertirá en un sujeto activo; que jugará a desvelar el significado, la simbología, el tipo de lenguaje… y por supuesto, que querrá llegar a comprender el contenido de la obra.

Existe un linaje de directores a los que todo coreógrafo/bailarín, debiera conocer. Directores-creadores, que tienen como objetivo no representar un texto para seguir a pies juntillas las acotaciones del autor, ni un texto realista sino crear una propuesta escénica original, innovadora (justo lo que queremos hacer los nuevos coreógrafos). La idea es que podamos ser «escritores escénicos/coreógrafos escénicos» para llegar a una obra que pueda aunar la escenografía, el movimiento, la música, la voz, la luz… Este tipo de trabajos, muy en la línea de aquella concepción de Wagner y su obra de arte total, deja que el espacio vaya desde lo vocal, a lo simbólico, pasando por lo emocional y huyendo de un lenguaje naturalista. Todas las pretensiones del coreógrafo actual, están concentradas en esta idea. Pero nada tendrá entidad si no es el cuerpo quien justifica la existencia de cada uno de estos elementos, es nuestro cuerpo quien debe empuñar el arma de la dramaturgia y comprenderla.

Alejarse del artificio en pro de una línea más clara, más cercana a lo teatral bien entendido, puede hacernos lanzar el mensaje de manera más directa. Traspasar la cuarta pared que nos separa del público y poder hablar sin palabras porque cualquier cuerpo en acción, es una escritura.

La Dramaturgia es justo eso: misterio, es la intimidad del coreógrafo/director con su propuesta, es esa historia de amor que debe llevarse en secreto, la que no debe hacerse pública pero que se palpa cuando dos personas se miran de frente.

Queda tanto por descubrir, tanta tierra que conquistar… que no quiero contemplar el horizonte. Quiero llegar a él…

Nieves Rosales

Nieves Rosales
Coreógrafa y directora de escena malagueña, Nieves Rosales se mueve en un flamenco conceptual que se acerca a los límites de la danza contemporánea. La investigación y la técnica al servicio de la interpretación son los pilares básicos de su trabajo. En 2010 levanta su propia compañía, SilencioDanza, y pone en marcha un método de trabajo que será seguido por diez montajes todos ellos premiados y reconocidos, como el Premio Lorca del Teatro andaluz a Mejor intérprete femenina de danza contemporánea. Actualmente, compagina su trabajo de dirección en SilencioDanza con la docencia y la investigación sobre la mujer y la dramaturgia dentro de la danza.