Las migraciones. Las despedidas. Las lágrimas de aeropuerto. La decisión de cerrar la puerta y cruzar la frontera. Los papeles, los permisos, el hueco en el estómago al saber que tienes una visa de turista cuando a lo que vas es a trabajar.

Pablo y yo no nos veíamos desde que se decretó el estado de alarma el año pasado. La última vez fue en su piso, reunidos para producir un cortometraje. Nos despedimos esa noche sin saber que seríamos presos de nuestras respectivas viviendas, situadas en los extremos opuestos de Madrid.

No sabía lo que es “blackface”. Desconocía la importancia que tenía en Estados Unidos cuando hace unos meses inscribí mi performance El Capitalismo me ha salvado la vida en un Festival de arte contemporáneo en Nueva York y la respuesta del curador causó un terremoto en la manera de concebir mi obra.