Una flor en la piedra, breve homenaje a Roldán Peniche Barrera

Para Roldán Peniche Barrera por su poemario Versos de luna negra.

en la orilla del aire, / qué decir, qué hacer

Jaime Sabines

Siempre en la orilla del espacio, el deseo. Cada vez que emprendemos una aventura –y leer no es sino eso: una incitación al camino– nos hallamos al borde del asombro. Tanto más, cuando como ahora, nos situamos al pie de unas páginas que se develan ante nosotros con la novedad de una primera ocasión. ¿Y cuál otro puede ser el propósito si no el de transfundir el propio asombro de alguien que, como a mí, se le ha dado ser partícipe de su experiencia?

Nada podrá, finalmente, reemplazar esa vivencia individual, vivida con especial intensidad, que es la experiencia poética. Sólo merced a ese contacto personal, único y siempre distinto, se consigue la resurrección de la palabra en el poema. Y sólo en virtud de ello también se despliega la realidad intemporal de la poesía.

Al traer ante nosotros estos Versos de luna negra (2002) no pretendo nada más que anticipar algunas señales desprendidas a la orilla del aire con ese puñado de asombro.

A Roldán Peniche Barrera (1935) –el autor de este poemario– muchos como yo lo conocimos siendo el maestro y compañero, y tenemos aún la suerte de contarlo entre los amigos. El suyo en la arena cultural y literaria de Yucatán es un sitio sólido, esculpido y avalado con un solvente trabajo tenaz de varias décadas, como periodista, investigador, crítico de literatura y narrador. Sus incontables libros, artículos, ensayos y conferencias lo atestiguan. Esta vez, sin embargo, el escritor se nos muestra como poeta, un poeta de claro oficio y de lenguaje firme.

Asaeteada tal vez, como el héroe (humano y mítico) de su Letanía elemental a Nachi Cocom, arrastrando un limo inmemorial del viento en la piedra, la palabra aérea de Roldán Peniche aflora –desemboca, debiera decirse exactamente– en el oleaje actual de la poesía de esta región de México.

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En Yucatán, el dato histórico consigna la evidencia de un caudaloso volumen y de una prolongada y sostenida práctica de escritura en verso con intenciones estéticas. ¿Pero puede considerarse en verdad esta práctica ininterrumpida de creación literaria como una tradición poética? Para que esto fuera así, sería indispensable constatar que el trayecto de la expresión poética en la región ha constituido una corriente viva e interactuante. Es decir, es un flujo en el que la producción previa de cierto momento ejerce una influencia y está de algún modo contenida en la creación posterior, la que a su vez la incorpora y trasciende. Es como una corriente profunda y vibrátil de ondas que se propagan en círculos cada vez más abiertos. Aunque desde luego esta progresión no es en absoluto unilineal ni excluye la posible presencia de quiebres o rupturas en su interior.

Surgida durante los albores del siglo XIX con el sacudimiento profundo del movimiento insurgente de la revolución de Independencia de México y sus ecos en la región, la poesía moderna de Yucatán halló pronto en el tema y la expresión neomayistas una raíz vigorosa de afirmación y proyección hacia el porvenir. Pero cuando los resplandores más altos y genuinos de este acento dieron visos de declinar, dicha poesía emprendió el sinuoso camino en pos de la conquista de una propia expresión contemporánea. Ante esta perspectiva, como se apunta en La voz ante el espejo (1995), ha tenido que avanzar y esculpir su rostro por la senda de un desfiladero escarpado, en una orilla tendida como un puente entre el desarraigo y la nostalgia. Allí, entre los espejismos de ser aérea rama sin tronco o de anclarse en el tiempo como estatua de sal, ha afrontado desde entonces el desafío de su ingreso al porvenir.  

La percepción de una atmósfera estrecha y de la necesidad de aire puro han sido en estas circunstancias un rasgo casi constante entre las miradas más lúcidas y honestas de los escritores en Yucatán. Ahora bien, la conciencia de esa expresión poética, que se había hecho efectivamente tradición pero que se cernía cada vez más como el lastre principal de una atmósfera asfixiante, no significa necesariamente el desconocimiento de su aporte y de su valor de patrimonio literario y cultural. Ni siquiera la actitud de rebeldía con respecto a un gesto propio que se impugna pero que a la vez nos pertenece. En Yucatán ha primado sin embargo –y persiste de algún modo aún– cierta visión maniquea según la cual existe un conflicto irreconciliable entre la renovación poética propuesta por la modernidad y lo que se considera como la tradición. “Para los que piensan así (explica el crítico Anthony Stanton, 1998, aludiendo a la poesía mexicana), la modernidad está condenada a destruir lo tradi­cional para poder afirmarse, al mismo tiempo que las tradiciones deben ser conservadas de manera artificial para protegerlas de los embates de la fuerza modernizadora.”

Valiéndome del título de un poema de Octavio Paz, podría decir que la visión de la poesía en Yucatán se ha debatido “entre la piedra y la flor”: entre la idolatría de la piedra, como una devoción por la quietud de lo pasado, y la soberbia de la flor, como nido original o cimiento aéreo del horizonte.

Es en esta arena de vientos encontrados que sugiere en el fondo la necesidad de hallar una identidad contemporánea para esta poesía, así como de entender los surcos de la savia que fluye de la piedra a la flor y que las unen ineludiblemente, donde asoma y se inscribe el poemario de Roldán Peniche como una respuesta plausible y personal.

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Por la firmeza del lenguaje que lo constituye y el oficio que revela, Versos de luna negra –esta breve colección de poemas– permite y sugiere múltiples lecturas. Para mí, un atributo esencial del texto es que Roldán Peniche construye una voz lírica que se presenta centralmente desde la desnudez de un “yo”, sólo eventualmente convertido en nosotros. Sin embargo, desde este sitio íntimo por excelencia, la voz lírica se yergue y proyecta: por una parte, confiesa ciertos hitos cotidianos de su angustia, e invoca a sus sombras y seres tutelares con algunos de los cuales incluso dialoga, y por la otra, evoca y anuncia los pasos de sus huesos en el viento.

me angustian la cordura del reloj,
(…)
y la feliz claustrofobia de mis retratos familiares.

A través de esta voz individual, que sólo se desdobla en un “nosotros” cuando se hace cómplice nuestro para decirnos al oído “somos viejos del viento”, se trasluce, por momentos, la intención del poeta:

estoy a distancia de un grito de mi sombra.
Partero de mí mismo,
aguardo la inútil eclosión de mis engendros
que documentarán mi impostura de poeta.

Pero es esa voz, sostenida en el tejido de sus desvelos, la que consigna y rescata del silencio –como el cronista– a los seres y las cosas simples que, instalados en el mundo de su cotidianeidad, le imprimen al paisaje la condición y el sentido de un patrimonio personal. Es lo humano, en el fondo, lo que de estas sombras y alientos se recorta: los poemas “Historias de mi calle”, o “Esta mi ciudad…” lo corroboran; pero sobre todo ello se advierte cuando, valiéndose de esta misma voz, el citado héroe de la resistencia maya se define:

Soy un hombre que sufre.

Al escudriñar en el sedimento insomne de su garganta, se puede advertir que son los barros de dos atmósferas los que suben y se despiertan en esta voz: las arenas calcinadas de la piedra maya, raíz de la sangre oculta bajo el golpe del relámpago, y el polvo íntimo de su realidad existencial, asomado en el delirio de un conjuro tranquilo, casi quieto. De este polvo salado, de “luna negra”, dicen por ejemplo algunos versos:

Aquí, en esta ciudad, saldrá lo último de mi voz,
aquí se oscurecerá y se apagará mi rostro,
aquí fenecerá mi rabia y se retorcerá mi certidumbre,
aquí se caerá mi piel y las puntas de mis huesos se hundirán en la tierra.
Bajo el ceibo sacro me tiendo en mi conciencia
para que entre en la noche mi palabra.

Si por sus alientos constitutivos esta voz es dual, y en ciertos instantes pareciera incluso escindida entre lo cercano y lo distante, entre los escombros de lo ancestral y la certeza del polvo en que se cierne el futuro, no se desintegra, sin embargo. Antes bien, permanece de pie, afincada en la unidad de su hibridez congénita. Y es a partir de esta condición, que nos toca la mirada y despierta algo de lo desgarrado que llevamos en el espíritu.

Desde su luna negra, la piel de esta voz, desnuda, nos deja “Un pequeño evangelio por el siglo ausente”; pero sobre todo, un trazo íntimo de claridad. El hallazgo de su resplandor nocturno en el oleaje agreste de los días que vivimos, se transparenta con la firmeza de una propuesta. Frente a la crucial urgencia de signos propios que ha asaltado a la poesía contemporánea en Yucatán, con sus Versos de luna negra Roldán Peniche plantea una voz que es en sí misma una búsqueda y una respuesta. No para seguirla en sus esquemas formales e interiores; pero sí para saber que hay acentos posibles y cada quien debe empeñarse en sus búsquedas y aportar un timbre personal a ésta que alguien ha llamado “polifonía del viento”, la cual corre en el imaginario de la piedra y que, por momentos, los versos de Roldán Peniche hacen florecer.

Calle mi palabra y hable
lo que está escrito en las paredes.

Dice la voz. Yo la escucho y me detengo. En la orilla del aire, dejo apenas el testimonio agradecido de mi asombro[1].


[1] La versión inicial de este ensayo fue leída por su autor en el Congreso de Literatura de UC Mexicanistas en 2003 en Mérida.

Rubén Reyes Ramírez
investigador y profesor en humanidades, literatura y ciencias sociales. También es creador literario, especialmente en poesía y ensayo. Sus áreas de interés se centran en estudios y proyectos sobre el pensamiento y la realidad social, la cultura, la historia, la política, la educación y la literatura en México y Latinoamérica, con un enfoque filosófico y antropológico. Es doctor cum laude en Estudios Culturales por la Universidad de Sevilla, España y en Ciencias Literarias por la Universidad de La Habana, Cuba. Obtuvo licenciatura y maestría en Antropología Social en la Universidad Autónoma de Yucatán; Especialización en Ciencias y Técnicas de la Educación en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha sido investigador en las Facultades de Antropología y Arquitectura (UADY). Fue director fundador de la Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo, Mérida; docente y conferencista invitado en la UADY, la Bringhan Young University, Utah; University of Texas El Paso, y la Universidad de Los Andes, en Mérida, Venezuela. Entre sus obras de investigación están la tesis doctoral Los aportes del pensamiento en la construcción de la realidad social en los procesos formativos de la nación y la nacionalidad en México (2017); tesis doctoral Para una historia de la poesía en Yucatán (2004); Póopol Wuj, en coordinación con el MC Fidencio Briceño Chel, edición bilingüe maya yucateco-español (Conaculta-Universidad de los Andes, 2013); "Una capacitación basada en la investigación-acción: 25 años de experiencias con grupos de campesinos e indígenas de México". (coautoría con Irene Duch y Francoise Garibay) en Garibay, F. y Séguier, M. (coords.), Pedagogía y prácticas emancipadoras, Actualidades de Paulo Freire, ed. español-francés (IPN- Unesco, 2012); Un mejicano, El pecado de Adán, edición crítica de la novela publicada en 1838 por Pedro Almeida (Instituto de Cultura de Yucatán, 2011); co-editor de Arquitectura de las palabras, Voces merideñas, voces meridanas, Antología poética de las Méridas americanas (Universidad de Los Andes, 2008). Sus obras poéticas incluyen Elocuencias del rayo (Textofilia, 2015); Extranjeros del alba, (Vaso Roto, 2014); Memorial de la piedra, Sudario insomne del silencio (Instituto de Cultura de Yucatán, 2011); Crónica del relámpago (Ayuntamiento de Mérida–Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, 2009). Fuente: www.unimodelo.academia.edu