Del libro de cuentos Nada que finjir
«Hay calores que no se quitan con el agua», repetía mi abuela cuando hablaba con su comadre.
Yo no entendía a lo que se refería, sólo veía la cara de Angustiana cuando se lo decía.
—Ayúdame Pilar, le chillaba con desesperación. -Ya no quiero ir donde el Padre a confesarme. Me da harta vergüenza. Sobre todo, porque me restriega las piernas con sus manos callosas. Me lastima, pero dice que es para que mi carne se ablande.
—Ese padrecito no cambia, ya sólo le queda dar sobadas, aunque a sus setenta años dio todavía un hijo más, el de Petra. Ah pero que diablo salió ese muchacho. Quezque dice que también se irá al Seminario, pa tener el permiso de Dios con todas las hembras de la región.
—Déjese de historias Pilar, y dígame qué hago.
—Mire Angustiana, tiene dos caminos: uno, calmarte con los tallones del Padre Tito y el otro, irte al río.
—¿Pues no me dices que esos calores no se quitan con el agua? ¿A qué tendría que ir al río?
—Tú, ve, Angustiana, yo sé lo que te digo, pero tienes que ir de madrugada o pasandito, cuando haya luna tenue.
Angustiana, ya angustiada de tantos calores propios de su edad, caminó al río. Pensando en que no sabía nadar, bien valía meterse en la orilla.
—La orilla —recordaba—, aquí fue donde me trajo Lino, después de mis XV años.
Lino era el muchacho más apuesto del rancho y se rumoraba que fue el primer hijo del Padre Tito, pues era igual a él cuando era joven.
Angustiana acarició la piedra en forma de almohada y llena de verdín que estaba en la orilla. La limpió y encontró las iniciales A y L.
—Aquí fue —decía—, aquí dejé mi virginidad. Y recordaba sus besos torpes, como si quisiera tragarse su lengua, mientras se apresuraba a bajarle el calzón y la cremallera de su pantalón casi al mismo tiempo. No hubo palabras románticas, sólo un empujón que se fundió con su grito. Siempre recordaría esos cuarenta y cinco segundos de vida sexual que había tenido en toda su vida. Fue el único hombre, y esos segundos los más recordados en años.
Mientras pensaba en ello, regresaron las calenturas. Se desnudó y se sentó en la roca mientras se frotaba suavemente. Tenue brillaba un cuarto de luna. Entre las hierbas se oyeron los pasos de alguien. Angustiana no podía detener ese contacto con la piedra lisa, estaba ya avanzada en su lúdica actividad y se remitió a morder su rebozo que dejaba escapar algunos tenues gemidos. No le vio el rostro, sólo escuchó la cremallera que bajaba de golpe junto a su oído. No dudo en empujarlo a la maleza. Él la embistió, y en cuarenta y cinco segundos pudo adivinar su nombre.
—Tenías razón, Pilar —pensaba al volver—; hay calores que no se calman con el agua. Pero en lo que pasan otros cuarenta años, tendré que conformarme con las sobadas del Padre Tito.










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