Navegar una pandemia: bendiciones y maldiciones entre bits y bytes

Fotografía: Dariagna Steyners Patiño

La batalla que libra la humanidad contra el último de los coronavirus conocidos habría sido muy diferente sin todos los avances tecnológicos con que hoy contamos

A veces me pregunto cómo sería esta pandemia sin las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. ¿Habríamos sentido emociones tan fuertes como las vividas en estos meses al no estar bombardeados por noticias constantes del suceso? ¿Qué se hubiera hecho para tareas de desinfección que han asumido robots en no pocos lugares del planeta? ¿Cómo habrían continuado los numerosos intercambios que hoy acogen las plataformas de videollamadas?

Para los conectados de este mundo —lamentablemente todavía quedan millones de seres humanos sin acceso a internet—, el SARS-CoV-2 ha calado hondo. Su presencia, invisible a los ojos, está en cada byte de información que hoy se intercambia por la red de redes. Y todo ello es irónico. A fin de cuentas, un virus es una unidad de información que, incapaz de reproducirse, necesita de otra materia, nuestras células, para mantener su código.

La batalla que libra la humanidad contra el último de los coronavirus conocidos —se estima que existen trillones de virus y de ellos tienen nombre unos siete mil— habría sido muy diferente sin las nuevas tecnologías: robots desinfectantes, uso de la geolocalización, drones, aplicaciones, empleo de la inteligencia artificial. La pandemia ha permitido mostrar el potencial tecnológico del que hoy dispone la humanidad, y con este, sus visibles brechas.

En China, por ejemplo, la tecnología ha estado a la orden del día. Cuando el coronavirus comenzó a golpear más fuerte, sus calles se llenaron de robots desinfectantes, drones que recordaban a los ciudadanos el uso de la mascarilla, coches con termómetros para medir la temperatura corporal de los peatones, y aparecieron aplicaciones para saber quién cercano podría estar contagiado.

Alibaba y Tencent, por su parte, se aliaron con el gobierno chino para, códigos QR mediante, clasificar y organizar a sus habitantes de acuerdo con su exposición al virus SARS-CoV-2. Así, los colores verde, amarillo y rojo asociados a este código QR indicaron a los ciudadanos chinos su nivel de movilidad permitido, y el número de días que tendrían que pasar en cuarentena, de ser necesario.

Entretanto, en Corea del Sur el gobierno decidió publicar movimientos de personas diagnosticadas con el virus. Para conocer sus trayectorias rastrearon el GPS de los móviles, registros de tarjetas de crédito, videos de vigilancia citadina y entrevistas con los pacientes. Este sistema tiene el objetivo de informar a través de mensajes de texto, si se han cruzado con portadores, de acuerdo con un reporte de The Washington Post.

En medio de todos estos esfuerzos por contener la propagación del virus, no pocas críticas han salido a la luz sobre la protección de la privacidad de las personas, puesto que muchos casos fueron identificados con nombres y apellidos en registros públicos.

Sin embargo, la tecnología quizá haya permitido hacer más veces el bien, que obrar el mal.

El 10 de enero de 2020, la comisión de salud de Wuhan, en China, reportó que en las semanas previas 41 personas habían contraído la Covid-19, y que una había muerto.

Ese mismo día, los científicos chinos dieron a conocer públicamente el genoma completo del virus. Los datos, que permitían simular y sintetizar el SARS-CoV-2 en un laboratorio, fueron tan fáciles de obtener por la comunidad científica que, aún a semanas de ser declarado oficialmente como pandemia, comenzó a ser combatida la enfermedad.

Enseguida aparecieron publicaciones en sitios respetados, como nextstrain.org y virological.org: pistas en torno al origen del virus, sus errores y debilidades.

Tres horas después de la publicación del código del virus, Inovio Pharmaceuticals, con sede en San Diego, Estados Unidos, comenzó a trabajar en una vacuna. Hoy existen más de un centenar de investigaciones de vacunas que pretenden poner el freno definitivo al virus.

No transcurrieron muchos días y aparecieron las pruebas de diagnóstico del virus, mientras que en otros laboratorios se investigaba qué les hace esta entidad a organismos vivos, como las células.

Mientras todo esto ha sucedido en los últimos seis meses, los medios de comunicación se han agarrado del tema y han llenado cada milímetro y segundo de sus publicaciones con noticias relacionadas con el virus.

Desafortunadamente también han prosperado muchos bulos. Hemos asistido, por ejemplo, a afirmaciones tan descabelladas como la que proclamó a la nueva tecnología de transmisión de datos móviles, la llamada 5G, como responsable de propagar el virus de la Covid-19.

Las redes sociales, por su parte, han sido exitoso pasto para los conspirólogos, y dieron paso a una serie de “doctores” que, aplicando la pseudociencia, han proclamado por Whatsapp, Messenger, Telegram, y cuanta aplicación de mensajería exista, remedios milagrosos capaces de destruir al virus. Lástima que a seis meses de pandemia la estela de muertos en nuestro maltratado planeta desmienta por sí misma tales desatinos.

El poder computacional en función de detener a la Covid-19 es también digno de mencionar. En no pocos lugares se ha hecho uso del big data para cruzar patrones de propagación o analizar bases de datos que permitan desentrañar los modus operandi del virus.

Entre las múltiples iniciativas de este campo destaca la de IBM. La compañía estadounidense lanzó el COVID-19 High Performance Computing Consortium, con recursos de 16 sistemas computacionales con más de 330 petaflops de capacidad, 775 000 núcleos de CPU y 34 000 GPU.

¿Cómo pueden ayudarnos las supercomputadoras a combatir este virus? IMB explica en su web que estos sistemas informáticos de alto rendimiento permiten a los investigadores ejecutar un gran número de cálculos en epidemiología, bioinformática y modelado molecular. Estos experimentos tardarían años en completarse si se trabajaran a mano, o meses si se manejaran en plataformas informáticas tradicionales más lentas.

Al reunir la capacidad de supercomputación en un consorcio de socios, es posible ofrecer un extraordinario poder de supercomputación a científicos, investigadores médicos y agencias gubernamentales.

Como un eficaz ejemplo de este potencial la supercomputadora IBM Summit, la más poderosa del planeta, ya ha permitido a los investigadores del Laboratorio Nacional de Oak Ridge y la Universidad de Tennessee, en Estados Unidos, analizar 8 000 compuestos para encontrar aquellos que tienen más probabilidades de unirse a las principales proteínas de «pico» del coronavirus, lo que lo hace incapaz de infectar las células huésped.

Así, hoy ya se han recomendado 77 prometedores compuestos farmacológicos de moléculas pequeñas, que podrían probarse experimentalmente. Este es el poder de acelerar el descubrimiento a través de la computación.

Todavía falta por ver cuánto más podrá aportar la tecnología para derrotar al coronavirus, especialmente en las naciones del norte, donde hoy es evidente un avanzado desarrollo. El Sur, mientras tanto, lucha por frenar los contagios como puede. Esperemos que luego de ganada esta batalla, la nueva normalidad sea no solo para restañar las heridas que nos deja la pandemia, sino para cerrar las brechas digitales que ya existían desde antes que una minúscula entidad nos obligara a encerrarnos tanto tiempo.

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Ha sido reportero deportivo y jefe de la Redacción Multimedia del periódico Juventud Rebelde. Actualmente es el subdirector de Desarrollo de Juventud Rebelde. Como corresponsal del diario ha dado cobertura a los Juegos Panamericanos Guadalajara 2011 y los Juegos Centroamericanos y del Caribe Barranquilla 2018. Fue consultor de medios digitales en la campaña presidencial que dio la victoria a Salvador Sánchez Cerén en El Salvador en 2014. Ha sido conferencista y tribunal de tesis en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. También ha oficiado como miembro de jurado en varios premios periodísticos de Cuba, como el Premio Nacional 26 de Julio, y el Premio por la Obra del año Juan Gualberto Gómez. Ha sido premiado en varios de estos concursos. Actualmente edita la sección Código Fuente, del diario Juventud Rebelde, dedicada a temas de informática y nuevas tecnologías.