Clavos y palomas

Antonio Mairena

“Dejad que los pájaros se acerquen a mí” parece estar diciendo el cantaor Antonio Mairena congelado en metal, mientras una paloma se posa en su cabeza. Al verla me acordé de lo que sentí, hace ya muchos años, al ver por primera vez la estatua de Diego Velázquez en la Plaza del Duque de la Victoria, también en Sevilla. Una estatua de bronce del pintor cubierta de clavos para evitar que los pájaros se posaran. El arte separado de los pájaros no tiene sentido.

Por pájaros entiendo vida. Incluso por “mierda de pájaro” entiendo vida. Sin excusas. Separar el arte de la vida que pasa y sucede con sus procesos biológicos es desnaturalizarlo brutalmente. El arte también es eso que pasa y sucede. Como la comida que entra por la boca y acaba en el recto. La estatua de Velázquez repleto de clavos es en sí una obra de arte hecha a medias entre el escultor del retrato y el Ayuntamiento de Sevilla. Los clavos son del mismo color y aspecto que el material usado para la estatua. La obra está completa y tiene valor en su conjunto inseparable.

La mente humana cosifica y así conocemos el mundo. La imagen es una misma, “Velázquez repleto de clavos” podría ser el título de la obra. Antonio Mairena parece estar cantando: “¡cómo venían los pajaritos!”, como en aquella toná que fue lo último que cantó en el estudio de grabación cuando se le encharcaron los pulmones y tuvieron que llevarlo al hospital, donde murió. La estatua situada en el Paseo Colón está cantando en dirección Cádiz, una ciudad que camina o revienta.

Diego Velázquez

La anécdota de Antonio Mairena yendo a urgencias desde el estudio de grabación me la contó un maestro que lo vivió. Ni si quiera sé si es verdad, pero la realidad no es otra cosa que lo que nos contamos. Antonio Mairena con sus procesos biológicos, los que fuesen. Y me acuerdo de otra anécdota del cantaor (esta sí contada por él mismo en su autobiografía), cuando estuvo gravemente enfermo siendo muy pequeño. Era semana santa y su madre lo cogió en brazos y le pidió a la imagen de Cristo que pasaba por la calle por la salud de su hijo. La enfermedad como alfa y omega del arte. Lo híbrido, lo corruptible, lo que pasa, lo que acabara muriendo y por eso está vivo en el momento presente, lo que es permeable y se puede tocar, manipular, ensuciar, corromper… Dionisos como alfa y omega en el arte. Dionisos fue (no el dios, obvio, sino el culto a el dios) la razón necesaria para la existencia de las artes escénicas. El teatro nació como un rito órfico a su figura.

Pero cuando pienso en las artes escénicas actuales en España veo clavos por todas partes. Algunos reclaman desde sus tronos “las taquillas deberían estar prohibidas porque yo no pienso exponerme a taquilla jamás” escuché hace poco en un foro, dicho por un señor profesionalísimo, y me pregunto por el sentido del teatro. Si realmente tiene sentido separar la supervivencia de las obras del público que las recibe.

Dice el curador Juan-Ramón Barbancho que el arte es un constructo comunicativo, pero nos veo como artistas llenos de pinchos, pretendiendo imponer un mensaje sin conocer lo más mínimo al receptor que va a recibirlo. Pinchos que separan y que atacan a quien se acerque a tocarlos. Nuestros teatros están diseñados en su mayoría desde esta separación, a veces, hasta con un foso de por medio, no vaya a ser que algún espectador le dé por subir al escenario y defecar en nuestras profesionalísimas cabezas. Las luces suelen cegar a los actores creando una pantalla de luz que impide ver con claridad a nuestros receptores, sumidos en la oscuridad. Si un espectador habla, suspira, coge el teléfono o tose, nos molesta.

Ha habido casos famosos en España donde un actor (también famoso) ha parado la función y humillado a un espectador por hablar durante la función. La butaca entendida como instrumento de tortura emocional. El espectador como mero receptor amordazado sin réplica posible. Nos relacionamos con el arte como la paloma con la estatua de Velázquez: sin instrumento. El teatro desinstrumentalizado. El arte como algo que no sirve para quien lo consume, ajeno a la vida que pasa y sucede a cada rato, que no sirve ni para posarse a descansar un momento.

La palabra espectador procede del latín spectator, spectatoris, que significa el que mira, observa, contempla, también el que ha contemplado y puede servir de testigo. Desde el inicio del teatro buscamos testigos de nuestra obra, y por ende, de nuestra existencia. Esa es la reducida labor que le otorgamos al espectador. En Mad Max. Furia en la carretera, los que perseguían a la protagonista gritaban “sed testigos” cuando iban a morir. Pareciera que estamos gritando desde los escenarios eso mismo: sed testigos de que estoy muerto. Separado de la vida que sucede y pasa a cada rato. Separado de los procesos biológicos del espectador. Que no tosa o le atravieso la garganta con mis clavos.

Quizá algún día los espectadores se pregunten si merece la pena ser nuestro testigo. Quizá algún día se pregunten: ¿para qué sirve el teatro? O quizás ya se lo hayan preguntado. El arte de Antonio Mairena fue presa de algunos papistas que quisieron embalsamarlo, racionalizarlo, idealizarlo, convertirlo en idea, matarlo de admiración, llenarlo de clavos. Pero Antonio parece estar diciendo: dejad que la vida se acerque a mí. Al menos yo, cuando lo escucho, no siento que lo contemplo y soy un simple testigo. Cuando escucho a Antonio Mairena me parece que conversamos.

Director, dramaturgo y actor, Juan José Morales “Tate” comenzó su formación en Filosofía en la Universidad de Sevilla. Se ha formado en diferentes aspectos de las artes escénicas con maestros españoles y latinoamericanos. Ha participado en más de 60 espectáculos como profesional, recorriendo festivales internacionales dentro y fuera de España. Es profesor es de teatro en Dos Lunas Teatro y Teatro Habitado, centrándose en los últimos años en el teatro para adolescentes. Es director artístico de EMERGENTES. Encuentro Internacional de Jóvenes Creadores en las Artes Escénicas, desde 2011 hasta la actualidad. Como dramaturgo es el autor de 6 textos estrenados. Ha colaborado, además, con la Facultad de Filosofía como conferenciante de “La supervivencia como puente de comunicación estética en el arte”. En 2016 formó su compañía propia, Teatro en el Mar a partir de una beca de creación del Instituto Nacional de la Juventud, una compañía que sirva como territorio para investigar unas artes escénicas que sirvan y se sirvan de nuestro tiempo actual. En Teatro en el Mar ha estrenado hasta hoy 6 espectáculos entre el teatro, la música y la danza, y la performance “El Capitalismo me ha salvado la vida”.