Muy triste el pincel miraba de reojo al pintor. Estaba abatido, con las manos en la cabeza y en cuclillas, frente al lienzo blanquísimo que había puesto en el caballete desde hacía dos semanas. El pincel bostezaba, dormitaba, se estiraba los finos pelos uno a uno, pues se estaban ya enchinando de tanta resequedad. Pensaba en que las cosas no podían seguir de la misma manera; había que hacer algo y como el pintor no daba muestras de transformar el lienzo en una nueva obra, comenzó a tramar su plan.
Ya por la tarde, aprovechando la rutina de pintor, cuando éste se dirigía a la tienda a comprar cigarrillos, el pincel se lanzó impetuoso sobre la tela. Descargó trazos con toda esa furia contenida por semanas de pasividad: los rojos incendiaron el lienzo, junto con los azules soberbios y los tímidos tonos pastel. En pocos minutos terminó la obra.
Cuando el pintor volvió y se paró frente al lienzo, apenas y pudo parpadear… no lo dudó, entró por la ventana que estaba recién pintada y cerró por dentro, quedando así atrapado en el mundo de la creatividad que hacía tanto tiempo se le había perdido.
(Cuento publicado en el libro Nada que Fingir. Ed. Porrúa, Mex 2015)










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