Cuento Días de fiesta de Ivi May Dzib

Tenía seis años oyendo sobre el mismo espectáculo y ya nada me sorprendía: todas las noches del día primero de cada mes, llegaban duques que se llevaban a unos cuántos niños (a los más grandes) en sus caballos y de ahí a la felicidad. Esos mismos duques, antes de irse, patrocinaban una fiesta mejor que la que se le hace al patrono del pueblo, todos comían.

            Los niños pequeños que se quedaban por no ser elegidos, siempre contaban historias maravillosas sobre esos duques. Historias que a mí y a otros niños nos hacían olvidar el hambre, la sed a falta de lluvia, pero sobre todo nos devolvía la esperanza de que nuestro futuro podía ser diferente al que estábamos destinados a vivir. Un futuro diferente del que nuestros padres vivieron, bueno, hablo en nombre de los que conocieron y conocen a sus padres, porque yo no conocí a los míos.

Desde que tengo memoria siempre estuve en los brazos de mi abuela Raquel. Los primeros besos, los primeros gritos, las primeras canciones y los primeros dulces que mi boca recuerda haber saboreado fueron gracias a ella.

Recuerdo que mi abuela Raquel, ya muy cansada, me abrazó un primero de noviembre del año 2012, puso su arrugado rostro sobre mi cabello, suspiró y dijo en voz muy baja, casi para sus adentros: ¡qué bueno que no fuiste tú, que bueno que no te llevaron, porque estás aún muy pequeño! Casi se pone a llorar, no entendí muy bien por qué. O al menos creí que lo decía porque era Día de Muertos y le agradecía a Dios que me hubiera dado un año más de vida.

A pesar de la enfermedad que me aquejaba, mi abuela me dejaba salir a jugar a la calle, aunque los días primero de cada mes ella no me dejaba ir a la plaza. Mi abuela Raquel siempre asistía sola a las fiestas que organizaban los duques. Se le podía notar en sus gestos una tensión que parecía convertirse en llanto cada vez que volvía de la fiesta.

Hasta ese momento sólo sabía cómo eran esas fiestas gracias a mi imaginación. Imaginación alimentada por los otros niños que sí podían asistir, niños que no eran enclenques y que gozaban de libertad en todo momento.

La primera vez que los duques hicieron una fiesta fue el 1 de diciembre de 2006, estaba a punto de cumplir 6 años.

En el fondo de mi corazón, corazón débil que me impedía incluso correr sin sentir que estaba a punto de reventar, deseaba irme con los duques. Hasta ahora eran 480 jóvenes entre 12 y 13 años que se habían marchado con ellos. Lo hacían alegres, hasta el más pequeño adoptaba la mirada de hombre cuando era elegido y se subía a uno de sus caballos.

Después de algunos meses, las familias de los que se habían ido empezaban a prosperar. Mucha gente del pueblo comenzó a estar en contra de esas familias. Había un resentimiento por parte de los otros lugareños porque sus hijos no habían sido los elegidos para ir con los duques y seguían igual de sedientos. Era muy poca la abundancia y muchos los que aspiraban a ella.

Un día Don Benítez, quien era el dueño de la miscelánea, no quiso venderle 10 kilos de maíz a Don Eusebio. Don Eusebio le dijo que le pagaría el triple de lo que costaba el kilo, le puso con desdén el dinero sobre el mostrador y Don Benítez se lo tiró al piso. —No me importa tu dinero, para eso tengo clientes –le dijo.

Aunque Don Benítez no tenía clientes porque nadie en el pueblo tenía dinero. Los pocos que sí tenían, porque sus hijos habían sido elegidos por los duques, era a los que Don Benítez despreciaba y por eso no les dejaba comprar nada.

La miscelánea se incendió ese mismo día al anochecer, con Don Benítez y toda su familia dentro. Para que no hubiera problemas en el pueblo, Don Eusebio se comprometió a poner un nuevo tendejón en menos de una semana. La gente sabía lo que en verdad había pasado con la tienda de Don Benítez, pero nadie dijo nada.

Todas las familias de los niños elegidos vivían del lado sur de la ciudad, mientras que las demás vivían del lado norte. Todos estaban esperando con ansia el día primero del mes, faltaban dos días para eso. Incluso yo estaba muy ilusionado porque si era cierto lo que contaban los otros niños, yo ya iba a cumplir los 12 años y tenía la edad para formar parte de esa realeza.

El día 31 de ese mes todos vistieron a sus hijos para que parecieran hombres, ya que los duques les habían dicho a los lugareños que andaban en busca de hombres fuertes, que no importaba tanto la edad sino la actitud.

Los padres se encargaron de fabricar con sus propias manos las mejores botas; las madres cocieron las mejores camisas a las que les habían cortado las mangas para que sus hijos, algunos de edad tan tierna, pudieran exhibir los músculos y así parecer “hombres”. Sabían que el trabajo que tendrían que realizar para los duques tenía que ver con la fuerza.

A los padres no les importaba tanto dejar de ver a sus hijos, ni a los hijos les importaba tanto dejar de ver a sus padres, porque les habían dicho que sólo sería por seis años y que después de eso vivirían cómodos y felices, ya no tendrían que pensar siquiera en dejar su país para ir a trabajar al otro lado. Es más, después de esos seis años ya no tendrían que pensar en nada porque regresarían con el dinero suficiente para vivir no como duques, sino como reyes.

La mañana del día primero del nuevo mes, un nutrido grupo de familiares de niños que anteriormente habían sido elegidos, se presentaron en las casas de los que vivían en el norte. Llegaron con palos y antorchas para advertirles que ni se les ocurriera poner un pie en la fiesta nocturna, ya que ellos aún tenían hijos que necesitaban irse con los duques. Después de quemar tres casas se marcharon. En los ojos de todos, tanto de los ofendidos como de los ofensores podía verse la ira.

El día de la gran fiesta mi abuela se sentó a ver cómo se escondía el sol. Yo quería escaparme e irme a la fiesta para ver si un duque me elegía a mí, aunque fuera un niño enclenque.

Los padres de los niños del norte estaban muy inquietos, como pensando en tomar sus machetes y devolverles la afrenta a la gente del sur. Porque los del norte pensaban que ya no podían perder nada, estaban a punto de perderlo todo. Sabían que la gente del sur (gracias al dinero que les enviaban los duques por sus hijos) habían comprado todo el pueblo, incluyendo al párroco, el médico y el boticario. Sabían que ese día tenían que luchar. Mi abuela estaba muy extraña, parecía como que si fuera capaz de entender todo, pero no importarle nada.

Los hombres del norte salieron con sus machetes, sus hijos iban detrás de ellos, con la mirada de odio, dispuestos a dar batalla. Antes de llegar a la plaza vieron que los hombres del sur ya estaban en ella, también con machetes y antorchas, preparando el escenario para la llegada de los duques.

Yo me escapé de la casa de la abuela, que después de seis años ya se quedaba dormida la mayor parte del tiempo. Me escapé y me fui corriendo, siempre actué como si no me importara la fiesta para que no sospechara, todo mi amor hacia el cuento de los duques lo guardé sólo para mí.

Mi corazón débil me impedía el uso de la fuerza y nosotros (la abuela y yo) siempre fuimos conformistas ya que no podíamos con el trabajo rudo.

Yo corría hacia la plaza, mi corazón se aceleraba. Me pareció ver cómo los caballos de los duques estaban arribando para dar comienzo a la fiesta. En la plaza se escuchaba el griterío, parecía una batalla campal. Cuando los duques llegaron, sacaron metralletas y dispararon al azar, algunos dispararon al aíre, otros a los cuerpos. Cayeron varios muertos: hombres, niños y mujeres de ambos bandos. Se hizo un silencio que hasta ese momento nadie conocía.

Los duques bajaron de sus caballos, yo estaba ahora en la plaza, esta vez la selección de los niños que se iban a llevar se hizo de forma diferente. Pusieron a uno del norte y a uno del sur frente a frente, con machete en mano y dijeron: es a morir.

Mi corazón estaba a punto de reventar, más cuando vi el brazo de Luis dejar de pertenecer a su cuerpo, más cuando los padres gritaban fanáticamente a sus hijos que tenían que luchar y no podían dejarse vencer, más cuando uno de los duques me tomó de los hombros y me dio un machete, más cuando recordé a mi a abuela Raquel pasiva en su sueño y besándome siempre la frente, más cuando vi a mi viejo amigo Elías que ahora vivía en el sur y pude reconocer en sus ojos la determinación de no detenerse e iniciar el duelo, más cuando pensé que éramos solo niños con corazones débiles y fuertes.

Pero al parecer eso no importaba, los duques con sus metralletas reían, porque para ellos acababa de comenzar la fiesta.

Ivi May Dzib
Director del Grupo “2012 TEATRO”. Estudió la Maestría en Dirección de Escena (ESAY) y la Licenciatura en Literatura Latinoamericana (UADY). Cursó el II Diplomado Nacional de Estudios de la Dramaturgia (INBA-CONACULTA) y el Diplomado Nacional de Dramaturgia de la Zona Sur (CONACULTA-ICY). Premio Estatal de la Juventud en el área artística 2007 y Medalla al periodismo cultural “Oswaldo Baqueiro López 2017”. Finalista del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo en 2005, 2009 y 2013. En el año 2010 fue ganador del II Concurso Regional de Creación Literaria Dante en el área de teatro. Obtuvo el primer lugar en la categoría B (lectores de hasta 12 años) en el Premio Estatal de Literatura Infantil “Elvia Rodríguez Cicerol 2011”. Premio Regional de Poesía “José Díaz Bolio 2014”. Primer lugar en el V concurso Nacional de Dramaturgia Altaír Tejeda de Tamez 2015. Ha publicado media decena de libros, su obra ha sido incluida en diversas antologías, revistas y suplementos culturales a nivel nacional.