Cuento Quimera de Isadora Abraham

Sí, había oído hablar de ella. De la forma en cómo se envuelve en tus tallos, en cómo te enloquece y te hipnotiza con sus movimientos tremolares. No, no soy una mujer fácil de impresionar, pero sí alguien que se deja llevar por la curiosidad erótica de un ser tan arcano, y ella tiene todo eso; porque cuando sus ojos tocaron los míos, se sintió una fogosidad acuosa que emanó de nuestros labios, como una fiera hambrienta, como una bestia jadeante por su presa.

Cazarla no es un estímulo. Domarla y hacerla mía, encarnaba un reto de mayor placer. ¿Atacarla frontalmente? No, es una mujer salvaje, una loba al acecho. Te mira y te marca para perseguirte, para torturarte y antes de bailar con la muerte, te libera.

Seducirla perspicazmente parecía el único medio. Preparé el yermo. La carnada, desde luego, fui yo. Me senté al centro, crucé las piernas, cerré los ojos y esperé. Por varios minutos hubo tanta calma que podía escuchar mi propio palpitar… bum, bum… bum, bum… bum, bum… sin previa advertencia, fue cortada por el tajante calor de su aliento que musitaba. Sabía que me acechaba desde el tálamo, como una pantera agazapada que espera paciente su ataque.

Sin pensar, embestí primero. Aferrándome a su melena, acepte mi destino con un beso; durante el forcejeo ya no se distinguían mis muslos de los de ella y mi saliva comenzó a trasmutarse en sus aguas. El calor de la lucha nos obligó a desvestirnos, a deshojarnos de las dudas, de los prejuicios, del pensamiento.

Al someterla, me regaló un desvanecimiento amielado en la boca, una salífera esencia que me recorrió de la punta de la lengua a la comisura de los labios. Sus muslos aullaban en murmuros y jadeos. Por un momento pensé que la había domado, porque me dejó sucumbir a ese deseo perverso y húmedo, al que su cuerpo estaba ya subyugado, por la jerga palpitante de mi aliento.

Pero al verse casi vencida, me contraatacó una y otra vez con tajantes arremetidas que hacían brotar en su semblante descontrolado, la imagen del poder de su dominio. Con embestidas santificadas por el sudor de sus muslos y la mansedumbre ya dada por los míos, le permití la irrupción de su ignoto apéndice que había vestido con anterioridad; con la montaraz suavidad de su mano, acarició mi prominente canícula, lo que provocó un sin igual cabrilleo que me recorrió cada borde de las fauces que fueron testigos de todos mis espasmos.

La noche se cubrió de brillante escarcha y con ello trajo un susurro álgido que baño nuestros apacibles cuerpos. La cruzada había terminado, ninguna tenía la suficiente energía para continuar. Tumbada en su pecho, se aletargó con cada uno de mis respiros. Nunca hubiese imaginado tanta quietud en tan salvaje brío, tanta tranquilidad, tanta paz exhalada mientras dormía.

Y ahí fue donde lo entendí, que la única forma de domarla, era dejarla libre.

Isadora Abraham
Isadora Abraham Escritora, tarotista y gamer; Se ha desarrollado en proyectos audiovisuales independientes como guionista, ha trabajado como editora, redactora y correctora para editoriales autónomas y como gestora de algunos eventos culturales y filantrópicos de organizaciones civiles. Cuenta con estudios en lengua y literatura, mismos que han mejorado su proyección narrativa y lírica, desarrollando su perspectiva multifacética en los temas que aborda.