El cine de la Revolución Mexicana y su influencia en el cine de hoy

La primera película que se produce en la etapa postrevolucionaria es ¡Qué viva México!, film que cuenta con cuatro anécdotas y es dirigida por el cineasta ruso Sergei M. Eisenstein en 1930 pero no se concreta.

Para México, la etapa que viene después de la Revolución es un suceso que permite cuestionar sobre el rumbo que la literatura y, sobre todo el cine, necesitan tomar, con un sentimiento nacionalista que comienza a surgir. 

Una de las medidas que se implementan para competir contra el cine de Hollywood inicia en 1931 por el presidente Pascual Ortiz Rubio, quien eleva los aranceles de importación para películas extranjeras, de esta manera asegura y protege la exhibición del cine mexicano en el país; sin embargo, no hay una presencia de la industria cinematográfica. 

En ese mismo año, un grupo de periodistas de El Universal Ilustrado, decide comprar equipo y contratar técnicos para revivir al cine mexicano. Se produce Santa (1931), la primera película sonora mexicana, del director Antonio Moreno, que es la segunda versión fílmica de la novela con el mismo nombre del autor Federico Gamboa. 

De este modo, ¡Que viva México! y Santa, surgen dos vertientes del cine mexicano que prevalecen hasta nuestros tiempos, ambos filmes dan inicio a futuras corrientes cinematográficas, por un lado está el grupo de cineastas que quieren retratar un México similar al de Eisenstein y otros que buscan igualar una apariencia a las producciones de Hollywood como lo hace Moreno en su película. Sin embargo, ambos filmes tienen una intención nacionalista, muy distinta una de la otra, que busca obtener una imagen de México que no ha sufrido estragos de la guerra revolucionaria o que muestra cómo se sobrevive y se sale victorioso de ésta.

A pesar de todo el ánimo de querer mostrar a México superando la guerra de Revolución, es en 1932 que se hace por primera vez una película sobre el suceso; Revolución o La sombra de Pancho Villa del director Miguel Contreras Torres,  un año después de Santa

A su vez, surge una tendencia de contar historias sobre la revolución mexicana con distintos enfoques: Enemigos (Viva la revolución) (1933) de Chano Urueta;  Rebelión (1943) de Manuel G. Gómez; El tesoro de Pancho Villa (1935) de Arcady Boytler; Cielito Lindo (1936) de Roberto O´Quingley; Almas rebeldes (1937) de Alejandro Galindo; La Adelita (1937) de Guillermo Hernández Gómez y Mario de Lara; La golondrina (1938) de Miguel Contreras Torres; La Valentina (1938) de Martín de Lucena y La justicia de Pancho Villa (El gaucho Múgica) (1938-1939) de Guz Águila y Guillermo Indio Calles; Con los Dorados de Villa (1938) de Raúl de Anda y Los de abajo (Con la división del Norte) (1939) de Chano Urueta; la trilogía de Fernando de Fuentes: El prisionero 13 (1933); El compadre Mendoza (1933) y Vámonos con Pancho Villa (1935). 

Este sentimiento nacionalista que genera una disrupción entre cómo debe ser la imagen de México al final concluye en que una parte no puede vivir sin la otra, tendencia que llega hasta las películas que actualmente se producen, tratar de definir al cine mexicano de la manera más realista posible puede caer en lo crudo y quizás sea la intención del director, pero no atiende a la necesidad de que se logren ver los distintos matices que se tienen en el país, mucho menos después de una guerra como la Revolución. Por otro lado, delimitar un México lleno de glamour y romance tampoco logra visibilizar los problemas que este conflicto armado deja durante la búsqueda de la identidad mexicana.

Con estas dos últimas ideas se puede generar un diálogo sobre cómo abordar las historias que los mexicanos padecemos, todavía hay un arduo trabajo que hacer considerando que el cine no lleva ni cien años en el país. Hay mucha polémica sobre cómo deben ser retratados los mexicanos en pantalla grande, ya que las últimas producciones de la década han puesto en tela de juicio esa identidad que seguimos buscando desde la revolución mexicana, poniendo sobre la mesa temas como la equidad y la igualdad buscando una visibilidad para todos, no sólo en la pantalla grande sino para las personas que están detrás de cámara.

Edgar García
Originario de la Ciudad de México, estudiante de Cinematografía y apasionado por la escritura y la moda, a temprana edad encontró una fijación por el arte, en especial el teatro, pero fue hasta su educación media superior donde eligió el Cine como profesión. Se ha visto involucrado en el área de Diseño de Producción participando en distintos cortometrajes y videoclips desempeñando un rol como Diseñador de vestuario, Vestuarista, Director de Arte y Maquillista. Así mismo su interés por seguir la historia del vestuario en México lo ha llevado a escribir su tesis: Acercamiento visual y estético de la película La Escondida de Roberto Gavaldón: el vestuario cinematográfico