Pudiera comenzar diciendo: “Hace frío, el aire invernal recorre cada resquicio de las oscuras callejuelas que desembocan, como meandros, en la gran avenida, penetra a través de las hendijas de las puertas cerradas (porque, ya es tradición, observar a la ciudad como una urbe de puertas abiertas, sin la intimidad acostumbrada de los residentes en el otrora emporio, ahora vencido y decadente después de la última y definitiva oleada de la emigración interterritorial que convirtió la ciudad en uno de los tantos suburbios alejados de las cabeceras de provincias).
Un céfiro que provoca ligeros espasmos entre las personas que permanecen en la fila silenciosa y lúgubre donde me encuentro, en la espera —como los condenados a la horca—, del momento en que termina la agonía…” ¿Pero, en realidad ocurrió así?
No podría describirlo de otra manera. Sólo que me negaba a mirar en derredor, como si buscase algo nuevo. En realidad, todos hacíamos lo mismo. Sabíamos el final y esperábamos resignados que ocurriera. Fue entonces cuando llegó el susurro fantasmagórico de un recuerdo. Venía cubierto por una viscosa referencia a un tiempo muerto, casi olvidado. Estoy seguro de que los otros también lo escucharon.
La voz se esparcía con todo su olor nauseabundo entre los condenados a la espera, pero sólo encontraba (por respuesta) el silencio.
“Yo lo digo, porque es así”, aseguraba. “¿Vieron…? Es sólo un tubo flacucho que inflan con agua y calor, con eso nos matan…”. Quise buscar una apertura, para escapar, pero había perdido el olvido. ¿Acaso existía olvidar?
Los arquitectos de aquel patíbulo lo habían previsto todo. Ninguna máquina podía ser ejecutablemente tan exacta. No se podía olvidar porque no se vivía del presente, tampoco del pasado y mucho menos existía el viaje al futuro. Sólo podía esperarse el final de cada lento y silente instante en que la fila fuera absorbida por el final.
“Antes no era así”, continuó. ¿Cómo era antes? “Un amigo, por ser mi amigo, me vendía su Chevrolet del 52, en ciento cincuenta pesos”, dijo ¿Un Chevrolet, por ciento cincuenta pesos? “Me lo ofrecía en ese precio porque lo acababan de pintar… además, le hacía falta aquella cantidad de dinero”, aseguró.
Todos escucharon, justo cuando la fila comenzó a moverse hacia el final del principio; donde otros se aglomeraban y vociferaban con señas a los primeros.
“¿Se ha perdido la vergüenza?”, sentenció. ¿Se habrá perdido la memoria, toda? “¡Ceder es perder la dignidad!”, afirmó. Lenta fila. Llegué justo cuando sólo quedaba uno.
Apenas extendí mi mano con el billete de diez pesos y la mujer se adelantó con los ojos suplicantes: “Por favor, yo no puedo esperar”, expresó y sus palabras rodaron hasta cerca de mis pies. Dije que yo tampoco podía hacerlo. Había perdido casi una hora de mi vida antes que mi brazo atravesara las rejas y pude alcanzar el pan. Estaba aún caliente, pero se derretía, en cada paso, como si fuera el retrato de Dorian Gray, hasta adquirir el aspecto envejecido y triste de siempre. ¿Ciento cincuenta pesos?
Es casi la mitad o, más preciso, la cuarta parte del salario de un mes. ¿Cuántos Chevrolet del 52 me habré comido en un año? No quise mirar atrás. No podría recordar, pero tampoco olvidar el rostro de la señora. Mucho menos, ya, tenía el deseo de comer el pan.









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