La creación: ambición y melancolía

¿Cuántos tipos de verdad podríamos enumerar? Esto no parece tener mucho sentido porque, en principio, verdad solo hay una o al menos, eso nos han vendido. Sin embargo, me reconozco pidiéndole al de enfrente que sea sincero, que me diga “la verdad”, ¿Pero, cuál? ¿La suya, la que yo quiero escuchar o la que yo creo que debe ser? Me visito en esa solicitud continua de sinceridad y honestidad, me reconozco en el miedo atroz de descubrir una mentira. Por otro lado, quién no ha mentido en algún momento por necesidad, por miedo o simplemente, por subir las pulsaciones dormidas del corazón.

Me detengo para sorprenderme en la certeza de estar mejor cuando estoy mintiendo descaradamente. Subida a un escenario y siendo lo que no soy, construyendo una máscara, un cuerpo, un ritmo, un pasado, un presente y un futuro; en definitiva, levantando una vida que no es la mía. Ahí donde comienza el juego encuentro estabilidad en el abismo, en la línea de horizonte que me separa del error, tropiezo con la tranquilidad y, obviamente, estoy mintiendo.

Aunque el escenario es un grandísimo mentiroso, la búsqueda de la verdad se convierte en esa flecha que marca la dirección correcta

Nieves Rosales

Aunque el escenario es un grandísimo mentiroso, la búsqueda de la verdad se convierte en esa flecha que marca la dirección correcta dentro de todo ese huracán que se pone en marcha nada más apagar la luz de sala y que es capaz de arrasar con todo hasta que una lluvia que nace de dos palmas que se unen nos devuelve a la calma.

La verdad está íntimamente relacionada con la idea de conciencia que viene a significar tener conocimiento de algo; justo lo que se debe ejercitar para llegar a esa verdad teatral.

Vayamos al trabajo corporal. Para construir desde el cuerpo, necesitamos una conciencia plena, es decir, un conocimiento exhaustivo de nuestro elemento, de nuestra herramienta para que nos permita estar presentes en todo momento: ser sin perder la esencia.

En la búsqueda de la verdad tenemos que aunar dos conceptos: ser y conciencia. Decía Unamuno que perder el uno daba como resultado perder al otro y no puedo estar más de acuerdo. Si no estoy en el aquí y ahora del ejercicio teatral, no tengo conciencia y, por lo tanto, será imposible construir esa verdad que necesitamos.

Se trata de establecer un paralelismo entre lo teatral y lo real, poder reaccionar desde la esencia misma del cuerpo sin buscar atajos que nos desvíen del ser. No hacer “como que”, expresión manida hasta la saciedad dentro del mundo de la danza y que tanto me saca de quicio. La emoción no se puede enseñar por repetición.

A los bailarines se nos presupone un alto control de la conciencia corporal, sin embargo, tengo serias dudas sobre esto. El espejo que nos acompaña desde el momento mismo en que damos el primer paso, se ha convertido en amigo y enemigo que no nos da descanso. Si bien es cierto que es un buen avío para la enseñanza, no lo es tanto para trabajar la sensibilidad y la conciencia. Nos prejuzgamos y juzgamos, nos miramos con los ojos afilados y dejamos de sentir, dejamos de conocernos y nos acomodamos en la superficie sin hundirnos en la profundidad de la expresión. Y es que a través del cuerpo se produce el acceso directo a quiénes somos. Si no nos vemos en el espejo, nos cuesta saber qué hace nuestra diestra si es la siniestra quien acciona.

Defiendo el trabajo fuera de esta esclavitud del reflejo justamente para desarrollar el conocimiento de nuestra piel, nuestro cuerpo e incluso descender al tuétano, el alma que se activa cuando la música comienza, no necesita ser Narciso sino buscar en la oscuridad un túnel que nos conecta con nuestros sentidos y así asomarnos al precipicio del otro.

Cuando hablo del estar presentes en el aquí y ahora, no hablo a ser conscientes del ejercicio técnico acrobático, esa conciencia dejar de ser necesaria cuando la técnica se nos ha pegado a la epidermis y no requerimos pensarla, me refiero a construir impulsos verdaderos que desemboquen en acciones verdaderas. Cuando esto ocurre da comienzo un universo nuevo y propio, compartido con los compañeros que nos devuelven reacciones verdaderas. El motor es el estímulo interno o externo que empuja la rueda. Debe nacer desde la autenticidad que se traduce en un impulso que arranca la acción y solo entonces, aparece la emoción.

Lo confieso: tengo tendencia a la ambición y a la melancolía, a partes iguales. Siempre he pensado que la ambición bien colocada nos hace avanzar hacia el objetivo. Una ambición que no sea envidia ni avaricia, que no nos lleve a desear ser mejor que el otro sino ser mejor que una misma. La danza nos pone siempre en la tesitura de la comparación, en la medida con el cuerpo del otro sin atender a que cada cuerpo es distinto en fondo y forma. No solo la musculatura y las cualidades físicas nos diferencian sino también la calidad emocional, la manera de expresar a través de un cuerpo u otro no es la misma nunca y esa es una de las grandezas de este mundo. No hay dos bailarines iguales como no hay dos seres milimétricamente iguales.

En esa divergencia estriba la originalidad y la revelación. Para descubrirnos hay que buscarse en las sombras, bucear en la intimidad más profunda y encontrarnos de frente con esa que nos acompaña desde que nacemos y que llevamos pegada a nuestros pies. Somos luces y sombras, los artistas quizás más porque vivimos atentos siempre a entrar en foco y ahí, se provoca nuestra penumbra.

La creación es un alumbramiento que lleva implícita la aparición de las oscuridades, los bloqueos, las pérdidas, la angustia de no saber por dónde seguir o hacia dónde. La inseguridad de dar vida a aquello que te busca, pero que se escurre detrás de cada paso y juega al escondite con un tiempo que corre casi siempre en contra. Y vas dando forma a un esqueleto que has tumbado en una camilla. Un pie por aquí, una cadera, un hombro… tomas distancia para ver mejor y vuelves, la musculatura, los tendones, los ligamentos… y miras de lejos. La piel, el pelo, las uñas, los detalles… el vacío. ¿Y el alma?

Pongámoslo de pie, démosle luz y entonces aparecerá la sombra, en aquello que se esconde reside el conocimiento. Metámonos en la negrura del personaje, construyámosle un pasado, una circunstancia, un objetivo, un conflicto, un estado de ánimo para aparecer en escena por primera vez, una emocionalidad, un carácter. Compongamos la esencia y entonces, mirémosle a los ojos porque como decía Valle-Inclán “a los personajes hay que mirarlos a los ojos. No de rodillas ni por encima de ellos”. Ahora podemos contemplar el mundo a través de sus ojos, hemos encontrado la verdad que necesitamos para encarnarlo y darle movimiento a través de nuestro cuerpo.

Es entonces cuando miro atrás y aparece la melancolía a la que me refería al comienzo. Cada creación supone un proceso de acompañamiento, un conocimiento de nosotros mismos y de la obra, eso nos transforma, nos enfrenta a los demás y a nosotros mismos. Repaso el camino que he recorrido hasta llegar adonde estoy y la sonrisa tímida se cuela entre los labios con un tinte de nostalgia. En cuanto ha llegado la verdad y la personificación, ya no me necesita.

Se ha revelado el misterio y yo tengo que volver a comenzar.

Nieves Rosales
Coreógrafa y directora de escena malagueña, Nieves Rosales se mueve en un flamenco conceptual que se acerca a los límites de la danza contemporánea. La investigación y la técnica al servicio de la interpretación son los pilares básicos de su trabajo. En 2010 levanta su propia compañía, SilencioDanza, y pone en marcha un método de trabajo que será seguido por diez montajes todos ellos premiados y reconocidos, como el Premio Lorca del Teatro andaluz a Mejor intérprete femenina de danza contemporánea. Actualmente, compagina su trabajo de dirección en SilencioDanza con la docencia y la investigación sobre la mujer y la dramaturgia dentro de la danza.