La mirada inquietante sobre el revólver, las manos temblorosas, la vena punzante en la sien, sobresalía a cada segundo que transcurría; la incredulidad, rabia, desesperanza y fatiga recaían en Federico, hombre delgado, alto, de sonrisa perlada, pulcro, de ojos café claro y hoyuelos brillantes. Su mundo perfecto, construido a partir de una empresa prestigiosa, fruto del trabajo arduo de generaciones familiares, fue embonando miles de pesos a su cartera Gucci y cuentas bancarias.
Un día, sin pensarlo ni buscarlo, conoció a la que ahora es su esposa en una cena de negocios. Clara, mujer de porte elegante, cabello castaño, ojos color aceituna, nariz respingada, boca pequeña y sutil. Los cuentos de hadas quedaron cortos a lado de la historia de amor entreambos.
Al año de matrimonio, nació su primogénita, a la que llamaron Ángela por la luz que dio a la vida de sus padres; hermosa, bucles dorados, cachetes rosados, boca delineada rojiza, cejas serenas y ojos aguamarina, era la envidia de sus amistades.
Ángela fue creciendo en un entorno feliz y, a pesar de tener todo lo que quería, era una niña humilde, sencilla, tal y como se lo inculcó su padre, preocupada por los demás y con el espíritu altruista de su madre.
Una mañana como cualquier otra, donde los tres se sentaban a la mesa para disfrutar del desayuno; entre risas, consejos de los padres, anécdotas; sonó el celular de Federico. Tomó la llamada, su rostro palideció, decayó su ánimo. Clara intuyó la razón por la que su esposo se puso serio. Se adelantó a terminar de arreglar a Ángela para llevarla a la escuela y regresar a casa a platicar con su esposo respecto de la llamada recibida.
—¿Ha sido él, ¿verdad? —Clara preguntó con tal seguridad que fue imposible titubear.
—–Sí, y está viniendo a la casa, quiere saludarme y conocerlas. —respondió Federico. Clara sintió un escalofrío inquietante al momento.
—¿Por qué no te negaste o le inventaste que no estábamos en la casa?
—Porque no deja de ser mi hermano, algún día tengo que verlo de nuevo. Lo que pasó, fue hace mucho tiempo, me pidió perdón y creo que es hora de enmendar las cosas y seguir adelante. —Respondió Federico.
Clara no muy convencida y con cierto temor al verlo tan seguro se guarda lo que piensa en ese instante.
Pasaron las horas. Se escuchó el sonido del timbre, ambos permanecieron sentados con la mirada perdida y nerviosa. Federico se levantó, caminó hacia la puerta, giró la perilla y se encontró de nuevo con el rostro que, alguna vez, fue su peor pesadilla y motivo de llanto y ansiedad, pero que contrastaba con el sentimiento de hermandad y cariño hacia su sangre.
Su hermano le dio la mano, lo abrazó. Dio un paso hacia adelante para corresponder a la invitación que Federico le hizo para entrar a la casa.
—Te presento a Clara, tu cuñada —Con una alegría desbordante se dirigió a saludarla.
—Hola, Clara, mucho gusto —con la mano nerviosa y un poco sudada tocó las finas manos, que son bajadas de manera intempestiva y nerviosa.
Entre risas y pláticas sobre recuerdos, llegó la hora de ir por Ángela a la escuela. Federico le pide a su hermano que lo acompañe para que conozca a su sobrina y le den la sorpresa. A Clara no le pareció la sugerencia de su esposo, sin embrago no dijo nada.
Bruno se estaba feliz, de ser parte nuevamente en la vida de Federico.
Al regresar a casa, Clara ya tenía la comida lista. Bruno, embelesado con la hermosura de su sobrina y lo perfecta que eran sus vidas, sintió que ese día había sido el mejor de todos.
Federico invitó su hermano a pasar la noche en casa, sin consultarle a su esposa, por lo que Clara se enojó. Se encerró en su cuarto. Bruno, encantado, accedió. La habitación de huéspedes era hermosa, más grande que su celda de prisión.
La noche transcurrió en calma, pero un ruido en el dormitorio de Ángela despertó a sus padres. Federico tomó el revólver guardado en el cajón de la cabecera y corrió hacia el cuarto de su hija.
La imagen más dolorosa pasó enfrente de él como en cámara lenta: Bruno sobre el cuerpecito de su hija, con la mano en el cuello de la niña para evitar que emitiera algún murmullo. El calzoncito tirado a un costado de la cama.
La desesperación y rabia hicieron que Federico disparara el revólver sin pensar. La bala atravesó parte del cráneo de Bruno, quedando su cuerpo inerte sobre la niña. Federico lo quitó de inmediato. Los rulos, antes dorados, se tornaron escarlata. La madre gritó. Descalzas, corrió a abrazar a su hija y la acostó en un lugar seguro. La pequeña sonrisa y su voz se habían borrado para siempre. El cadáver en la cama, la mirada sobre la pistola, el esposo inerte, palpitaciones aceleradas. Otro cañonazo se escuchó y el cuerpo de Federico cayó de forma abrupta sobre el piso. Lo que quedaba de la estirpe comienza a diluirse, así como la realidad, felicidad y anhelos










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