Es el primero de noviembre y, como nunca antes, hay una silla vacía en el comedor de la casa de Juvencia Pool. La tradición ordena que el Mucbipollo sea el platillo principal pero el reinado del frijol con puerco de los lunes es simplemente indebatible en la vieja casona de paredes descascaradas y techos espaciosos, en cuya puerta igual de alta que los ventanales que colindan con la banqueta se exhibe empotrado un discreto letrero de loza pintado con la leyenda: Fam. Pisté Pool y con letras más pequeñas: Calle 60 entre 73 y 75 Barrio de San Juan.
El aroma de los chiles secos tatemados en el comal en plena orgía con los tomates explota en la atmósfera de la cocina e invade todas las habitaciones. Juvencia, una experta en estas batallas, parece disfrutar lo que para otros sería una experiencia invasiva y subyugante; los retira de la plancha, en el molcajete los tamula con ahínco al mismo tiempo que les vierte generosas raciones de cilantro picado fundiéndolos en armonía para tener listo el chiltomate.
El sonido del agua burbujeante reclamando que le viertan los cortes de polomo, costilla y codillo no le impide escuchar que se abre la puerta y entra Marciala, Marcia, como prefiere que le llamen. Tira con desgano su mochila a un sillón y se asoma por la puerta de la cocina sin decir palabra alguna. La hija menor de Juvencia observa a su madre y ambas sonríen melancólicas. El entrañable aroma de la carne y los vegetales invaden su memoria, mientras se quita los zapatos pisándose los talones, en sus recuerdos está Tono, Papá Tono jugando con ella a ver quién encuentra más piedritas entre los frijoles en esa misma mesa de la cocina. Mientras seleccionaban los granos triunfantes que irían a la olla reían y hablaban. Fue en esa mesa cuando le contó con gran ilusión hace apenas seis meses que aprobó el examen de admisión para entrar a la prepa uno, aunque ahora para Marcia parecía una eternidad.
Juvencia con un ademán señala hacia los cubiertos sin separar la mirada de la olla donde el arroz negro emerge suculento, Marcia comprende la indicación y se dispone a ordenarlos en
el comedor. De inmediato se asoman por la puerta Rufino y su esposa, con medias sonrisas, como pidiendo disculpas por intentar tener una buena cara. Él se detiene en el comedor de camino a la cocina y se acerca a Marcia, Hola hermanita, le dice con un tono condescendiente revolviendole el cabello. Maribel, la esposa, se va directo a la cocina y cuando llega Rufino, ella está de salida balanceando cuatro pequeños platos de cebolla y rábanos picados en cubos coronados por un verde chile habanero de dimensiones considerables escoltado por una rebanada de aguacate rasgando irreverente la colorida presentación.
El primogénito de la familia se acerca a su madre, que a estas alturas ya solo está confirmando que el cerdo tenga la textura deseada, que sus poliformes piezas se desprendan en finas y suaves hebras, que la costilla suplique ser separada del hueso con tan solo mirarla. Le da un beso en la cabeza, el aroma del frijol, del epazote, de la pepita molida que se impregnó en los plateados cabellos de Juvencia lo trasladan por unos instantes, a otro lugar y otro tiempo cuando iba sentado en la parte de adelante del triciclo manejado audazmente por Papá Tono, armado con una bolsa llena de hierbas de olor, con los manojos de cilantro y demás vegetales meneándose al ritmo de cada pedaleada, regresando triunfantes del mercado de San Juan con lo solicitado para la cocina. En el trayecto Papá Tono le instruía sobre las responsabilidades de ser el hermano mayor, de tener un oficio y estar siempre pendiente de su familia, fue en uno de estos viajes cuando decidió entrar de aprendiz al taller de herrería de la vuelta y aprendió lo que ahora es su ocupación. Logra desprender sus labios de la serena cabeza de su madre y sale de la cocina huyendo a toda velocidad antes de ser invadido por la nostalgia nuevamente.
En la mesa ya está sentada Marcia, frente a ella Rufino y su esposa, a su lado está Juan, el hermano de enmedio que llegó sin anunciarse y sin saludar a nadie se ubicó en el lugar que por tradición le corresponde. Juvencia va entregando los platos, uno a uno sin dejar que nadie le
asista, los comensales ya saben que se negará a cualquier tipo de ayuda así que ni siquiera contemplan ofrecérselo.
Nadando lúdicas en el caldo negro emergen tres voluptuosas y generosas piezas de carne, en el plato de centro se asoma altanero el arroz negro y es atacado por las cucharas para llevarse una porción y vertirla en el frijol elevando sus olores y sabores a un nivel superlativo.
Juan explora en el fondo del hondo plato por los granos de frijol más suaves y reventados que esperan agazapados a ser devorados y perderse entre sus fauces, no bien ha dado el primer bocado cuando sus papilas gustativas aluden a otros instantes. El rostro curtido de Papá Tono desde una videollamada ocupa todos sus pensamientos, la mirada de un padre orgulloso comunicándose a la distancia con su hijo, cursando una maestría en Boston. Cada añorado grano de frijol transporta a Juan a esos momentos cuando con la señal entrecortada hablaban anécdotas de su vida como estudiante en otro país, los planes inconclusos que se hicieron para visitarlo y que sabía jamás se concretarían. Sus promesas incumplidas de volver lo más pronto posible, hasta hoy.
En una de las cabeceras de la mesa está sentada Juvencia, en la otra solo la silla vacía, con una huérfana porción del platillo de los lunes igual al de los demás. Sin mediar palabra lanzan con enjundia el chilmole de sabores irreverentes y rústica presentación, el chile habanero incisivo seduce las glándulas salivales de sus víctimas que sin pudor piden más a cada bocado. La suave textura del aguacate contraataca con timidez pero suficiencia.
Solo se escucha el sonido de las cucharas raspando el plato como si a cada cucharada se redimiera un pecado, o un recuerdo, o ambos. Terminan los cuatro casi al mismo tiempo, solo Juvencia sigue jugando con la carne, levantando el caldo y chorreandolo nuevamente con la esperanza de que el fondo del recipiente sea infinito y no se vea obligada a elevar la mirada, perdida en estos momentos en la oscuridad.
La primera en pararse de la mesa es Marcia, le sigue Juan y por último Rufino con Maribel, conforme se retiran le dan un beso en las mejillas húmedas a Juvencia y desaparecen en el patio.
Sola en la mesa, al fin endereza la mirada. Separa su silla y camina al otro extremo de la mesa, toma el plato lleno ahora templado y lo lleva al sencillo altar instalado en un rincón del comedor. Entre la cruz verde y tres veladoras hace un espacio y coloca con ternura el guiso, a su costado sirve un vaso de cerveza, con la flama de una de las veladoras enciende un cigarro sin filtro que deja consumiéndose en un cenicero de cristal, observa la foto de Tono sentado en su triciclo con su eterna sonrisa. Juvencia se persigna y con los ojos cerrados percibe los vestigios del menguante aroma del frijol, distingue con cada uno de sus sentidos el epazote, la cebolla, el habanero, las tortillas y viaja por última vez a la carnicería en el triciclo de Tono para escoger personalmente las piezas ideales para el manjar que todos esperan cada semana, con grasa pero no mucha y desea que todos los días sean lunes y piensa: Buen provecho viejo, Ma’ach en túukulkech.










Todos tenemos un triste recuerdo similar,
La excelente descripción del sabroso y tradicional platillo, me hizo agua la boca.
Muchas gracias Carlos