De la serie de relatos Estaciones nocturnas
Hace tiempo no me ocurría lo que sentí esta tarde. De algún modo busqué entre mis relatos y descubrí que la fragancia de su cuerpo quedó impregnada en mis manos.
Me observa y, mientras lo hace, ha detenido el tiempo. Sé que posee la facultad de hacerlo reversible y comienzo a sentir que viaja a través de la memoria hacia cualquier punto de mis recuerdos. Alisa sus cabellos y presiento que sonríe como aquella noche en que viajábamos en el ómnibus y leía uno de mis relatos concebidos antes de llegar la mañana. Ahora, desnuda y con las rodillas recogidas contra su pecho, lo ha terminado de escribir en silencio. En esa posición parece más hermosa, lo sé y confieso que me gustaría volverme, decirle una avalancha de palabras, agradecerle que está ahí, pero no las encuentro.
En realidad, he perdido los términos exactos para describirla y pienso que, nuevamente, ha creado un estado antimateria y en su derredor: todo gira interminablemente, mientras se perciben las secuencias turbulentas del día y la noche, el origen y la creación en el universo. Sospecho que, si abro los ojos, no podré atraparla y se convertiría en una ilusión, el soplo de un recuerdo no vivido, ¿pero, es real? Sí, es real, respondí.
Había llegado justo cuando concluía un pequeño libro de relatos y pensaba escribir otra serie bajo el nombre de Estaciones nocturnas, narraciones sobre mujeres de la noche, fantasmas convertidos en leyendas que desaparecían en las ciudadelas antes del amanecer. Había pensado, incluso, evocar las almas de aquellas, tomadas por el azar y reducidas a lo peor de su especie por aquellos incapaces de mirar la verdad detrás de sus ojos. Pero ella, tenía la mirada distinta, la voz queda y susurrante. “Sí, me gustaría”, dijo y su mirada cayó como una hoja olvidada por el otoño entre sus manos cálidas y suaves.
—También me gustaría, respondí en medio de una explosión de Náyades frente a mis ojos. ¿Podría escribir mis estaciones, sin ella? No, no podría, respondí consciente de que debía asumir el haber encontrado el alma de una mujer nocturna, pero también sé que, al describirla, sólo podría pensar en la palabra ángel y resultaría cursi decirlo. Por supuesto, ya lo era al pensarlo y me arrepentiría de no encontrar la palabra exacta. Pensé en demandar a los de la Real Academia, pero no; serían demasiados trámites de ida y vuelta entre el Norte y el Sur, por demás dejaría de ser efímero el nombre que encontrara y no funcionaría para mis propósitos literarios, menos, después de escucharla (una vez, pronunciar el mío), de lo contrario sólo advertiría el batir de sus alas justo cuando escapara por la ventana y no encontraría el punto de partida para comenzar estas estaciones nocturnas, tampoco tendría motivos ni sentido, si no existiera, Mabel.










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