Relato Un libro tan leído de Beatriz Graf

Cortazar en Buenos Aires 1973. Foto: lanacion.com.ar

Marzo 1986

Sentí que era imprescindible decirle algo. Fantaseaba en lo azaroso de un encuentro. Tal vez cuando él llegara a la UNAM. Entonces, de frente, le diría que…

Son las cinco y veinte. Es previsible que lo vaya a ver esta tarde, la situación me instala como personaje fuera de texto. Sé dónde estoy y sin embargo tengo que preguntar “Oye, compañero, esta es la puerta del Auditorio Justo Sierra ¿verdad?”, “Sí, es el auditorio Che Guevara.” Bien, estoy cerca de averiguar hasta dónde puedo llegar. Enciendo un cigarro y, con mis 43 años de frente, me aseguro: “¿Va a estar aquí Julio Cortázar?”

Espero que pronto abran la puerta, mientras, observo: cerca de mí alguien lee en voz alta, el lector brinca de atrás para adelante obligado a ir y venir por lo planos lineales, como en el juego de la rayuela en el cual se intenta saltar por las casillas, avanzando con dos pies, o con uno, hasta llegar al cielo. Un hombre con cara de lentes redondos y voz de yolosétodo inquiere a los jóvenes “¿Quién puede decirnos cuál es la teoría sustentada en esta antinovela?” Los muchachos dan diferentes respuestas al mismo tiempo. Yo intento contestar: (en el escándalo como variante del miedo, atando el desorden para ofrecer la posibilidad de reestructurar la vida. El libro corta de tajo, ofende, pisotea, es una quien decide dar el salto al interior). Caigo en cuenta de que nadie me escucha. Continúo. (Rompe con desatino lo trillado, lo previsible, lo bien medido que puede haber en una novela; nunca propone una explicación sensata de lo que está sucediendo)

La gente a mi alrededor platica no sé qué. Me doy cuenta de no haber dicho una palabra. Tal vez nadie hizo la pregunta. Pero guardo el sabor de compartir la diversión del juego con quien no se queda sumido en la vida sin tener conciencia de que hay que jugar, que en ese instinto está la reivindicación más que en el desenlace feliz. Aceptar la obediencia sería tanto como negar la importancia del enemigo, que es lo establecido.

Afuera del Auditorio se ha juntado mucha gente y la fila para entrar es ahora una serpiente inquieta. Dos jovencitas traen el último volumen de cuentos de Cortázar bajo el brazo, una le asegura a la otra que logrará la firma del escritor. Me parece una magnífica idea. ¡Mi Rayuela!, dejé en el coche mi Rayuela, tengo que ir a buscar mi libro, “Oye, ¿podrías guardarme tantito mi lugar mientras voy a recoger algo que se me olvidó?”, la respuesta del compañero de fila hace que me sienta cronopio. Corro hasta el estacionamiento con la seguridad de haber dejado el libro en casa, sobre el escritorio, ay, qué desgracia, pero sí, lo traje, aquí está, qué bueno, lo saco, lo abrazo y corro, apúrate, la gente se amontona, nerviosa, acelerada, abren la puerta, cuidado con el escalón, codazos, pisotones, lugares apartados. Quedo lejos. Pero estoy presente.

Las siete y catorce. De seguro alguien saldrá para ofrecer disculpas y posponer la entrevista. Los estudiantes siguen entrando, se desbordan por la sala, invaden los espacios disponibles y los no disponibles. Yo quiero brincar hasta una de las sillas de la mesa de honor. Hay un hueco hasta adelante. No me atrevo a cambiar de lugar. Empiezo a escribir tarjetas: Cortázar dos puntos no sabes lo importante. No. Cortázar dos puntos quisiera pedirte. No. Querido Cortázar. Tacho, rayo, garabateo. Julio. Rompo. No tengo más tarjetas.

Cuando leí Rayuela, tuve un sueño que se repetía con frecuencia: me zambullía en un río que cruzaba dos puentes. Iba detrás de un pez amarillo, dorado casi, que me hacía guiños y nadaba a profundidades insólitas. Yo me sumergía más y más, buscándolo, y lo encontraba justo en el momento en que me quedaba sin aire, recompensada por la provocación. El pez se incorporaba en mi torrente sanguíneo a través de un túnel que él mismo hurgaba, recorría; se deslizaba por el gran árbol de mis arterias y mis venas, encendiendo el fondo rojo de los ríos y los arroyos. Son cosas que una recuerda cuando está embutida en alguna butaca de un auditorio y sabe que Julio Cortázar va a salir de un momento a otro y siente el enorme deseo: que la vida no acabe aquí, que siga un rato más, por favor.

Soy la primera en verlo. Es más alto que su altura. Una inmensa montaña de aplausos cae sobre Cortázar quien se nos une con sus propias manos, acaso tímidamente satisfecho de sentirse el perseguidor. Dos mil personas de pie demostramos cariño por lo que nos da. Allí está él. Habla de Nicaragua, de la vida en las calles, de lo que ha visto: la cultura que no es privilegio de los que cantan o escriben o actúan muy bien. Aunque físicamente está cansado lo sé apasionadamente optimista, cree en esa forma de cultura alcanzable por todos.

Cruzo la ciudad, despacio, ya no sólo es el escritor, es un Cortázar persona, de huesos largos, dientes separados y acento gutural. Ahora me lo llevo: paso en limpio unos apuntes mientras él estará subiendo una escalera; salgo a trabajar entretanto él obsequia un globo de colores a la dependiente del correo; puedo imaginar que pone las manos – desproporcionadamente crecidas– en una mesa, a dónde se dirige esta tarde, con quién no le interesa hablar. No tiene idea de que mientras el tránsito lo ha detenido en alguna vía rápida, lo invento abrochando los botones del suéter azul, o recibe carta de mamá al tiempo que lo fantaseo sacándose conejitos de la boca. Tampoco lo sabe: lo voy a ver en Coyoacán.

Llego antes que él. Es el primer día de sol, se termina el invierno y me doy cuenta de cómo las cosas pueden ordenarse o desordenarse de manera imprevisible: dentro de la iglesia de San Juan Bautista dos jóvenes se desposan mientras afuera, en el atrio, hombres y mujeres esperamos la señal, la llegada. Cortázar nos inquieta.

Sube a la tarima, con su manso avanzar; no se impacienta porque el calor, porque los micrófonos, porque el señor delegado. En los textos que lee, el puente se tiende tan firme que es imposible no cruzarlo. Habla de cosas que me incumben de una manera cotidiana, permanente, me hacen caminar distinto:

Cuando se ama larga y dulcemente, cuando se quiere llegar al término de una paulatina esperanza, es lógico que se elijan los años caracol. Descubro complicidades, es a mí a quien le cuenta que cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días. Me gusta saber que, con casi nadie, pero con Cortázar sí.

Le han organizado una fiesta en el Cabildo. Los invitados presentan tarjetas. Una edecán coteja nombres en su lista. Es difícil entrar. Veo que lo hacen Juan de la Cabada, Armando Orfila, Edmundo Valadés, editores, poetas, libreros. Llega un grupo de señoras. Entre que quién trae la invitación y dónde quedó Rosita, me cuelo con ellas. En el patio, los toldos color rosa imitan un tianguis. Lechugas, rábanos, anafres, frutas rojas y anaranjadas, abren el apetito. Camino mirando qué hay los puestos, pendiente de la puerta principal.

¿Qué voy a decirle?

Cortázar entra. La gente lo rodea. Nadie está de su alto. Soy su espía y su testigo, evito salir en las fotos. Y el pobre tan sudado. Hay una mesa en el comedor del Cabildo. Aquí los platones ofrecen langostas, camarones gigantes, jitomates rellenos con jaiba. Le sirven un plato, lo llevan a un salón y cierran la puerta. ¡Ay! ¿Y si no lo vuelvo a ver? Y no le he dicho que…

Voy con la marchanta de las quesadillas que cumplió su promesa de guardarme una de flor y una de hongos. En la fila para servirme una cuba libre vuelvo a sentir cómo Rayuela ha demolido el camino impuesto, desde entonces logró desacomodarme. El mundo implantado me resulta menos fuerte que el intento de descubrir cuál eslabón es imprescindible y cuál innecesario; empiezo a construir ese puente en la realidad, a echar a andar en el espacio que existe del otro lado, sin dirección a ninguna meta. Sí, ahora tengo más preguntas que respuestas. Estoy decidida: voy a hablar con él para decirle…

Río con alguna ocurrencia de Eraclio Zepeda y se escucha el rumor: Cortázar va a firmar libros. Dejo mi plato de pozole en manos de un viejito y le digo: ahorita vengo. Con mi Rayuela entre el pecho y las manos, entro a un recinto largo. Hay poca luz. La gente habla en voz baja. Él está al fondo, sentado sobre el brazo de un sillón. Pegada a la pared me voy acercando. ¿Qué te voy a decir, Julio Cortázar? Elena Poniatowska se sienta en el otro brazo del sillón. Su voz suena clara, directa:

—¿Cómo estás? —la pregunta penetra más allá de un simple saludo. Él la besa, le acaricia el pelo.

—¿Cómo quieres que esté? —responde el hombre.

 Siento una sacudida que va del estómago a la cabeza, quiero ignorar la respuesta, suprimirla, porque bien sé a lo que se refiere: Carol Dunlop, su gran compañera, murió hace meses. Y a mí también me duele. Lo siento lastimado. Tan herido…

 Quise prolongar el extrañamiento, el absurdo de buscar palabras mientras lo tenía muy muy cerca, hasta que ya no pude más y saqué del sobre de papel manila el libro, desencuadernado, subrayado, usado, queridísimo, y se lo di. Así comenzó el juego del silencio. Él me miró un segundo, sus pupilas me sujetaron. Escribió: con la emoción de firmar un libro tan leído. Me lo entregó. Y fue entonces que me atreví a devolverme en su mirada y acaso él sintió temblar la luna en el agua.     

Vi cómo se iba sin decirle adiós y a la vez pedirle que siguiera, porque es verdad, las palabras parecen espejos empañados, inútiles tentativas de comunicar algo que está mucho antes y también mucho más allá de ellas.

Beatriz Graf
Nace en la Ciudad de México en la primera mitad del siglo XX. Inicia su oficio como escritora en los talleres de Elena Poniatowska, Edmundo Valadés, Gonzalo Celorio, Mempo Giardinelli, Agustín Monsreal y más tarde con Beatriz Rivas. Se ufana de ser la primera mujer en ganar el concurso latinoamericano de cuento, recuperándolo para México después de cinco años. Como periodista ha escrito artículos sobre diversos temas culturales de México, publicados en Estados Unidos, Italia, Argentina y México. Desde 1985 dirige talleres de creación literaria y el taller “Escribir historias de familia”. Varios de sus alumnos han editado sus propias obras. Libros publicados: Huellas digitales; La libreta morada; Contra nadie en la batalla; En el espejo de otro; Con Secuencias; Asunto: la luna a cucharadas; La India: punto de partida y arribo; Lenguas de arena. Y en las antologías de minificción Vamos al circo, Cortocircuito y Resonancias. Página WEB: www.literatuya-beatrizgraf.com FACEBOOK: Beatriz Graf