Ya es bastante conocido que, si queremos saber sobre la experiencia del otro, hay que escuchar al otro en vez de plasmar sus experiencias en nuestras propias palabras.
El taller literario, impartido dentro de la cárcel es una fuente inagotable de creatividad y de inspiración. Toda canción de libertad viene de la cárcel, escribió el poeta brasileño Mario de Andrade, y es verdad que la energía literaria que uno encuentra entre personas que han sido privadas de su libertad es algo casi palpable, que vibra entre voces, mentes, papel y pluma. Esa sensación de libertad es compartida además con el instructor. Lo sé porque yo misma la experimenté, cuando empecé a dar talleres con mujeres en situación de cárcel en el Centro de Readaptación Social de Mérida (Cereso) de Mérida, apoyada por una beca de la Fundación Mellon, en 2016.
Antes de entrar a la cárcel la primera vez, le pregunté a la escritora Verónica García Rodríguez, cuyo propio taller dentro de la Área de Mujeres sirvió como modelo para el mío: —¿Cómo voy a averiguar la verdad sobre esas mujeres? —Como si existiera una sola verdad. Ella me dijo que no era de lo que trataba nuestro trabajo como sus maestras o coordinadoras de taller. Llegamos para brindarles herramientas literarias, herramientas que les servirían en su camino. Se puede leer más sobre el proyecto en el blog que escribí entonces: https://vocesdelacarcel.wixsite.com/vocesdelacarcel Los textos que publicamos como resultado de aquel taller son disponibles en forma de libro. Actualmente se encuentran copias de Nos contamos a través de los muros, en Librería la Meiga, la librería feminista de El Apapacho.
¿De qué se tratan los textos? Nos enfocamos en relato personal y en folklore Yucateco. Hay un cuento sobre un Huay-Chivo llamado Juan Pistolas, uno sobre una clínica de aborto abandonado y que dicen que esta embrujada y otro sobre una visita a las maravillosas tierras de los gnomos. Uno es un relato policíaco sobre un caso famoso de un dueño de una vecindad que llega a la cárcel por haber matado un violador, pero sale libre después que una de sus víctimas dio su testimonio legal. Dentro de una categoría de historias personales han incluído un cuento sobre el día que una de las muchachas conoció a su padre a la edad quince años en un parque público. A veces, el taller llega a ser un círculo de cuento oral, cuando las alumnas comparten posibles ideas para cuentos. Durante de unas de esas sesiones, otra de las muchachas habló del día cuando sus tías desaparecieron en el mar durante una tormenta después de ir a pescar pulpo. Otro día, la misma mujer habló sobre el día cuando un huracán destruyó su casa dejando su familia sin hogar propio.
Muchas veces, sus relatos personales hablan desde una fuerte experiencia de marginalidad, debido a la pobreza, la mala fortuna, las estructuras familiares y los problemas socioeconómicos. A mí, esos relatos me abren el corazón y lo hacen más espacioso, lista para buscar nuevas soluciones que no caen dentro de los antiguos módulos de prejuicio, castigo y exclusión. Karina Pérez Ramos, psicóloga del Cereso de Mérida, ha sugerido que el proceso mismo de escribir fomenta una creatividad que tiene aplicaciones profundas en todos aspectos de la vida y que ayuda a la gente a desarrollar la capacidad de forjar nuevos caminos. Si uno puede escribir múltiples finales para el mismo cuento, quizá también se puede empezar a desarrollar y aplicar la misma creatividad a sus propias vidas.
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Los jóvenes se cansan de escuchar el lema repetido ad nausea por sus mayores: que para olvidarse de sus propios problemas deben servir a los demás. Es un consejo que huele a sótanos mohosos y a farisaísmo. Yo era uno de estos jóvenes que piensan que uno pierde su libertad cuando se involucra demasiado con los demás. Pero descubrí mi error cuando empecé a dedicar talleres en la cárcel; en vez de perder mi libertad, descubrí un sin fin de puertas que se me abrieron y me facilitaron el camino. Hice conexiones nuevas que me llevaron a lugares inesperados: a un programa de radio meridense donde hablé de mi trabajo, a la oficina del director de la cárcel, y, cuando regresé a Los Ángeles, a una gran sala de conferencia de la Universidad de California, donde me acerqué al Programa Educativo Carcelario, encabezado por el escritor, músico y académico anti-carcelario Bryonn Bain que canta sobre su propia experiencia de ser falsamente acusado por un crimen que no cometió y después escribió el conocido ensayo “Walking while Black” en The Village Voice (“Caminar siendo negro”).
De allí surgió la oportunidad de dar otro taller, esta vez en un centro de detención de mujeres cerca de Los Angeles. Llevé diez alumnos de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA) a participar en el taller, al lado de las mujeres que vivían adentro. Estos alumnos de UCLA fueron la mayoría latinos, hijos de inmigrantes que habían luchado para cruzar la frontera desde México y Centro América y establecerse en los Estados Unidos. Uno de ellos era también transgénero; otro era homosexual. Para estos alumnos, la marginalidad, la exclusión, la inseguridad y la pobreza no les era ajeno. Fácilmente encontraron vínculos entre sus experiencias y las de las mujeres con quienes trabajamos adentro del penal. A su vez, las mujeres adentro vieron en los alumnos una fuente de inspiración. Si ellos, que eran extranjeros, cuyo primer idioma no fue el inglés, podían salir adelante a través de la educación, quizás ellas, o al menos sus hijos, podrían hacer lo mismo.
Igual que las mujeres en el Cereso de Mérida, las mayoría de las mujeres en el penal de Los Ángeles habían cometido delitos menores: tráfico de drogas, robo, etc. En los Estados Unidos, como en México, los crímenes más graves van sin castigo. Por eso las grandes corporaciones contaminan el aire, producen montones de basura, venden armas semiautomáticas que luego resultan en las matanzas de cientos de niños inocentes en nuestras escuelas; compañías como Amazon, para nombrar sólo una, esclavizan a sus empleados con sueldos bajos y ni les da suficiente tiempo para usar el baño, todo sin ningún castigo en absoluto. Al contrario, sus dueños y jefes siguen enriqueciéndose.
Los escritos de las mujeres del taller en Los Ángeles fueron deslumbrantes. Escribieron sobre la adicción, del abuso, del orgullo de las mujeres y de sus deseos de cambiar, de ver otra vez a sus hijos y a sus papás, a los que sentían haber decepcionado. Una escribió sobre los fallos del sistema médico en la cárcel, específicamente, se rehusaron a operarla por un diente podrido que le dolía horriblemente. Lástima que, dado el sistema carcelario de los Estados Unidos—rígido, estandarizado—todavía no puedo compartir estos frutos del taller. Dado las normas estrictas de privacidad, me prohibieron escribir un blog sobre la experiencia. Los textos aún quedan sin publicar, y sin recitar en público.
Esta invisibilidad de las personas cuya libertad les ha sido privada tiene consecuencias graves. Según Elaine Scarry, el acto de lastimarse a otros es resultado de haber fallado en el intento de conocerlos; por el contrario, el acto de lastimar a otros, incluso personas que están dentro de nuestro alcance, demuestra su incognoscibilidad. Los reportes que han salido de los centros de detención de los migrantes centroamericanos sobre las llamadas heladeras, por ejemplo—que son grandes jaulas donde prenden el aire acondicionado en alto para que la gente se enferme en el frío—, demuestran un sinfín de violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, estas condiciones siguen en marcha. (El excelente documental Los eternos indocumentados, de Jennifer Cárcamo, las expone en detalle).
Según Alexandria Osorio-Cortez, la justicia es el acto de amar en público. Hay que desarrollar un nuevo sentido de empatía a través de servicio en masa; hay que construir un nuevo compromiso social que no tolera el abuso de los derechos humanos. Porque si mi corazón, cuando se abre a esas mujeres, escritoras, madres, hijas, seres humanos, se expande y da aliento a mi imaginación, a mi creatividad, a mis ganas de seguir trabajando en mi propio camino, de seguir aprendiendo y viendo el mundo con ojos nuevos, ¿qué le pasaría a la sociedad, si abriera su corazón a ellas también? Sería como la paz después de la tormenta. Sería el arco iris que sale y nos bendice a todos con sus bellos colores, un milagro nacido de la unión de sombra y luz.







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