¿Y si la historia se detiene aquí?

"Las voces de mi cabeza". Carlos Díaz Copado

Se me escapa de las manos el discurso, se derrama, se evapora. He de obviar la coherencia, mirarla de soslayo, si pretendo tocar el hueso. Será el calor. El verano madrileño que me embota los sentidos. Cierro los ojos un par de segundos. Me llamo por mi nombre. Eh, Ricardo, ¿estás aquí? Estoy, estoy. Estoy aquí, respondo. Estás aquí, me afirmo. Y sigo. De momento, sigo vivo.

Ya verá mi terapeuta cuando vuelva de sus vacaciones. Le va a estallar la cabeza.

Por las noches, cuando salgo a pasear después de la cena, me inunda de repente una sensación de felicidad. Una inyección de adrenalina que, aunque dura solo unos segundos, hace que la vida (en ese momento) tenga sentido. Si hiciera inventario de esa felicidad, sumando los momentos en los que realmente consigo estar en el presente, no llegaría ni siquiera a los diez minutos por día. Entonces, ¿de qué cojones se trata la vida? ¿Qué estoy haciendo, qué estoy siendo, las otras veintitantas horas?

Lo de estar en el presente fue una frustración durante años. Durante la carrera de arte dramático fue cuando más escuché la frasecita. Y aunque en teoría lo entendía, llevar a la práctica ese estado de consciencia requiere mucho trabajo. Un trabajo para el que, paradójicamente, no necesito nada. Es decir, para estar en el presente hay que soltarlo todo: los pensamientos catastróficos sobre el futuro (base de la angustia y la ansiedad); la melancolía sobre lo que no pudo ser o sobre lo bonito que fue el pasado; el apego a lo material (nada es tan necesario como el sistema capital nos hace creer); y, más importante, hay que soltarnos a nosotros mismos. Sí, sí, aquello del ego.

Prueba tú. Cierra los ojos un momento e imagina la hecatombe. Un meteorito, una plaga, un infarto, cualquier causa fulminante. Si fueras a morir ahora… ¿morirías en paz? Cuando juego a esto, casi siempre ganan el horror, la angustia y la negación. Si muriese ahora, quedaría tanto sin hacer. Pero, ¿tanto qué? ¿Qué es lo que he estado preparando durante 38 años? Quisiera tener la certeza de que, si tuviera que morir ahora, todo estaría bien. No tendría deudas que saldar.

Pero la verdad es que sí tengo: trescientos euros que devolver a una amiga; un viaje a México que lleva en pausa tres años; una novela y un libro de relatos; clases de canto; una casa propia; ganar un Goya (uno por lo menos), y no por el premio en sí, sino por la oportunidad de decir el discurso que ya tengo escrito; adoptar un gato, o dos; sacarme el carnet de conducir, no porque quiera un coche o no sepa manejar, sino por seguir acumulando documentos, credenciales, diplomas, certificados; quiero ser profesor de interpretación en una escuela de arte dramático; firmar ejemplares de mi novela en la feria del libro; y desaparecer por completo mi grasa abdominal.

Todo lo anterior, más una larga lista con la que no te voy a aburrir, quedaría pulverizado ante la llegada inminente de la muerte. Y siento vértigo cuando ensayo esta posibilidad y me digo: si muero ahora, todo estaría bien. Quien me quiere ahora, lloraría mi muerte y luego acabaría aceptando las circunstancias, seguiría con su vida pasado un tiempo.

El año pasado murió una de mis primas a causa del coronavirus. Era más joven que yo, no era su momento, repetimos hasta el cansancio en la familia durante la etapa de negación. Y, con el paso de los meses, acabamos aceptando el hecho. Ella dejó una lista de actividades para ser ejecutadas desde el momento que supo que le inducirían un coma para intentar salvar su vida. Se anticipó a la posibilidad de su desaparición en este plano. Y todo se ejecutó según lo dispuso en vida: desde su sepelio hasta la repartición de sus bienes. Yo, cuando me enteré de su muerte, me derrumbé en la cama con su foto en mis manos. ¿Qué tan larga sería su lista de pendientes con apenas treinta y tantos años? No solo me abatió la tristeza de su pérdida, sino la posibilidad de que hubiera sido mi hermanito, mi madre, o yo el siguiente.

Ahora mismo, estoy mirando su foto mientras escribo. Y digo su nombre en alto: Laura. La saludo, de vez en cuando. ¿Cómo va todo por ahí?, le pregunto. Que sepa que no la olvido. Y entonces empiezo a llamar a todos mis muertos, familiares o no: mis abuelas, amigos, profesores y conocidos. Abatidos por el cáncer, asesinatos, accidentes de tráfico y suicidios. Y digo sus nombres en alto para que sepan que los recuerdo. Y asumo que siguen siendo parte de mi historia.

Mi hermana vive en Cancún y está monitoreando el huracán Grace con su celular mientras yo escribo esto en Madrid. ¿Y para qué quieres saber lo que está pasando?, pensé. Si me va a matar una inundación, un corto circuito o un poste que arrancado por el viento, prefiero no saberlo con antelación. Prefiero estar comiendo algo rico, durmiendo, haciendo el amor. La angustia es la anticipación catastrófica. Y mi única manera de huir de aquella es estar en el presente. Porque el futuro me da vértigo y el pasado, nostalgia; y a veces pereza. ¿Qué tan dañado emocionalmente hay que estar para recurrir al pasado y sentir remordimiento por lo que se hizo “mal”? Si la cagas, pide perdón ahora, arréglalo ahora. De lo contrario ese fantasma se sumará al de tu niño interior, aquél al que abandonaron, violaron o hicieron bullying. Y, además, nada de eso importa ante la posibilidad de una muerte fulminante.

La última noche del 2019, una amiga levantó su copa para brindar durante las uvas: por los felices 20, año de las flappers, este será mi año, salud amigos. Ahora mismo está tirada en casa gracias al Covid-19. Y el 2020 no fue su año ni el de nadie… o sí.

Mientras tecleo en mi portátil, miro la marca que dejó la aguja en la fosa antecubital de mi brazo izquierdo. Me han extraído sangre para detectar anticuerpos después de haberme vacunado de la segunda dosis de Pfizer. No tuve ni tiempo de reflexionar si estaba a favor o no de las vacunas. Todo ha sido muy rápido. Y me he dejado llevar por la corriente de la vida. Porque a veces no tienes ocasión de reflexionar. O mueves ficha, o pierdes.

Y, durante el confinamiento del 2020, cuando las autoridades españolas anunciaron que se podía salir a la calle gradualmente, yo miraba todo si estuviera en una película posapocalíptica. Las personas, en la calle, temían que cualquier otro fuera portador del virus mortal. Se cambiaban de acera para guardar la distancia, sujetando la mascarilla como un náufrago se aferra a un resto del barco. Como cualquier desolado se aferra a una ruina. Y esto ha ido cambiando con el paso del tiempo. En España sigue habiendo muertes y contagios, pero es verano coño, los medios hablan de otras cosas. Afganistán, el asesinato de Samuel por ser homosexual, la vuelta al ruedo de los enanos toreros en Andalucía, la devolución a Marruecos de menores migrantes, los exiliados venezolanos que regresan a su país… Ah, y la variante Delta.

Y a mí se me quitan las ganas de seguir intentando cumplir mi lista de pendientes vitales. Deja de ser importante si el volumen de trabajo actoral que tengo me permitirá vivir dignamente sin tener que emplearme en otros oficios. Como un acordeón se hincha la idea de que voy a morir solo, quizá sin volver a visitar mi tierra. Luego esta misma idea pierde fuelle, porque los acordeones son así. Y tengo que volver a llamarme en alto para salir del bucle catastrófico del pensamiento. Eh, Ricardo. ¿Estás aquí? Sí, estoy, me contesto. Y vuelvo al presente.

Y así acontecen los días de este verano que pica la piel, y me quejo, como todos, del calor. Y en octubre me quejaré de la lluvia, y en enero del frío, de la nieve quizá. Y, si estoy vivo para entonces, habré dicho mi nombre en alto tantas veces, que no sé si significará algo. ¿Y si en vez de quejarme agradezco el calor, la lluvia y la nieve?

Ya verá mi terapeuta, cuando vuelva de sus vacaciones.

Ricardo Mena Rosado
Actor, escritor y pedagogo teatral mexicano residente en España. Licenciado en Arte Dramático con Especialidad en Interpretación Textual por la ESAD Sevilla (España) y Licenciado en Educación Secundaria con Especialidad en Inglés por la ENSY de Mérida (México). Su carrera como actor de cine y televisión comienza con las producciones de Diffferent Entertainment, bajo la dirección de David Sainz: Malviviendo, Flaman y el largometraje Obra 67. Como actor teatral, ha participado en Festival Temporada Alta (Girona), Festival Terrassa Noves Tendències (Terrassa), Festival Delle Colline Torinesi (Torino), Festival Grec (Barcelona), Unifestival y Emergentes (Sevilla). Teatro escrito y dirigido por él como Czech dream, La planta bastarda, Macario. Muerto de hambre, El comportamiento de los tejidos y Acullá. Más allá de aquí se estrena en espacios intervenidos que generan interacción con el público. También, escribe y dirige Los bastardos de Matria Llorona (Premio Ubú a Mejor Texto Dramático 2011, Sevilla) y Monstruo (Ciclo Estrénate, Universidad de Sevilla 2013). Coescribe Porn is on con Marina Rodríguez, y es dramaturgista y ayudante de dirección de Ofelia vegetariana (La Turba Teatro) y Romeo o Julieta dormida (Teatro en el Mar). Bajo el sello Ekkyklema Teatro diseña e imparte talleres de sensibilidad y creación teatral a diferentes colectivos en España y México. A raíz de estos talleres ha escrito y dirigido Embolsados, El comportamiento de los tejidos y Al mar le cabe cualquier monstruo.