«El oniromante de la vivienda maya; y otras casas que sueñan más de lo que deberían»

Este era un personaje que podía interpretar los sueños de las casas tradicionales vernáculas, No hablaba con las personas, hablaba con las casas; les leía sus memorias, sus anhelos, pesadillas y miedos. Podía saber si el bajareque soñaba con volver a ser tierra y zacate, si la pintura de la cal le molestaba con esa textura tan caliente y si el techo de huano extrañaba el paso de los ratones por las noches.

En los márgenes polvorientos del “progreso” de la península, donde los rascacielos no se atreven a mirar hacia abajo; en el mundo donde los alquileres suben más rápido que la autoestima de un espejo en un gimnasio y el concepto de “casa propia” se estudia en cursos de mitología, vivía un ser temido por agentes inmobiliarios, codiciosos y sin respeto, y por arquitectos sin título. Era un hombre, quizá un espíritu, una figura siniestra y sabia que escuchaba el lamento de las casas olvidadas; era el Oniromante. Tenía un ojo que veía el pasado estructural y otro que olfateaba la desesperación de la vivienda y el inquilino promedio.

Nadie sabía de dónde había venido. Algunos decían que había nacido en un sótano húmedo con moho del siglo XV. Otros, que surgió tras una ceremonia maya en un gran solar y sin permiso municipal. Lo que sí sabían todos era que, si existía algo oculto en una vivienda, él lo sabría.

No trabajaba con planos, ni hablaba con arquitectos de esos temas, ya que lo consideraban un “loco”. Él escuchaba los sueños de las casas de bajareque, piedra y madera, de las chozas de huano y palma, de las arquerías de madera que resisten los siglos y la “modernización urbana”, de las casas de piedra de la arquitectura colonial que lloran cal en cada lluvia.

Aquella semana acudió en lunes a ver a Lucía, una joven profesional que tenía dos gatos y un bonsái emocionalmente inestable, y que había encontrado un anuncio en Internet: «Departamento ideal para mascotas pequeñas o medianas, o discretas, o sin ruidos, ni pelos… ni existencia».

—¿Y el depósito? —preguntó Lucía.
—Sólo tres meses adelantados, uno de garantía y otro para proteger la armonía cósmica inmobiliaria del aura del consorcio, dijo el agente sonriendo con una mueca torcida.

Y, en ese instante, el aire se volvió denso. Una sombra cubrió el cuarto.

Apareció él, con botas de albañil encantadas y un medidor de humedad que pitaba al ritmo de la verdad, como un medidor Geiger buscando falsedades yucatecas.

—¡Este lugar fue construido sobre las ruinas de una cancha de juego de pelota y la tristeza aún habita las paredes! —dijo él.

Levantó un mosaico con una sola uña. Debajo existía un agujero con un contrato de 1998 aún vigente. Y, con voz ronca que resonó en todo el edificio, dijo:

—¡Aquí dice que el depósito jamás fue devuelto! ¡El último inquilino aún escribe mails de reclamo desde el más allá!

Lucía huyó con sus gatos. El bonsái floreció del susto.

Para el martes el Oniromante visitó a Marcos, un influencer de finanzas sin cartera real, que quería mudarse a un “monoambiente con posibilidad de subdividir” (una caja de zapatos con paredes pintadas de esperanza).

—Mire qué luminoso, sonrió la agente que le mostraba el departamento a Marcos, mientras abría una ventana que daba a un muro sin acabados.

En ese nomento, la cafetera vibró casi levitando. La tostadora habló en arameo. Y por el microondas salió humo blanco, pero no de comida.

—¿Eso es normal? —preguntó Marcos.
—No —dijo el Oniromante, saliendo de la ducha con una toalla en la cabeza—, este departamento está construido sobre líneas de energía caótica, las mismas que usaron para justificar los aumentos semestrales del alquiler.

Miró a Marcos con lástima.

—La única división que vas a lograr aquí es la de tus ingresos —le dijo.

El miércoles se explayó con una pareja de recién casados que encontró una hermosa casa estilo colonial, con patio central, arquería y corredores y vecinos que saludaban demasiado.

—Es una comunidad unida —dijo el vendedor.
—Es una secta inmobiliaria —corrigió el Oniromante, bajando del tejado sobre los arcos. Los vecinos se reúnen todos los jueves a discutir sobre aumentos de incongruencias arquitectónicas como el cobro por uso del color del buzón o si abres o cierras ventanas. Y el que discrepa, desaparece.

Les mostró un bote de pintura roja y una pala.

—Esto no es decoración. Esto es advertencia.

Los recién casados se retiraron lentamente. Tomados de la mano. Y de la paranoia.

Para el jueves estuvo en el área que más le gustaba indagar: un funcionario burócrata municipal, entusiasta de la demolición, quiso reemplazar una antigua casa de bajareque por un estacionamiento “sustentable”. Llamó al Oniromante como quien llama a una decoradora excéntrica. —Sólo quiero saber si vale la pena conservar algo.

El Oniromante se inclinó. Puso su oído sobre la pared y cerró los ojos. El barro susurró en dialecto ancestral.

—Esta casa aún recuerda cuando la construyeron a mano, cantando, silbando y tomando aguardiente maya. Y sueña con la lluvia del 53, que la acarició y la bañó sin derrumbarla. Usted quiere poner autos. Ella quiere sombra de la ceiba y niños jugando con su tinjoroch.

El funcionario no entendió nada. Lo echó a gritos, que lo iba a demandar, dijo. Pero esa noche el burócrata soñó con el bajareque llorando barro. Y desde entonces, no puede mirar una pared sin sentir culpa.

El viernes se tuvo que trasladar a un pueblo sin carreteras. Una familia decidió remodelar la casa heredada. Sustituyeron el techo de huano por galvatejas brillantes y pusieron mosaicos de cerámica importada sobre el piso de tierra.

La casa dejó de respirar. Literalmente. Un día, la abuela resbaló. El gallo se deprimió y las gallinas dejaron de poner. Las cucarachas se mudaron a casas más auténticas y las hormigas las siguieron.

Él llegó con su sombrero jipijapa hecho a mano y su medidor artesanal. Pidió silencio, Subió al techo, abrió puertas y ventanas. Murmuró palabras en maya.

—El techo sueña que la lluvia ya no canta ni el viento silba, sólo golpea y hiere. El piso extraña la textura y el calor de los pasos. Y lo más drástico: las paredes tienen fiebre.

La familia lloró pero intentó revertir los cambios que él les sugirió. El gallo cantó. La abuela volvió a plantar albahaca, romero y menta. Y el Oniromante desapareció entre el monte susurrando algo sobre el “respeto al espíritu del kolokché”.

El sábado estuvo con un joven arquitecto viral, que diseñó una “casa inspirada en lo vernáculo”, con cinco pisos, ascensor, domótica y revestimiento de tierra y limo traído desde el río Sena. Para la inauguración había convocado al Oniromante como atracción vintage y de culto que le diera validez a su proyecto. Sobre todo, buscando likes de sus seguidores. “Una bendición ancestral para conectar con el alma de la tierra”, pulicó en Instagram.

El Oniromante miró la casa. La tocó, la escuchó y la acarició, pero le devolvió un silencio incómodo.

—Esta casa no sueña; esta casa simula. Tiene alma de maqueta de vitrina. Es barro plastificado con nostalgia de catálogo.

Los influencers aplaudieron igual. El algoritmo no distingue ironía. Esa noche, un viento extraño tiró la antena WiFi. Y al día siguiente, la fachada “auténtica” se despintó como maquillaje en carnaval.

Pero el caso más extraño le llegó en domingo, ya que no todas las casas vernáculas sueñan con árboles y cantos olvidados. Una, en particular, ubicada en un pueblo abandonado al sur de Yucatán, empezó a tener sueños raros. Soñaba con ventanales de triple vidrio hermético, con ascensores, con un “coworking en planta baja” y un “skybar sustentable” donde antes había gallinas.

Él llegó con su ritual de siempre. Puso el oído sobre el muro y esperó los susurros del pasado, pero lo que escuchó fue esto:

—Quiero amenidades, Quiero sauna seco y húmedo, Quiero jacuzzi climatizado con borde infinito. Quiero postearme en Airbnb como “refugio minimalista con vibe ancestral”.

El Oniromante retrocedió con horror. La casa había sido poseída por el sueño neoliberal del ladrillo con branding. Intentó purificarla con incienso y humo de palma de casas acenstrales, pero la casa respondió proyectando renders en sus paredes. Esa noche se fue en silencio, no dejó bendición, solo una advertencia escrita con carbón en el umbral: Cuando el barro sueña con ser mármol, el problema no es el cemento, es la necesidad sentida como deseo.

Las inmobiliarias lo odian. Los inquilinos lo veneran. Los caseros lo temen más que a un peritaje técnico. Algunos aseguran que es inmortal. Otros dicen que es simplemente un arquitecto que leyó demasiado a Kafka perdiéndose entre un expresionismo y un surrealismo mágico que le hizo perder el miedo a los planos chambones. Dicen que aprendió de bioconstrucción y ecodesarrollo con los mismos artesanos.

Sólo se sabe que, si estás por firmar un contrato con una cláusula sospechosa o quieren demoler alguna vivienda vernácula o de piedra, él vendrá. Tal vez no puedas verlo, tal vez sólo escuches su risa sarcástica y de miedo, mezclada con el sonido de una cafetera oxidada y chifladora.

Pero estará ahí el Oniromante. El único que puede ver lo invisible: la estafa inmobiliaria oculta bajo la destrucción de la vivienda vernácula. No es enemigo del progreso. Sólo enemigo del olvido.

Y si algún día construyes algo, y en la noche escuchas a los ladrillos susurrar, o al piso quejarse en dialecto de abuela maya, te aseguro que no estás loco, sólo estás ignorando el sueño de tu casa.

Arquitecto y Maestría en Arquitectura por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Yucatán. 2004 y 2010 Profesor de la Facultad de Arquitectura de la UADY de 2011 al 2017, de la Universidad Vizcaya de las América, del Centro Universitario de Valladolid (CUV) y la Universidad de Yucatán (UNY). Arquitecto responsable de los proyectos de Restauración de catorce edificios religiosos patrimoniales en el Estado de México derrumbados por el sismo de 2017. Asesor en dos proyectos sociales de vivienda en comunidades rurales sobre autoconstrucción asistida (en PLANCHAC 2015 Vivienda Popular como unidad doméstica sustentable; Medio ambiente y cultura) y Construcción de vivienda vernácula (en Tahdziú 2005). Y como Investigador asociado en el área de Seguridad en la construcción en los conjuntos de vivienda en serie del proyecto CONAVI – CONACYT clave 236282 y clave SISTPROY UADY 2015001. (2015 – 2016) Arquitecto copartícipe en la reconstrucción de viviendas destruidas por el sismo de 2017 en localidades de Chiapas, coordinando a estudiantes de Arquitectura participantes. Docente de las asignaturas de taller de materiales, Restauración, Taller de Proyectos y Teoría e historia de la arquitectura regional, Diseño Bioclimático, Así como de diversos cursos de materiales y sistemas constructivos, Técnicas de restauración y Autoconstrucción asistida de vivienda. Actualmente investigador sobre eficiencia en el uso de materiales entre los que destacan la madera, la tierra, la piedra y otros materiales naturales, así como la realización de proyectos arquitectónicos de vivienda.