Cuento Insomnio para no volver* de Verónica García Rodríguez

Carmen despierta de nuevo a media noche. Su corazón late de prisa.

Se pone de pie y camina hacia el pequeño cuarto de baño, donde una bombilla se esfuerza en iluminar las paredes de adobe. Con la cara demacrada por el insomnio acumulado desde el velorio, tres semanas atrás, la mujer deja caer sus ropas, el agua sobre su cuerpo y el jabón. Siente el cansancio de las noches en vela.

Sin secarse del todo, con el huipil algo húmedo y con la toalla sobre sus hombros, camina y se mira en un espejo. El peine entre sus manos recorre lento la cascada de cause negro brillante que refresca su espalda. El sueño acecha. Siente el peine pesado, como los años vividos con su tía. Su tía Rosa y sus exigencias.

Necesito saber —dice con palabras que, de tan pesadas, se quedan atrapadas en los hilos de la hamaca que atraviesa la habitación—, necesito saber, Rosa, dónde los dejaste.

Poco antes de irse hacia Tijuana para probar suerte del otro lado, la madre de Carmen pasó a dejarla con Rosa. Ella sabía que su hermana estaba sola y que difícilmente se casaría, y mucho menos tendría hijos. Así que, pensó, le vendrá bien cuidar de Carmita por un tiempo.

Vamos a visitar a tía Rosa, recuerda Carmen que le dijo su madre esa mañana y la visitó como cuando iban a misa los domingos, con el vestido azul que tanto le gustaba, el que amarraba su cintura con un lazo de listón brillante, y los zapatitos negros de charol que acostumbraba a llevar también a la escuela los lunes. Viajaron dos poblados de distancia hacia una hacienda llamada San Pedro.

Carmen tendría seis años cuando se despidió de su madre y se quedó con Rosa. Ninguna de las tres sabía que no volverían a verse. Desde ese momento, la niña se convirtió para su tía en el recordatorio constante de su infertilidad y su mala fortuna con los hombres. La enseñó a lavar, a planchar y a limpiar los desperdicios de los animales del patio, todo con la intensión de forjarle carácter, según decía. Por eso, acostumbraba comer en punto de las doce del día, y si Carmita llegaba temprano de la escuela, le tocaba caldo y algunos huesos; pero si se retrasaba, Rosa quitaba los trastes servidos y guardaba la olla de comida bajo llave. Prefería arriesgarse a perder la comida que consentir a su sobrina.

Necesito saber —vuelve a decir Carmen para sí, mientras quita sus recientes cabellos enredados en el peine y los guarda, como siempre, en el pañuelo que ella misma bordó con su nombre. Los envuelve, apretaditos. No vaya a ser de malas que se escape alguno con el viento –piensa—, y no pueda recuperarlo.

Esconde el pañuelo entre el guano de la casa. A ella no le pasará lo mismo que a su tía, ella no volverá sobre sus pasos después de la muerte para buscar sus cabellos, ni molestará en los sueños a nadie para encontrarlos, por eso siempre los guarda en el mismo lugar.

Debes saber que siempre hay que limpiar el peine para desprender los cabellos que en él se enreden y guardarlos todos, porque cuando mueras tu espíritu sabrá donde volver. Nunca te peines en la calle, porque si el viento esparciera tus cabellos, tu espíritu vagará por la eternidad intentando reunirlos, le había dicho su tía en una ocasión muy seriamente. Eso fue después de que prefiriera tirar la comida a los cerdos, enojada porque a Carmen la comenzaba a acompañar de regreso de la escuela un joven, que vivía en la esquina de la cuadra. Rosa resbaló y cayó sentada en el lodo. Por más que gritó nadie fue en su ayuda. Cuando Carmen llegó, corrió a verla e intentó levantarla, pero fue inútil, el tamaño de Rosa era demasiado pesado para el cuerpecito de la chica. Entonces, optó por llevarle un vaso con agua y poner unas mantas sobre el suelo para recostarla mientras iba por ayuda.

—No se preocupe, tía, ahora regreso —le dijo.

Ese gesto y los cuidados posteriores de su sobrina parecieron ablandar el corazón de Rosa.  Fue entonces cuando la enseñó a peinarla y a peinarse, suave y con paciencia, como se peina el cabello húmedo y lacio de las mujeres.

Aun descalzo, casi húmeda, Carmen camina de un lado a otro de la casa, ve la hamaca, el techo de guano, el ropero que revisó hoy en la mañana y el baúl, ese baúl en el que está segura que tampoco encontrará nada, porque ya buscó desde la primera noche. Pero, camina hacia él, de nuevo lo abre y saca las mismas fotos antiguas, la vela de su primera comunión, las alpargatas del abuelo. Sacude nuevamente las cobijas que inundan su nariz de olor a viejo. Nada. No están ahí, como sabía desde el principio.

Carmen ya había buscado antes con la misma desesperación cuando estaba a punto de cumplir quince años y le había prohibido su tía regresar a la escuela, más no tardó mucho encontrar la cajita de madera que, en un cajón del ropero, resguardaba los cabellos que su tía Rosa había reunido. Tomó la caja y corrió con todas sus fuerzas. Rosa salió tras ella, pero ya no tenía las piernas de su juventud y menos podía correr después de aquella caída.

Cuando la joven llegó a la iglesia, se persignó frete al Santísimo y, sin pedir permiso, subió las escaleras hacia el campanario. A lo lejos, Rosa vio cómo sus cabellos se esparcieron sin rumbo desde las alturas.

Esa noche, Carmen sufrió frío y vergüenza. Su tía la despojó de sus ropas y desnuda, así como Dios la trajo al mundo, la dejó afuera de la casa toda la noche. A partir de ese momento, Rosa guardó con recelo sus cabellos y Carmen, en su corazón, un profundo dolor.

Desde la hamaca, donde ahora está sentada, Carmen mira a su alrededor, más allá de las cosas tiradas en el piso: las fotos, la vela, las alpargatas, como si las líneas del concreto tuvieran una respuesta. Y nada. Su mirada recorre las sandalias que la aguardan vacías. Atrás, un resquicio de luz entre la pared de adobe y el piso.

Suelta las viejas cobijas y a gatas se desliza sin quitar la mirada de aquella ranura de luz. Se acerca hasta tocar la pared. Puede ver ahora, con mucho trabajo, la tierra del otro lado. Con el pecho presionado contra el suelo observa cómo aquel orificio se cierra y vuelve a abrir a lo largo del perímetro de la casa. Ella sigue a rastras la secuencia hasta que, por fin, su mirada se topa con algo extraño, unas piedras que parecen guardar un agujero en la frontera periférica, entre el suelo y la pared y, debajo de las piedras, una bolsa de papel. Carmen la saca con desesperación. La aprisiona con sus dos manos y da gracias a Dios. Había encontrado los anhelados cabellos que su tía había reunido los últimos años de su vida, después de aquel lamentable episodio del campanario.

Toda la habitación parece inundarse de aire fresco mientras ella camina de vuelta a su hamaca sin soltar la preciada bolsa que guarda su libertad.

Han sido ya tres semanas de angustia desde la muerte de Rosa. Carmen sólo vino de la ciudad a cumplir con los servicios funerarios, pero se quedó porque sabía que ella volvería y eso no lo iba a permitir. Se aseguraría de que se fuera y de que la dejara en paz.

Se mece despacio con los pies sobre el suelo y la bolsa entre sus manos pensando qué hacer.

Tocan a la puerta. Es la mujer de la casa de junto. Con su cabeza cubierta por un rebozo, le da la noticia:

—Ay, vecina… ¿Qué cree usted?… Doña Carlota se nos murió anoche. Ya la velan en su casa. Al ratito, a eso del medio día, la llevan para el panteón. Le digo, pues, para acompañar a la familia y por si quiere que se le haga algún mandadito, con eso de que no tiene mucho que su tía se nos fue…

Carmen vio en esas palabras su solución. Antes del entierro, antes de que cierren el ataúd, colocará el envoltorio de papel entre las manos de la difunta.

 *Ganador del Premio Estatal de Cuento “El espíritu de las letras” 2015

Verónica García Rodríguez
Nació en Mérida, Yucatán el 3 de enero de 1978. Licenciada en Educación Secundaria con la especialidad en Español por la Escuela Normal Superior de Yucatán y Maestra en Cultura y Literatura Contemporánea de Hispanoamérica por la Universidad Modelo. Diplomada en Competencia Lectora: un Enfoque para la Vida y el Aula (Tecnológico de Monterrey, 2013); Investigación Literaria con enfoque de estudios culturales (Univ. Modelo, 2008); Periodismo, protocolo y Literatura (IECY, 2004-2005) y Literatura y Crítica Literaria (ICY-Santillana, 2002-2003). Actualmente, estudia el Doctorado en Ciencias Filosóficas en la Universidad de la Habana. Narradora, poeta y editora. Ha recibido el Premio Estatal de Cuento Corto El espíritu de las Letras (2015); el Segundo Lugar del Premio Nacional de Cuento Jesús Amaro Gamboa (2005); el Premio Estatal de Poesía Joven Jorge Lara (2005) y la beca del Programa Creadores del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Yucatán (FOECAY- 2004). Becaria en dos ocasiones del Programa de Fomento y Coinversiones Culturales del Fondo para la Cultura y las Artes en 2006 y 2016, la primera por su proyecto Palabra Viva (2005-2008) para mujeres internas, jóvenes acusados de delitos violentos y enfermos de VIH y SIDA internos en el Cereso de Mérida. La segunda, fue por el proyecto Ko’olelo’ob, migrantes del tiempo que tejió un puente de memoria a partir de la palabra entre hijas, madres y abuelas de cuatro comunidades mayas de Yucatán. Es presidenta de Zedík, A. C., miembro del Centro Yucateco de Escritores, A. C. y miembro distinguido del Colegio de Profesores de Educación Básica de Yucatán, A. C. por su labor educativa dirigida generar estrategias de fomento a la lectura con niños, como el proyecto Kanules del Mundo Maya (2012-2018) y públicos vulnerables. Titular la cápsula radiofónica A salto de página, en Grupo Rivas dentro del noticiero Arcadio en la Radio, un breve espacio dedicado al placer de la lectura (2013-2016). Ha participado como ponente y conferencista en diversos encuentros y coloquios nacionales e internacionales de escritores y de educación. Coordinadora fundadora de la Escuela de Creación Literaria del Centro Estatal de Bellas Artes y de su programa de formación (2008-2011), así como del programa Biblioteca Básica de Yucatán de la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado de Yucatán (2009-2013) y de la Unidad Editorial de la misma Secretaría de 2013 a 2018. Creadora y organizadora del Foro Regional Educación y Cultura, con el tema En los espacios que habitamos en octubre de 2014 y La filosofía y la imaginación en las lenguas originarias de América en 2016; asimismo del Coloquio Internacional de Filosofía de la Ciencia y de las Grandes Ideas en octubre de 2015 y que en su emisión del 2017 llevó el subtítulo Cosmogonías de los pueblos vivos de América; y el Seminario Internacional de Periodismo que reúne a colaboradores del periódico Por Esto!, evento que se realiza desde 2015. Directora editorial del suplemento infantil MUNDOS del periódico Por Esto! (2016-2020) donde también publica artículos periódicamente. Entre sus publicaciones se encuentran Cartas a Sofía, epistolario filosófico para niños publicado por entregas en el periódico Por Esto!, el libro digital Ko’olelo’ob, migrantes del tiempo, hijas, madres y abuelas escribiendo la memoria (FONCA, SEGEY/2017), la colección infantil interactiva Kanules del Mundo maya (SEGEY/2012-2018), el libro de cuentos Vestido rojo y sin tacones (H. Ayuntamiento de Mérida/2008) y Memorias de mujeres en prisión y otros relatos (ICY, Zedík/2006), entre otros.