Hacia una Mejor Normalidad: estrategias de salud comunitaria ante COVID-19

A principios de 2020, la pandemia de coronavirus llamado SARS-Cov-2, cuyo virus es causante de la enfermedad por todos conocidos como COVID-19, ha puesto al mundo, tanto a sus habitantes como a sus gobiernos, en pausa. En México se registra el primer caso de contagio por este virus un 28 de febrero y desde entonces, el número de personas detectadas con el nuevo coronavirus fueron en aumento. Se instauran protocolos y disposiciones para tratar de contener la propagación de la enfermedad en todo el país mediante la Jornada Nacional de Sana Distancia implementada por el Gobierno de México. Actividades educativas, recreativas, e incluso económicas se detienen como medidas esenciales de prevención ante el coronavirus. La suspensión de clases en todos los niveles educativos, al igual de diversos eventos sociales con un aforo importante de personas e incluidas las actividades laborales donde se requiera la movilidad de sus empleados, son acciones orientadas al cuidado y protección a la salud pública.

La población requiere adecuarse a una manera diferente de organización social basada en la prevención ante el virus, dada las consecuencias que conlleva el contraer la enfermedad. Mientras las instancias de salud nacional e internacional documentan el origen y desarrollo del nuevo coronavirus además de sus efectos en el ser humano, paralelamente surge entre la población una especie de incredulidad, indiferencia, hasta desesperanza o frustración; y no es para menos la presencia de tales actitudes y emociones. El resultado de esta pandemia ha trastocado la vida cotidiana de las personas al punto de generar sentimientos encontrados ante la dificultad de visitar a sus familiares o bien, por haber perdido su trabajo.

Por supuesto, la situación actual implica diversas pérdidas, sean materiales, familiares o económicas, donde la vulnerabilidad se hace presente. Al interior de los hogares se viven situaciones de estrés o ansiedad ante las nuevas exigencias para cada uno de sus miembros. Un tema central son las clases virtuales donde los niños, adolescentes y universitarios, deben incorporarse a la nueva lógica educativa. Mientras los profesores, que en la medida de los posible se apoyan de diversas plataformas para impartir sus clases, además de proporcionar materiales para que los alumnos trabajen en casa, estos últimos deben contar con equipo de cómputo y servicio de internet para participar de esta modalidad a distancia. A esto debe sumársele la falta de preparación en materia tecnológica y de acceso a internet por las condiciones de precariedad y segregación en las que se encuentran en buena medida las familias mexicanas.

Otra situación ocurre con los ingresos familiares que, ante los despidos ocurridos en la marco de la pandemia de coronavirus, deben hacerse de otras estrategias para adquirir productos esenciales de alimentación e higiene personal. Ahí es donde se agudiza la situación ante la decisión de adquirir provisiones de primera necesidad o contratar el servicio de internet para las clases en línea, por ejemplo. Esto coloca en un predicamento lo prioritario, ya sea la alimentación de la familia o la formación educativa de los hijos. Cualquier que esto sea, produce estrés, ansiedad y otra serie de malestares que afectan a los padres y por ende, a los hijos. Situaciones de este tipo influyen en la organización y las relaciones interpersonales entre los familiares por la premura de atender y resolver las necesidades básicas de sus miembros.

Esta discusión se relaciona con la economía y los empleos donde el cierre temporal de negocios ha resultado en el “descanso” obligatorio de sus trabajadores sin goce de sueldo o incluso el despido inmediato. Del otro lado de la moneda, algunas empresas, con tal de seguir sus operaciones, obligan a sus empleados a continuar laborando, pero sin las disposiciones de higiene requeridas, lo que conlleva en paros laborales y huelgas en busca de justicia y de atención a la salud. La precariedad llega en los trabajadores informales quienes dependen de sus ganancias obtenidas en el día así como de aquellas personas que se dedican al trabajo doméstico donde casi siempre son explotados, sin seguro social y a expensas de las necesidades de sus patrones. Son trabajadores que padecen una franca discriminación.

Y así, podría mencionarse una serie de casos y grupos matizados por una clara vulnerabilidad ante la pandemia de coronavirus. Situaciones de violencia contra las mujeres como la que ocurre al interior de los hogares, los feminicidios que continúan y se agudizan pese a la contingencia sanitaria, la población de la tercera edad como grupo de riesgo ante el virus, las personas con VIH cuyo sistema inmunológico se ve comprometido, la población migrante que se encuentra en tránsito hacia su lugar de destino, la comunidad transexual ante la falta de acceso a servicios públicos, la violencia estructural que vive la población de las zonas marginales o de la periferia en diversas ciudades, son algunos ejemplos de múltiples discriminaciones.

Al parecer, es más fácil eludir el tema si poco interesa conocer de cada uno de ellos y sus circunstancias de vida. Por ello se precisa de un cambio, una nueva forma de ver y relacionarse con el otro. Pero, ¿cómo superar la indiferencia y los prejuicios experimentados ante estas personas o grupos? ¿Qué estrategia requiere implementarse para promover la solidaridad entre los individuos? ¿Cómo contribuir al desarrollo psicosocial, cultural, ecológico, económico y/o político de todas las personas con quienes se convive e interactúa? Las interrogantes aquí lanzadas pueden resolverse de alguna manera basada en el sentido de comunidad, ese acompañamiento, compromiso y ayuda colectiva en donde todos los participantes resulten beneficiados. Se trata de la apuesta por una estrategia basada en salud comunitaria.

Esta Mejor Normalidad consiste en un retorno a la vida cotidiana distinta a la normalidad de antes e implica un giro donde el ponerse en el lugar del otro permita generar el sentido de comunidad y una resiliencia de carácter social…

Por salud comunidad se entiende a la capacidad de construir colectivamente la salud en el espacio social donde se insertan las personas, mediante la participación activa y de toma de decisiones ante las circunstancias que les aquejan, de ahí la importancia de la dimensión social, cultural, ecológica, histórica y política que caracterizan su contexto. Por supuesto, cuando se refiere al tópico de salud no solo se reduce al malestar físico o enfermedad, también implica el respecto, la equidad, la diversidad sociocultural, la solidaridad y autonomía de las personas para promover las condiciones esenciales de vida donde la salud y el respeto por el medio ambiente sean viables. Esto implica relaciones saludables al interior de las familias, con los vecinos, la naturaleza y la comunidad a la que se pertenece, así como el apoyo mutuo para alcanzar los niveles de salud integral requeridos para un buen vivir.

Bajo esta lógica, la Nueva Normalidad por la que se transita y busca alcanzarse ante la pandemia COVID-19, será posible si se implementa bajo una Mejor Normalidad. Esta Mejor Normalidad consiste en un retorno a la vida cotidiana distinta a la normalidad de antes e implica un giro donde el ponerse en el lugar del otro permita generar el sentido de comunidad y una resiliencia de carácter social donde sea posible superar la adversidad con esquemas saludables colaborativos. ¿Cómo lograr esto? En primera, atendiendo a la vulnerabilidad que se viven en todos los sectores, sean niños, adolescentes y jóvenes; mujeres; adultos mayores; personas con diabetes, hipertensión o VIH; los migrantes; los indígenas; las personas privadas de su libertad (PPL) y aquellas en situación de calle, entre otros, cuya discriminación y segregación social requieren eliminarse para una verdadera justicia social.

Esta Mejor Normalidad consiste en un retorno a la vida cotidiana distinta a la normalidad de antes e implica un giro donde el ponerse en el lugar del otro permita generar el sentido de comunidad y una resiliencia de carácter social…

Una Mejor Normalidad reside en nuevas prácticas donde las personas se apoyen, se acompañen y compartan saberes. Que se genere una relación solidaria donde la creatividad permita a cada uno de los involucrados realizar su aporte para el bien común. Emplear nuestros propios recursos para ayudar a los demás, sea para apoyar a los niños en sus actividades de la escuela, contribuir en las labores del hogar, realizar las compras de víveres de los adultos mayores dado que son una población en riesgo, colaborar con despensas a los centros de atención a migrantes, y también que exista un cuidado genuino con la naturaleza, el agua y los demás seres vivos, porque es parte de la corresponsabilidad al estar en el mundo. Es nuestra tarea principal, en la medida de lo posible, si se cuenta con las condiciones para llevarlo a cabo.

Atañe a una reelaboración tanto individual como comunitaria, y esto va desde la población local hasta aquellos que detentan el poder, quienes pueden modificar el curso del país. Mientras exista la concentración de capital de unos cuantos y los amplios círculos de pobreza y marginación de una buena mayoría, la pandemia de COVID-19 solo será un primer efecto de lo que podría ocurrir en un futuro si hacemos caso omiso para modificar ese cariz de indiferencia, egoísmo y desinterés por las otras personas y el medio ambiente. La comunidad es la gestora en el logro de la prevención, así como la promoción de la salud y la vida. En esta Mejor Normalidad, corresponde un esfuerzo por alcanzarlo pues solo así sabremos estar preparados para lo que nos aguarda.

Pedro Antonio Be Ramírez
Doctor en Antropología por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Maestro en Antropólogo Social por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), y Licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY). Profesor-investigador de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Sus líneas de investigación versan sobre migración, procesos socioculturales, vulnerabilidad, y formación en investigación, enmarcados desde la antropología y la psicología social comunitaria. Actualmente es Candidato al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y cuenta con Perfil Deseable del Programa para el Desarrollo Profesional Docente, para el Tipo Superior (PRODEP). Responsable del Programa “Universidad Saludable: Educación para la Salud (USES)” en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), campus Mexicali, orientado al cuidado de la salud integral y del medio ambiente. Docente en cursos de psicología social y comunitaria, metodología de la investigación, migración interna e internacional, así como en proyectos de intervención psicológica y psicosocial comunitaria. Cuenta con publicaciones sobre procesos migratorios, estudios etnográficos, turismo, identidad, ética y formación disciplinar en psicología, entre otros tópicos. Responsable técnico y asociado en proyectos de investigación sobre procesos migratorios, diagnóstico social en entornos de vulnerabilidad, ética en psicología comunitaria, educación integral de la sexual y contextos socioeducativos.