La crisis de la salud mental en medio de la pandemia SARS-COV 2

El brote de la nueva enfermedad por coronavirus (COVID-19) causó una gran preocupación mundial por la salud pública, las conversaciones en todo el mundo se volcaron a los temas de la protección, el contagio, los tratamientos para los enfermos y por supuesto la vacuna. En el mismo sentido, el tema de la salud mental emergió como resultado del efecto de esta crisis en el malestar psicológico de la población, la angustia como respuesta humana a esta amenaza se incrementó sustancialmente; sin embargo, el impacto en la salud mental mundial durante esta pandemia no se registra ni se mide; el pasado mes de marzo Torales, J (2010) alertó sobre la urgente necesidad de manejar los problemas relacionados con la salud mental durante la pandemia del COVID-19.

A pesar de las condiciones actuales, ya de por sí delicadas, no hay que dejar pasar que la crisis de salud mental estaba señalada desde antes de la pandemia, la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el 2013 dio a conocer que los trastornos mentales estaban en aumento en todo el mundo, entre el 1990 y 2013 el número de personas con depresión o ansiedad incrementaron un 50%, en ese entonces se dijo que cerca del 10% de la población mundial estaba afectada, y los trastornos mentales sumaban una carga del 30% de enfermedad no mortal, evidenciando las consecuencias en la funcionalidad y limitaciones de las personas que sufren los trastornos mentales, pero alertando sobre la necesidad de ampliar las opciones terapéuticas para esta población vulnerable. En el 2016, se señaló que el costo de inversión en el tratamiento de la depresión y la ansiedad le cuestan a la economía mundial $1 billón de dólares al año. En el Plan de Acción de Salud Mental 2013-2020 se evidenció que entre el 76% y 85% de las personas con trastornos mentales graves no están recibiendo tratamiento, agravándose la situación por la escasa calidad de atención de los sistemas de salud en los países de ingresos bajos y medios como México.

Bajo esta base, era de esperarse que con el brote epidémico del SARS-COV 2 el impacto a la salud mental era inevitable. El distanciamiento social y el aislamiento establecidas como estrategia para que la población enfrente la pandemia, conlleva a respuestas psicológicas parecidas a los ataques terroristas, si bien, es un factor protector, existe evidencia de un aumento de la angustia mental durante estos eventos. Primero, las respuestas emocionales incluyen miedo e incertidumbre extremos, y los comportamientos sociales negativos a menudo serán impulsados por el miedo y las percepciones distorsionadas del riesgo. En segundo lugar, los esfuerzos deben dirigirse a poblaciones vulnerables, como (1) pacientes infectados y enfermos, sus familias y colegas, (2) individuos y sus relaciones con la comunidad, (3) individuos con afecciones médicas preexistentes tanto físicas como mentales, (4) equipos de atención a la salud, especialmente enfermeras y médicos que trabajan directamente con personas enfermas o en cuarentena. El grado de estrés psicológico que los profesionales de la salud y otros pueden enfrentar y los riesgos de las poblaciones vulnerables deben considerarse en la toma de decisiones de la crisis pandémica   

¿Qué condiciona el incremento del riesgo? Existe evidencia que en tiempo de recesión económica incrementan las tasas de suicidio en una asociación positiva, es decir, a mayor pérdida económico mayores serán las tasas de suicidio…

Un aspecto importante a tomar en cuenta durante la crisis el COVID-19, es que los síntomas psicopatológicos sobre una enfermedad crónica dolorosa o cuando se produce el aislamiento social indeseado, incrementan la tensión emocional, por situaciones de conflictividad familiar, la pérdida de empleo, situación económica desfavorable, los problemas amorosos, fallecimiento de familiares cercanos, siendo éstas predictivas para las tendencias impulsivas y agresivas con pocas respuestas de afrontamiento (Blasco, Baca, Dervic, Pérez, Saiz, Saiz, Oquendo y De León, 2009). La pandemia del COVID-19, se presenta como una catástrofe mundial, sin embargo, aunque mantener a la población informada, puede tener efectos psicológicos beneficiosos para la salud mental, no es suficiente para ayudar a la población a enfrentar: 1) desde la vulnerabilidad que la población venía presentando antes de la pandemia, hasta los efectos del Covid-19 como fenómeno de salud. 2) desde la noticia del contagio, hasta el desarrollo de la enfermedad, 3) desde la gravedad de la enfermedad y para algunos la posibilidad de la pérdida de la vida, 4) desde el inminente dolor psicológico por la o las pérdidas de seres queridos que no podrán ser acompañados por sus deudos para la despedida, con los rituales tradicionales propios de la cultura a la que pertenecen, hasta el enfrentamiento inminente del duelo. La tecnología digital en salud y educación son una herramienta poderosa para la creación de medios preventivos e información en salud mental, que, si bien las organizaciones internacionales ya utilizan, así como el gobierno mexicano, las poblaciones que viven marginadas y en situación de pobreza económica seguirán teniendo el problema de acceso a la información y los servicios.

Integrando lo antes expuesto, la suma de la crisis en salud mental, particularmente de la depresión y del riesgo suicida antes de la pandemia, y del efecto de las intervenciones del distanciamiento social y aislamiento inminente, condiciona un potencial efecto adverso sobre el riesgo de suicidio en particular, e incremento en otras afectaciones mentales como la depresión, la ansiedad, estrés y estrés postraumático, en este último con particular énfasis en el personal de salud de primera línea.

¿Qué condiciona el incremento del riesgo? Existe evidencia que en tiempo de recesión económica incrementan las tasas de suicidio en una asociación positiva, es decir, a mayor pérdida económico mayores serán las tasas de suicidio; otro dato importante es que el aislamiento y el distanciamiento social, tiene como efecto psicológico la soledad, y ésta tiene un efecto negativo en la salud mental, dado que incrementan significativamente el riesgo de mortalidad prematura, particularmente en adultos mayores, lo cual no significa que sea menos importante en otros grupos de edad. Contar con antecedentes de trastornos mentales o padecer alguno de ellos tiene un efecto negativo en pacientes que están en recuperación por covid-19, un estudio reveló que el 56% de los pacientes COVID-19 presentaron algún tipo de trastorno, siendo las mujeres las que más sufrían de ansiedad y depresión, la infección por COVID-19 conduce a una peor depresión, y por ende al incremento del riesgo suicida en estos pacientes, por lo que se recomienda evaluar la psicopatología en sobrevivientes al COVID-19.

La expresión “trastorno mental” se utiliza para referirse a una serie de trastornos mentales y de la conducta con alta carga de morbilidad como la depresión, el trastorno afectivo bipolar, la esquizofrenia, los trastornos de ansiedad, la demencia, los trastornos por abuso de sustancias, la discapacidad intelectual y los trastornos de conducta y del desarrollo que suelen iniciarse en la infancia y la adolescencia, incluido el autismo. Además de las anteriores, en el nivel de prevención se aborda la prevención del suicidio y las afectaciones como la epilepsia. De hecho, la expresión “grupo vulnerable” aplica para estos individuos o grupos que son vulnerables a situaciones o ambientes a los que están expuestos dada su condición. Las mejores estrategias para hacer frente ante este panorama de salud sin lugar a dudas es un enfoque integral y multisectorial, que abarque la promoción de la salud, la prevención, tratamiento, rehabilitación, atención y recuperación de los pacientes.

Ante este panorama es importante que la población atienda a algunas de las señales de alerta para generar acciones de autocuidado o cuidado de un familiar o amigo que se encuentre en alguna situación vulnerable, durante esta pandemia, si fuera un caso sospecho o contagiado por COVID-19, además puede presentar lo siguiente: 1) experimentar temor a las consecuencias graves de la enfermedad y al contagio, 2) soledad, negación, ansiedad, depresión, insomnio y desesperación, 3) en algunos casos también se presenta riesgo de agresión y suicidio, 4) los casos aislados y sospechosos pueden sufrir ansiedad e incertidumbre sobre su estado de salud y desarrollar síntomas obsesivo-compulsivos, tanto en sus controles de temperatura y esterilización, 5) la estricta vigilancia de la autoridad sanitaria en los estudios de contacto a nivel social pueden causar rechazo, pérdida económica, discriminación y estigmatización; 6) la falta de conocimiento sobre el SARS COV 2 y de la enfermedad del COVID-19, puede generar ansiedad o miedo en lugares públicos, 7) la población puede experimentar aburrimiento, decepción e irritabilidad bajo las medidas de aislamiento. En particular los profesionales de primera línea, pueden sufrir de sobrecarga laboral y burnout, aislamiento y discriminación y, por lo tanto, agotamiento físico, miedo, alteraciones emocionales y problemas para dormir, así como síntomas depresivos, ansiedad y alteraciones del sueño.

En conclusión, es sumamente importante que la población tenga en cuenta que ante el virus SARS COV 2 las medidas de protección como lavarse las manos, usar el cubre bocas y mantener la sana distancia son necesarias, sin embargo, es indispensable tener presente los síntomas señalados en este artículo y en caso de presentar alguno de éstos por más de 15 días debe acudir con profesionales de la salud mental como psicólogos o psiquiatras y consultar las páginas web oficiales de los servicios de atención psicológica gratuita a distancia, disponibles en la plataformas de salud tanto a nivel federal, estatal o municipal; los efectos psicológicos de la pandemia del SARS COV 2 si bien son propios de una pandemia en general, estos efectos están agravados por la situación de la salud mental ya de por sí emergente desde antes de la pandemia.

Referencias

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  • En México: línea de la vida 8009112000
Lourdes Pinto Loría
María de Lourdes Pinto Loría es Profesora titular de tiempo completo de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY). Su formación en psicología fue en la UADY, de ahí también obtuvo la Especialidad en estadística por la Facultad de Matemáticas. Es diplomada en diseño curricular basado en competencias por el Instituto Tecnológico de Monterrey y por la Universidad de Cambridge; también es diplomada en Evaluación neuropsicológica de niños y adolescentes y en el manejo del Enfoque de Habilidades para la vida OMS/OPS. Es profesora titular en la maestría en Psicología Aplicada de la Facultad de Psicología de la UADY. Ha desarrollado proyectos de investigación en temas de prevención del suicidio, educación para la vida y competencias para la vida. Sus últimas publicaciones en revistas nacionales e internacionales versan en temas de riesgos psicosociales, educación emocional y habilidades sociales y emocionales y dependencia al celular. Obtuvo el grado de Doctora en Psicología por la Universidad de Colima con la tesis: Hacia una psicología decolonializante: un estudio sobre identidad juvenil maya. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) nivel de candidata.