Los saberes para la vida. Cultura alimentaria saludable y sostenible

En tan solo el siglo pasado, se articularon diversas intervenciones que desde la política alimentaria ─y, más recientemente, cultural─ continúan desmembrando procesos sistémicos que garantizaban el buen funcionamiento del cuerpo y de los ecosistemas.

Lourdes Cabrera Ruiz

Se dice con orgullo que estamos en la Prehistoria de la Edad Digital, pero ¿qué necesitamos reconsiderar de la Edad de Piedra? En las postrimerías, los humanos descubrimos los modos de asegurar nuestro alimento: si anteriormente se colectaba al paso lo que hubiera de fruta y cereal silvestre y se tenía que perseguir para ser cazado algún animal de la manada, con la observación de todos aquellos procesos, alcanzamos un incipiente cultivo de la tierra y la domesticación de los primeros animales. Unos 12 mil años nos separan de estos nada despreciables quehaceres de cultivo, de los cuales se deriva el término «cultura». En la producción de alimentos, los denominados pueblos originarios conservan algunas herramientas, técnicas e insumos que han demostrado su utilidad, han garantizado su inocuidad y, lo más importante, han brindado los medios para una vida saludable y sostenible de manera legítima, por todo lo cual prevalecen.

Me interesa mostrar brevemente cómo algunas decisiones económicas en la Edad Moderna y Contemporánea relegaron y pretendieron negar el valor de tales conocimientos y prácticas, y cómo se están recuperando. En tan solo el siglo pasado, se articularon diversas intervenciones que desde la política alimentaria ─y, más recientemente, cultural─ continúan desmembrando procesos sistémicos que garantizaban el buen funcionamiento del cuerpo y de los ecosistemas.

La primera tuvo que ver con el fomento de un modelo de producción industrializado, mediante el que se introdujeron insumos sintéticos a la agricultura. Sin considerar el nocivo impacto de estas decisiones, en los años 60 se masificó su uso para el monocultivo en grandes extensiones y, tanto los argumentos como los procesos educativos que perpetuaron estas prácticas, nos quisieron convencer de que la denominada “Revolución Verde” aumentaría la producción y garantizaría comida para el mundo. Pero ahora, gracias al engaño de esta política económica, los mexicanos no solamente importamos gran parte del maíz que consumimos, sino que tenemos un innecesario e injusto problema: suelos y fuentes de agua contaminados, cuando la revisión histórica demuestra que no hace falta emplear químicos como el glifosato y que el problema del hambre es asunto de distribución y acceso a los alimentos.

La segunda intervención se apoya en la cultura de la imagen: tanto los modos de producción como los hábitos de consumo dieron importancia al ahorro de tiempo en detrimento de la calidad de vida; a través del cine americano y otros medios, se promovió, de forma naturalizada, la facilidad con que un producto llega procesado a nuestra mesa, hecho que llevaba impreso el sello de estatus social, sin mencionar ─por supuesto─ información sobre pesticidas, herbicidas, conservadores, sabores artificiales, azúcares ni de la basura que generaron sus empaques. Cabe mencionar que en esta cultura de la imagen, los pueblos originarios brillaron por su ausencia o, peor, fueron representados como indeseables en el margen de las urbes y, si acaso, como proveedores invisibles o exotizados de un delicioso manjar, cuyo proceso de elaboración fue desvalorado.

Una tercera tuvo que ver con incentivar la propiedad privada, con lo cual se estimuló el interés por lo propio en detrimento de lo colectivo. Antes de la reforma legal de 1992, los sistemas de organización ejidal y comunal no habían tenido necesidad de evidenciar su función de preservar la tierra en condiciones de equilibrio, mediante prácticas basadas en saberes ancestrales, por ejemplo, el cultivo de la milpa. Sin romantizar estas formas de relación y manejo de recursos naturales, sin más intención que advertir las huellas de un proceso inteligente, cabe, en cambio, detenerse un poco en las noticias que hablan de luchas encarnizadas en defensa del territorio indígena, donde predominan asesinatos de líderes campesinos, activistas y ambientalistas, contra excepcionales casos que se han ganado en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Se han creado redes de apoyo y documentales que evidencian las causas de cada vez más numerosos ecocidios y situaciones de impunidad por parte de grandes consorcios en eventos irreversibles para la vida en el planeta.

Existen otras formas ─que no puedo admitir involuntarias─ de arremeter contra la salud integral y el bienestar de los pueblos originarios. Por ejemplo, cuando se habla de patrimonio cultural inmaterial, se piensa en función de preservar la gastronomía, pero aun cuando se sabe que el alimento que ha llegado a la mesa no puede ser desligado de los procesos que lo han precedido, se incentiva únicamente el platillo ─un objeto de consumo─, enfocado al sector turístico. La organización, que pretende alentar a las comunidades a promover y revitalizar un segmento de su patrimonio, soslaya que la participación de la colectividad se ha perpetuado en torno a otros elementos bio-culturales y que no está motivada únicamente por intereses económicos. Cuando simbólicamente se construye el potencial para que los platillos sean demandados, las personas, los materiales, los procesos, los tiempos y los significados, es decir, el componente bio-cultural, estaría en riesgo de perder importancia, en detrimento del patrimonio íntegro de los pueblos, de los ciclos naturales de cultivo y del ecosistema en general. Algunos expertos han cuestionado que esta clase de concesiones sea sostenible. Lo interesante es que decisiones como estas abren el camino a la observación crítica y estimulan la búsqueda, legalización y cumplimiento de opciones asertivas.

Gran parte de esta forma de entender y actuar, preservando los recursos de la naturaleza, está registrada en los relatos de la tradición oral que hablan de las prácticas de siembra, pesca, caza y producción animal,

Lourdes Cabrera Ruiz

En el preámbulo de un siglo digital, la humanidad requiere asegurar ─tal como en el Neolítico─ alimento y espacio de cultivo que sean suficientes y saludables. Y mientras cada vez más grupos humanos reflexionamos sobre qué mundo hemos destruido y cómo podemos contribuir a desacelerar el inminente impacto de nuestra huella, un creciente sector juvenil vuelca la mirada a los saberes y relatos de los ancianos; al reconocimiento de los diversos procesos vinculados a la agricultura orgánica ─el esfuerzo que implica prever, cuidar, integrar, esperar y coordinar para tener comida en la mesa─, a las cada vez más accesibles herramientas tecnológicas que divulgan recursos de autocuidado y medicina complementaria y alternativa.

Banco de Desarrollo de América Latina

El problema del hambre es, en gran medida, un asunto de violencia sistémica de tipo económico, con impacto directo en la salud y que merece un espacio aparte. Pese a esta grave situación, un sector entre las generaciones de hoy amplía las posibilidades de reconocer otras relaciones con los recursos naturales y crear otras formas de existir. Para este sector, lo que importa no es alimentarse para sobrevivir, sino el qué se come y de qué manera, porque tiene la capacidad de agencia y sus condiciones hacen posible el ejercicio consciente. En este sentido, en algunos centros educativos, la niñez ha puesto en marcha proyectos asesorados por investigadores, que han revolucionado al interior de sus familias, mediante la creación consciente de nuevos hábitos de consumo y autocuidado: es una realidad que emergen ejercicios de comunalización que buscan revertir el colapso de ecosistemas, se intenta consumir menos y reusar más, se entrena la capacidad para sostener comportamientos saludables preventivos, se trabaja con indicadores bioculturales en proyectos de gestión ambiental que no están centrados en explotación o rendimiento, se establecen normas formales e informales de buenas prácticas, y surgen formas de vinculación entre niños de diversos países que comparten experiencias y resultados en favor de sí mismos, de su familia y del planeta.

Gran parte de esta forma de entender y actuar, preservando los recursos de la naturaleza, está registrada en los relatos de la tradición oral que hablan de las prácticas de siembra, pesca, caza y producción animal, al igual que seres espirituales guardianes de dichos recursos, quienes procuran el equilibrio, pues por la manera en que finalizan dichos relatos, existe plena consciencia de la necesidad de conservar aquello que no tiene precio. Ahora, más que nunca, el patrimonio de los pueblos originarios nos confronta e invita a asumir la responsabilidad con nosotros mismos y con el entorno.

Lourdes Cabrera Ruiz
Lourdes Cabrera Ruiz es Presidente de Club Cultiva Mente, A.C., miembro fundador de la Red Literaria del Sureste México-Nuestra América, docente, coordinadora de talleres literarios en contextos educativos, sociales y culturales. Contacto: ccultivamente@gmail.com