Poe, la Covid-19 y la Casa Blanca

Cuando Donald Trump “twiteó” el 2 de octubre que él y Melania enfermaron de Covid-19 y el jueves 8, 34 funcionarios de la Casa Blanca la contrajeron, se me antojó que esta saga remedó el cuento “La máscara de la muerte roja” que Edgar Allan Poe publicó en 1842.

Durante una plaga que aniquila fulminante y horriblemente a sus súbditos, el príncipe Próspero se encierra en el palacio con su corte para salvaguardarse de la pandemia hasta que desaparezca. Tras meses de sentirse a salvo, organiza un baile de disfraces en siete salones decorados con colores que rememoran las fases en la vida de los seres humanos. El séptimo inspira un ambiente fatal por su decorado negro y los rojos vitrales que proyectan una luz sangrienta. Tiene un reloj de ébano que, al marcar cada hora, inmoviliza la orgía de los nobles. En la medianoche aparece una figura envuelta en un sudario con una máscara cadavérica semejando a quien sucumbió ante la plaga, que atraviesa los salones ante los horrorizados cortesanos. Al entrar en la última estancia, Próspero lo enfrenta y cae fulminado por la muerte roja, al igual que sus invitados. La plaga invadió irremediablemente el palacio. 

Pareciera que la Covid-19, como la Muerte Roja, penetró en la mansión cercana al Potomac y llegó a la Oficina Oval para aniquilar las aspiraciones del Presidente de reelegirse, un símil del final de la breve vida política del multimillonario empresario.

Entre el 2 y el 9 de octubre, los medios más importantes de EEUU golpearon duramente a Trump y a su equipo por la manera irresponsable con la que manejaron la pandemia en el país más poderoso del mundo. Resumo los contenidos de los mensajes que trasmitieron en esa semana varios de ellos. [i]

Trump se contagió tras meses en que minimizó la severidad de la enfermedad, criticó las prevenciones científicas sobre su transmisión y letalidad y, pocas horas después que insistió que “el fin de la pandemia está a la vista”, aunque más de 207 mil personas fallecieron en EEUU. 

El anuncio conmocionó a los ayudantes del presidente, quienes no reaccionaron inmediatamente ante las preguntas de cuántos funcionarios de la Casa Blanca resultaron positivos a la Covid-19.  Se especuló acerca de a cuantos miembros de su Gabinete pudo Trump infectar y si contagió a Biden durante el debate televisivo del 29 de septiembre. Varios periodistas acreditados ante la Casa Blanca resultaron positivos al virus.

La Covid-19 del mandatario amenaza sus aspiraciones a reelegirse a menos de un mes del 4 de noviembre. La Enmienda 25 de la Constitución estipula que si alguna enfermedad incapacita al Presidente para dirigir el país temporalmente, tiene que delegar su responsabilidad en el Vicepresidente, hasta que recobre su salud. Si este también se complica, el mando pasa al Presidente de la Cámara de Representantes, en la actualidad la peligrosa demócrata Nancy Pelosi. A sus 74 años, Trump está entre los contagiados con mayor riesgo de complicarse e incluso morir: en EEUU 8 de cada 10 muertes por Covid-19 son personas de 65 años y más.

La salud del Presidente constituye un asunto de seguridad nacional; ello pudo provocar que los aviones del comando nuclear despegaran después del anuncio del contagio presidencial.

Trump acomodó su enfermedad a su perenne manejo político de las relaciones públicas a su favor, en este caso con la mira en las elecciones. Por ello proyectó la imagen de un presidente enérgico que despachaba documentos desde la sala del hospital y que el domingo paseó en su auto blindado por las cercanías del centro para saludar a sus correligionarios.

Criticaron al mandatario porque recibía tratamientos sofisticados y caros a costa de los contribuyentes. Los medios nunca tuvieron acceso a los galenos que lo trataron, sino sólo llegaron al jefe del equipo médico del mandatario, quien eludió cuestiones que podrían afectar la imagen de la fortaleza con que Trump pasaba la Covid-19.

Trump pudo contagiar a sus seguidores y a sus asesores cercanos, por no usar la mascarilla en los multitudinarios mítines que celebró y que no siguieron las reglas sanitarias de guardar la distancia entre las personas. Incluso en el debate presidencial del 29 de septiembre se mofó de Biden porque portaba la máscara.

Según las encuestas, la mayoría de los ciudadanos estima que el Presidente manejó la pandemia desacertadamente, no sólo porque desconoció su peligro sino porque intentó desviar la atención del electorado hacia la violencia en las ciudades, su nominada a la Corte Suprema, los votos por correo y las relaciones de Biden con los liberales.

El 5 de octubre Trump “twiteó” que saldría del hospital antes que los galenos accedieran a ello. Recomendó: “No teman la Covid. Que no les domine sus vidas”. Alardeó que los mercados bursátiles recobraron su vigor gracias a su recuperación.

Cuando el 8 de octubre la Comisión para los debates presidenciales anunció que el debate del 15 de octubre sería virtual porque no habían declarado negativo al virus del Presidente, este dijo que no asistiría, porque “no perdería su tiempo” en una discusión de ese tipo y, además, eso beneficiaría a Biden. En la tarde de ese día, los asesores del Presidente anunciaron que él accedería a participar en un debate “persona a persona” si se postergaba para el 22 de octubre, cuando ya estaría libre del virus. Propusieron que hubiera un último encuentro el 29 de octubre.

La Comisión resolvió celebrar un último debate el 22 de octubre en la Universidad de Belmont en Nashville con ambos candidatos presentes; además, comunicarán cuáles serán los tópicos a discutir una semana antes de esa fecha.

La forma irresponsable con que Trump manejó el coronavirus retrató la conducta de su mandato: él nunca protegió a sus ciudadanos del virus y, al final, fue incapaz de protegerse a sí mismo. La última oración del cuento de Poe lo define: “Y la Oscuridad y la Putrefacción y la Muerte Roja dominaron ilimitablemente sobre todos”.

SI NO FUE VERDAD. ARDID


[i] New York Times, Washington Post, Los Angeles Times, Time Magazines, Vanity Fair, The Guardian, ABC News y Axios

Marta Núñez Sarmiento (Cuba, 1946) Es socióloga y profesora titular y consultante de la Universidad de La Habana, de donde se retiró recientemente. Investiga cómo influye el empleo femenino en las relaciones de género en Cuba, así como las relaciones Cuba-EEUU. Es Máster en Sociología (Facultad de Ciencias sociales –FLACSO-, Santiago de Chile, 1971) y Doctora en Ciencias Económicas (Academia de Ciencias de la URSS, Moscú, 1983). Fue profesora invitada en universidades de República Dominicana, Suiza, Suecia, Estados Unidos, Canadá, España y Argentina. Imparte la asignatura “Género, raza y desigualdades” a estudiantes norteamericanos matriculados en el Programa Cuba del Consorcio de estudios avanzados en el exterior (C.A.S.A.) en La Habana. Imparte conferencias sobre “Relaciones de género en Cuba” a estudiantes universitarios norteamericanos durante sus estancias en Cuba. Ha sido consultora de género para agencias de Naciones Unidas (1988-2015), para la Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional (CIDA) (2007-2009), para la Asociación de Estados del Caribe (1999) y para ONGs. Es fundadora de la Cátedra de la Mujer de la Universidad de La Habana (1991) y del Casablanca Dream Group integrado por académicas feministas de países del Sur (2007). Fue experta del Consejo de Ayuda Económica (CAME) (Moscú 1978-1983) y consejera en la Embajada de Cuba en la Federación Rusa (1993-1997). Fue profesora invitada del David Rockefeller Center for Latin American Studies de Harvard (2010). Ha publicado en libros y revistas científicas de EEUU, Cuba, Canadá y otros países. Escribió la columna “Metodología de los por qué” en Unicornio de POR ESTO! (2018-junio 2020) Publicó el libro Yo sola me represento (2011). Ostenta la Orden por el Conjunto de su Obra Científica otorgada por el Rector de la Universidad de La Habana. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Agosto de 2020