A mediados del siglo XIX, el partido republicano, representante de los intereses del naciente capital industrial de Estados Unidos, ganó la batalla militar contra el partido demócrata sureño, representante y defensor de la plantación esclavista y de la esclavitud misma. Sin embargo, las instituciones sureñas -incluyendo su sistema religioso que justificaba la esclavitud y que definía a los blancos como seres sociales superiores- no desaparecieron.

Debo confesar que, como me imagino pasa a millones de mexicanos y mexicanas, en algún punto del mes de diciembre se apodera de mi mente un estribillo que de manera irremediable y al margen de mi voluntad me lleva a cantar: “yo no olvido al año viejo, que me ha dejado cosas muy buenas. Ay, yo no olvido al año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas. Me dejó una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra, me dejo, me dejo, me dejo…”

Antes de que el año terminara quedaron claras algunas cosas, sobre todo respecto a la política del Estado. Lo primero es que, después de ver el dineral que se llevan entre aguinaldo, sueldo, bonos y prestaciones de ley, tanto el gobernador como los políticos locales, se puede asegurar que dinero hay.