Una edición curiosa

42. Filmfestival Max Ophüls Preis 2021 - digitale Fotowand. Foto: Oliver Dietze

Este año, el festival de cine alemán Max Öphuls Preis ofrecía una edición muy peculiar, marcada por el formato online. Ninguna novedad, a la vista de cómo está el panorama mundial, pero aún así muchos de nosotros nos preguntábamos: “¿Cómo será? ¿Funcionará igual de bien? ¿Todas las películas desde la pantalla del ordenador? Qué espanto…” Y aunque hoy en día los amantes del cine, entre los que me incluyo, defendamos ir a la salas de proyección como un ritual a ser admirado y respetado, he de deciros, que ver las películas y cortometrajes en pantallas pequeñas, fue al final de todo, menos extraño.

Un festival especializado en nuevos talentos, que contaba con una cartelera de casi 100 producciones provenientes de Alemania, Austria y Suiza, bajo las categorías de ficción, documental, cortometraje y mediometraje. Todos los acreditados, así como los espectadores con pases, teníamos acceso desde nuestro ordenador a todas las películas durante siete días. Creo que la mayoría de nosotros hicimos lo que hoy se ha popularizado gracias a las plataformas de streaming como “una maratón de pelis”. Es decir, ver una película tras otra, durante horas, hasta terminar con la mirada borrosa, los músculos agarrotados y la sensación de haber perdido un poco la noción de la realidad: gajes de nuestra era digital.

Algo impensable en otras ediciones, ya que poder ver una única pieza (4 sí eran cortometrajes, 2 mediometrajes) significaba ir a la taquilla del festival y rezar para que quedaran entradas mientras esperabas en la cola interminable. Después, hacías otra vez cola para entrar en la sala. Veías lo que tenías que ver, te quedabas para el coloquio y volvías a hacer cola para salir de la sala, ir a la cantina más visitada del festival, Lolas Bistro, para de nuevo hacer cola y tomarte un capuchino con un sandwich de pan negro alemán. Y era ahí, señoras y señores, en esas largas colas donde sucedía la magia, aquello que este año hemos echado más de menos: el encuentro con tus semejantes. El famoso networking. Un concepto anglosajón que para el festival no es un hecho colateral, sino más bien una intención de este encuentro. Como ellos mismos dicen en su web: “El intercambio de las nuevas generaciones con distintos sectores de la industria del cine, se encuentra en primera línea en Saarbrücken (ciudad del sur de Alemania que aloja el festival desde 1980) y se potenciará de forma activa por parte del festival gracias a su formato de fácil acceso”. Conclusión: querían tenernos en aquellas colas infinitas para que hiciéramos justamente eso, relacionarnos.

42. Filmfestival Max Ophüls Preis 2021 – Aufzeichnung Blaue Woche Foto: Oliver Dietze

Sin embargo, desde la perspectiva de haber asistido toda una semana en un festival de cine desde el salón de mi casa, he de reconocer, que eché de menos el frío y las colas. Allí era dónde recibías los mejores consejos sobre producciones que tenías que ir a ver, fiestas dónde ir, eventos que no te podías perder, saber quiénes eran los peces gordos que venían ese año y dónde estaban, qué actores o actrices habían hecho un trabajo maravilloso, algún que otro cotilleo innecesario y lógicamente los elogios al propio trabajo, característicos de quien trabaja en esta industria. Eran encuentros llenos de sinergia, con las personas que posiblemente mejor te entiendan en el mundo. Personas como tú, melancólicas, soñadoras, hambrientas por hacer cinco horas de colas al día para ver tres películas y comentarlas contigo al final de la jornada. Porque, seamos sinceros, las profesiones relacionadas con el mundo del cine, tienen un modo muy peculiar de ser gratas. Si a ello te dedicas, has de tener mucho, pero que mucho amor al arte. Y a los encuentros sociales con bebidas alcohólicas. Y de todo esto, el festival, hasta su 41 edición en 2020, estaba lleno. Este año, ya no.

Este año, aquellos que ya se conocían de ediciones anteriores hacían grupos de WhatsApp para comentar esto o aquello. Los que vivían en la misma ciudad quizás se encontraban para hacer uno de estos maratones en compañía. Los asistentes virtuales se etiquetaban mutuamente en publicaciones en Instagram, felicitándose por el trabajo hecho; daba igual si no se conocían. Posteaban y reposteaban. Lo importante era saber que estábamos ahí, que nos estábamos viendo los unos a los otros. Que de una forma rara seguíamos conectados con nuestras herramientas cibernéticas y que si en algún momento nuestras vidas profesionales llegaran a cruzarse (en persona) sabríamos que tú, desconocido hermano o hermana, pusiste tres corazoncitos bajo el póster de mi peli, en tu mural de Facebook.

Y fijaros cómo es la vida, que aunque el panorama descrito pueda parecer un tanto ridículo, he de confesaros que estaré eternamente agradecida a la organización por ofrecernos esta plataforma, sea en el formato que sea. Por conseguir que el festival tuviera lugar con la que está cayendo. Que hubiera entrevistas, coloquios, conversaciones con el público y hasta un canal de radio para escuchar las novedades sobre los acontecimientos que se iban sucediendo en la red. Una organización que puso por delante los intereses de las nuevas generaciones y qué garantizó que pudiésemos tener nuestro espacio, respetado y cuidado, aunque fuera online.

Marina Rodríguez Llorente
Nació en Terrassa, España, en 1985. Se licencia en arte dramático en 2010 en el Institut del Teatre de Barcelona y se traslada a Berlín donde trabaja con grupos como Familie Flöz, TheaterAmTisch o Anderplatz Kollektiv. Su última producción es una performance entre el documental social y testimonio personal, Porn Is On, indaga en el mundo de la pornografía en internet, y se convierte en uno de los espectáculos más visitados del festival Temporada Alta en 2019. Paralelamente, trabaja en varios proyectos audiovisuales que le llevan a trabajar con directores como Athanasios Karanikolas y Edward Berger. Su amor por el cine y el teatro surgen en la niñez, convirtiéndola en una ferviente espectadora.