Cuento Beatriz Graf

En un espacio diminuto

I

Aviso:

Clases de Baile Fino de Salón

¡Qué padre!

Todos los días, en el camino recorrido entre la casa y su estudio, Marina tenía que parar en ese semáforo. Era larga la espera. Algunos muchachos repartían volantes impresos: Clases de Baile Fino de Salón. La primera vez que Marina recibió este aviso sonrió: sería una buena idea asistir a esas clases, pero dejó el anuncio en el tablero y atravesó la avenida. Durante tres días seguidos recibió el mismo aviso y las tres veces repitió sería buena idea.

            Fue Amapola quien la entusiasmó hasta sus últimas consecuencias. Iba a ver a Marina para que le prestara un pincel de una medida especial y mientras cruzaba la Plaza y observaba el trasero de la estatua del David, alguien, no supo quién, le dio el volante: Baile Fino de Salón. Tenemos que ir, es importantísimo, fíjate: dicen que hay límite de cupo, qué tal si nos quedamos fuera nada más por indecisas, yo iría sola, pero, qué tal si me acompañas, fíjate: dicen que te garantizan que aprendes. ¿Vamos? ¿Verdad que sí?, sé buenita. Marina se atrevió, Órale pues, sí, vamos, y le sorprendió saber lo fácil que era decidirse. Lo platicó a la hora de la cena y al contrario de lo que había pensado, ningún miembro de su familia se burló de ella cuando avisó Qué creen, voy a tomar clases de danzón los martes y jueves de cuatro a seis de la tarde. Los dos hijos, preadolescentes, soltaron solamente el Estás loca empleado cada que su mamá anunciaba una nueva decisión, como la vez que dijo qué creen, voy a alquilar un estudio en la colonia Roma, en un edificio que tiene cucurucho de bruja y torre y toda la cosa, así podré pintar fuera de casa para que Francisca no me interrumpa a cada rato, Estás loca loquísima, madre. Lo de las clases de baile fue casi un alivio para el esposo, así su mujer tendría con quien bailar porque a él no le gustaba y se sentía condenado cada que ella le preguntaba ¿Bailamos? y él hacía las muecas del a mí no me gusta bailar. En cambio, el marido de Pola sí se enojó mucho y le dijo que ni ella ni Marina tenían edad para esas cosas, porque cercanas a cumplir los cuarenta era ridículo y fuera de lugar y quién sabe qué más. Pero Amapola le aclaró Apenas tenemos treinta y seis y no le importó el enojo, total, su marido se enojaba por cualquier cosa y esto bien valía la pena de soportar una crítica más.

II

Este baile tan precioso que es el danzón

            Marina llegó media hora antes a la dirección indicada. Esperó en la calle un rato a Amapola; veía el reloj y volvía la mirada a ambos lados de la acera para observar a las personas que iban entrando a la casa donde serían las clases: mujeres no muy jóvenes, hombres no muy viejos, más mujeres que hombres. Amapola no llegaba. Se animó a entrar. Era una habitación amplia con piso de losetas blanco y negro formando cuadros; una ventana larga al fondo. Dos hombres instalaban un viejo tocadiscos con dos bocinas enormes. A través del espejo que recubría lo largo de una de las paredes, Marina espió con detenimiento a la concurrencia. Pudo adivinar quiénes llegaban por primera vez, eran aquéllos que se mantenían aparte, como ella. Otros platicaban y reían o ensayaban pasos o posturas de baile. En ese momento deseó ser de las que ya lo sabían todo. Amapola llegó agitadísima. Atolondrada como era se equivocó de calle y dejó el coche en un estacionamiento lejano y tuvo que caminar quién sabe cuántas cuadras y Ya te fijaste en el atuendo de ese chaparrito. Marina ya se había fijado, usaba pantalón de casimir negro, chaleco a rayas, camisa negra, zapatos blancos, Sólo le falta el sombrero para parecer califa de barrio, ¿verdad?, Sí, sonrió Marina.

            El chaparrito comenzó a dar palmadas y pedir que todos se reunieran al centro. Explicó que ese primer día se haría la selección para saber qué tanto sabían bailar los asistentes y formar parejas según sus conocimientos. Muy bien. Pero, antes que nada, dijo el chaparrito, vamos a conocer algunas cosas sobre este baile tan precioso que es el danzón. Lo primero que se necesita para bailar danzón, es una pareja; es imposible bailar danzón si no se tiene una pareja. Un hombre y una mujer se tomaron de la mano junto a Marina quien suspiró resignada recordando que, si de bailar se trataba, ella se sentía desemparejada. Amapola echó un vistazo a su alrededor y escogió mentalmente a tres señores como candidatos. Le sonrió a cada uno. El chaparrito continuó, El danzón debe bailarse despacito, con soltura, recorriendo el salón, pero suavecito. Si uno tiene prisa debe bailar bugui-bugui o rocanrol. En nuestro baile, la demora les obsequia a los movimientos la elegancia. O sea, en resumen, lo primero que tienen que aprender es algo muy importante: el danzón no se baila en el tiempo sino en un espacio diminuto.

            Marina quedó fascinada con las explicaciones del chaparrito. Siguió atenta, Lo segundo que deben saber, aunque ya se hayan dado cuenta, es que yo soy su maestro. Muy bien. Ahora sí. Vamos. El maestro escogió al azar a hombres y mujeres para formar parejas. Algunas mujeres tímidas dijeron que preferían mirar solamente. Por eso sobraban hombres. Amapola se puso frente a dos de sus candidatos, Si quieren yo puedo bailar con ustedes alternadamente. Ellos aceptaron, Con mucho gusto. El maestro se acercó a Marina y la tomó de la mano. Muy bien.

            Hoy aprenderemos lo más elemental del danzón: el cuadro. Fíjense cómo se hace porque, aunque parezca sencillo tiene su chiste y si no saben hacer correctamente el cuadro no sabrán seguir después con lo demás. Muy bien, ahora: los caballeros van hacia adelante con el pie izquierdo. Las damas comienzan hacia atrás con el pie derecho. Amapola se puso de frente a sus dos caballeros, un paso atrás, el otro junta, izquierdo al lado, derecho junta, izquierdo adelante, derecho abierto… cerrar. Otra vez… atrás… abierto… cerrar. Muy bien. Les sugiero que traten de que sean sus pies los que memoricen los pasos, ustedes sólo dejen que ellos lo hagan, ya verán que al rato los pies bailan y ustedes disfrutan. Muy bien. Marina comenzó a sentir una alegría inexplicable en la comisura de los labios, Recuerden, el danzón es un baile fino, por lo tanto, hay que saber tomar a la pareja. La postura es muy importante. Hay que pararse erguido frente a la pareja, mirarla hacia los ojos –lo cual hizo–, tomarla de la mano y de la cintura –lo cual hizo–, y bailar elegantemente. Lo cual hizo después de dar una orden con un leve movimiento de cabeza y el encargado de poner los discos colocó la aguja en «Por un Cerro Mejor» tocado por la danzonera de Consejo Valiente: Acerina, Muy bien. Ahora, a ensayar.

            Lo estuvieron estudiando, Un paso para atrás, el tiempo suficiente para que Marina se dejara seducir por lo más elemental, Abierto, y se jurara a sí misma, Un paso adelante, que no dejaría que nadie le quitara el lugar que había encontrado, Cerrar. Para que se vea bonito vamos a movernos con nuestra pareja lentamente y luego hacemos otras combinaciones. El maestro encontró con quien lucir sus conocimientos y sin enseñar verbalmente los pasos se lanzó con el paseo, la pausa larga y el remate, sorprendido de que la mujer a quien conducía con suavidad lo siguiera a donde él la llevara. Pra-ca-tán.

            Amapola pasó de los brazos de uno a los del otro y los tres escuchaban las explicaciones poniendo atención en cada movimiento, Al terminar varios cuadros iniciamos el paseo. En la primera parte el caballero gira hacia atrás haciendo un círculo y hace 18 tiempos. Cierra el cuadro. Regresa hacia adelante con la pareja. Cierra. Hace el cuadro. Un paso. Otro paso. Muy bien.

            Las clases de baile se convirtieron en los momentos más libres para Marina y Amapola. Nada ni nadie podía impedir que los martes y jueves se arreglaran exclusivamente para ir a bailar danzón. Marina sentía que el maestro enseñaba de una manera que era imposible no aprender, Es muy importante advertirles que cuando la orquesta toca el primer estribillo no se deben bailar 16 tiempos. Al empezar la danzonera otro estribillo, la pareja debe iniciar exactamente con la orquesta y terminar exactamente cuando termina el estribillo. A eso le llamamos remate. Pueden quedarse tomados de la mano, o no. En este caso, con mi dama, yo prefiero quedármela en la mano todo el tiempo. Pra-ca-tán. Amapola se convirtió en la pareja favorita de los hombres solos y se la peleaban y le coqueteaban y ella podía escoger con quien se le antojara bailar. Pero eso suscitó una especie de propensión a ofenderse de los caballeros y poco a poco dejaron de ir a la clase o llegaban una vez sí y otra no. La concurrencia empezó a ser cada vez menor, sólo quedaban cinco parejas: Marina con el maestro, Amapola con quien fuera, un matrimonio que persuadió a todos para que la clase durara más de dos horas; la pareja de estudiantes de filosofía que logró aprender danzón abierto con mucha soltura; un hombre y una mujer que insistían en que todos debían ir a bailar, como ellos, al salón Los Ángeles los fines de semana. El maestro no estaba convencido de asistir con sus alumnos ni a ese ni a ningún otro salón hasta que bailaran correctamente para que no se les notara lo principiantes, así que todos comenzaron a ensayar una rutina y esperaron el permiso con ansia, sobre todo Amapola y Marina quienes, según ellas, ya bailaban bastante bien.

            El último jueves, el maestro pidió a Marina y Amapola que después de terminar la clase se quedaran un rato porque quería hablar con ellas. Estaban nerviosas, necesitaban con urgencia saber de qué se trataba. Llegado el momento el maestro dijo Muy bien, ahora sí ya. ¿Ya? preguntó Amapola. Ya podemos ir a bailar, pero las voy a llevar al Salón Colonia que es a donde yo prefiero ir. Amapola brincó de gusto desde la silla donde estaba sentada hasta los brazos de Marina que tenía la boca abierta. Se abrazaron, abrazaron al maestro, se volvieron a abrazar entre ellas. Nos vemos el miércoles a las seis de la tarde en el Colonia. Es mejor ir los miércoles porque tocan puro danzón. Pero eso sí, recuerden que no pueden bailar con nadie que yo no autorice, hay tipos que sólo quieren ligar mujeres, y en los salones de baile se va a bailar. Después de decir, Sí claro, Qué emoción, Nos vemos el miércoles, Amapola y Marina salieron del lugar como salen los niños de preescolar al saber que pasaron a la primaria.

            Amapola prefirió ocultarle al marido lo del Colonia, Para qué le digo, se va a enojar. Marina lo platicó en su casa a la hora de la cena. Los hijos dijeron Estás loca, madre. El esposo le tomó la mano y preguntó Pero, vas a ir con Pola, ¿no?, le pidió que se cuidaran porque el Colonia estaba en un lugar no muy seguro y luego inquirió Y, ¿ya bailas muy bien? Amapola consiguió un atuendo en La Lagunilla y se lo llevó a presumir a Marina, Qué bárbara, está atrevidísimo, cómo te lo vas a poner, pero si está transparente y se te ve el brasier, no, por favor no te lo pongas, ¿Tú crees?, bueno, total, aunque la mona se vista de seda, reconoció Amapola quitándose el entallado vestido, de gasa azul añil con una abertura de la rodilla al muslo, y los zapatos dorados. Lo que sí hicieron fue escuchar decenas de discos con diferentes orquestas, ensayaron poses y pasos y el remate. Se imaginaron escenas. Se soñaron bailando. El miércoles no hicieron otra cosa que prepararse. Cuando iban en el coche hacia el centro de la ciudad, Marina dijo en voz alta Ay, Diosito, ya sabes que a mí no me importaría morirme en cualquier momento que tú lo mandes, pero, por favor, ahorita no, Diosito, ahorita no me mandes la muerte. Yo ídem, diosito, añadió Amapola con las manos juntas y los ojos en el cielo.

III

Salón Colonia

Caballeros: cincuenta pesos. Damas: treinta
Cuota de entrada a la Felicidad

            Tomadas del brazo se fueron acercando por la orilla hasta adelante, del lado derecho de la orquesta porque ahí quedaron de verse con el maestro de danzón que se llamaba Santiago. Él había sugerido que en el Colonia le dijeran por su nombre y no maestro porque: primero, No es bien visto, y segundo, Ustedes deben sentirse no como discípulas sino como expertas. Pero fue tanto el deslumbramiento de estar en el Colonia y oír en persona a la mismísima danzonera Dimas de los hermanos Pérez y al ver la elegancia de todas aquellas parejas bailando, que Amapola y Marina denunciaron, con su encantada actitud, ser principiantes. Lo bueno fue que nadie ponía atención en ellas a pesar de que les faltaba discreción para señalar a una pareja que bailaba un danzón floreado o cuchicheaban embelesadas con los atuendos de las mujeres: la raya derechita de la media, los zapatos de pulsera, los vestidos de lentejuelas.

            Santiago se acercó. Lucía espléndidamente vestido con un traje color perla, corbata bermellón y sus zapatos blancos. Las tomó de la mano y con señas les indicó que se sentaran en las sillas apartadas para ellas. Como las trompetas y los güiros y los timbales tocaban tan fuerte que hacían temblar el suelo, no podían hablar, así que siguieron observando: las muchachas sentadas en las sillas veían llegar la mano de un hombre y sin pensarlo salían a bailar con él, o decían no y entonces él extendía la mano a la siguiente o la siguiente hasta que alguna aceptara. Un hombre sacó a bailar a Amapola. Marina esperaba que le pidiera autorización a Santiago, pero Amapola accedió eufórica, desenvuelta, segura. Marina la vio bailar de lejos y levantó el pulgar en señal de triunfo. Santiago se sentó junto a ella. Le pidió que observara los detalles, cómo el hombre iba manejando a la mujer con los dedos de la mano apoyados en la cintura para que ella se luciera porque En el danzón es la mujer la que debe lucir, dijo Santiago. Has de saber que aquí se reúnen muchos hombres y mujeres que no se conocen ni se tratan fuera del Colonia. Sólo se ven aquí, para bailar. Mira, por ejemplo, ese señor que ves allá es uno de los fundadores de la Fraternidad del Danzón Clásico y tiene muchas mujeres con las que baila, pero ninguna es su esposa, a ella no la trae aquí. Esos que ves allá han ganado muchos concursos de danzón cerrado y todos reconocemos que son pareja, pero afuera no se frecuentan ni tienen idea de la vida del otro. Has de saber que así es la costumbre aquí en el Colonia. Pues por mí, dijo Marina, yo bailaría sólo contigo. 

            Durante casi un año Marina y Amapola fueron al Salón Colonia casi todos los miércoles. Amapola bailaba con diferentes hombres y con ninguno en especial. Aseguraba que Me dejaría llevar en la vida por un hombre, siempre que ese hombre me supiera llevar. En cambio, Marina consiguió bailar solamente con Santiago. Si alguien más la invitaba se negaba con la libertad de saber que nadie se ofendía. Aunque a veces tenía que esperar en un rincón porque Santiago, a sus 62 años, era el mayor y el mejor bailarín de un grupo al que pertenecía: Quihubo, Rey. Qué te parece este paso, Rey. Órale, Rey, ven a bailar conmigo. Era difícil que Amapola y Marina fueran aceptadas en el grupo, Nos rechazan, ¿has visto cómo nos rechazan?, decía Amapola, a lo que Marina contestaba que era normal No somos muy proletarias que digamos, se nos nota lo “popis”, ¿no?

             Mientras El Rey bailaba con otra mujer, Marina lo veía. Su mirada se detenía en los pies de él, en cómo presionaba la punta del zapato blanco. No sabía por qué le gustaba tanto la forma como él iba presionando la punta del zapato blanco para levantarlo después con una elegancia sutil, y luego arrastrar los pies, pegaditos al piso, uno, dos-tres, los zapatos blancos en cámara lenta. Cómo explicar lo que sentía al ver esos zapatos blancos.  Era inexplicable. O tal vez inconfesable.

             El Rey trataba de convencer a Marina de que bailara con alguien más porque Has de saber que corres el riesgo de que si un día tienes que bailar con otro no vayas a poder, pero a Marina no le importaba bailar con nadie que no fuera El Rey. Lo mismo se detenían en un espacio diminuto para interpretar correctamente el danzón cerrado, que atravesaban la pista con el clásico paseo o se quedaban platicando tomados de la mano mientras comenzaba la siguiente tanda, Y, cuándo vas a traer a tu esposo. Uy, nunca, a él no le gusta bailar, Pues ya verás que un día te va a ver en una pista y se va a quedar con la boca abierta y se le va a antojar. ¿Tú crees, Rey?, ojalá, porque con él si me gustaría bailar. Además de contigo con nadie más se me antoja.

IV

El danzón no se baila en el tiempo sino en un espacio diminuto

De qué manera se constata

            ¿Hace cuánto que no vamos al Colonia, Marina? Qué tontas somos, ¿verdad? Habían dejado de ir por razones de poco peso. Primero por las vacaciones de fin de año. Después porque Pola tenía serios problemas conyugales cada vez que iba al Salón de Baile. Su marido la había descubierto gracias, es un decir, a una imprudencia del esposo de Marina, a quien Nadie jamás debería de confiarte un secreto, simplemente no sabes guardarlos, reclamó Amapola. El marido la llamaba naca, se burlaba de ella en público y Amapola no podía controlar su enorme enojo. No le hagas caso, Pola, aconsejaba el esposo de Marina un tanto culposo, pero Amapola dejó de ir al Colonia. Y Marina también. No se atrevió a regresar sola. Dejó de ir. Le dolía. Sin embargo, ensayaba a escondidas de todos, cuando nadie la veía. Recordando las indicaciones de El Rey se movía frente al espejo, «La mano no se aferra sino toca con suavidad a la pareja.» Sin necesidad de fingimientos. Suelta. Cada día. Espontánea. Con toda confianza, «El cuerpo no salta, se enreda en la música.» Con una licencia permitida en el escondite de su estudio que le regalaba la liberación, soltar las amarras de la sensualidad.

            Al esposo de Marina y al marido de Amapola les iban a dar unos diplomas como reconocimiento a quién sabe qué méritos y tenían que ir a Veracruz aquel histórico fin de semana. Ellas se empeñaron en acompañarlos, aunque no estuvieran invitadas. Durante el desayuno en el Café de la Parroquia, mientras el marido hacía escándalo al golpear el vaso con la cuchara como lo hacía todo el mundo para que los atendiera el mesero, y el esposo refrescaba su inmenso calor debajo del abanico eléctrico, las dos mujeres estaban felizmente entusiasmadas porque De seguro habrá donde bailar danzón, Hay que preguntarles a los de la marimba. Pero los de la marimba dijeron que No, doñita, Hoy no, Sólo los jueves en el parque Zamora, y ese día era sábado y Qué mala suerte, Sí, qué desilusión. Esa noche fueron a la cena de gala: coctel “vuelve a la vida”, gorditas blancas y negras, un huachinango a la veracruzana después del cual hubo que chuparse los dedos, jamoncillo de leche y cocada y aguardiente de caña, discursos, aplausos y el Ballet Folklórico que bailó La Danza de las Guacamayas, El Caimán, El Agualulco, jarabes, jaranas, el son del Tilingolindo y la Bamba que para sorpresa de todos fue divertidamente interrumpida y bailoteada por el marido y el esposo, cosa que puso de buen humor a las dos parejas porque ellos reconocieron, con disimulada humildad, que para subir al cielo se necesita una poca de gracia. Al terminar la fiesta estaban de excelente ánimo. Decidieron caminar por el Malecón. En esas andaban cuando a lo lejos se oyó música. Amapola y Marina distinguieron el ansiado ritmo y sin decir agua va corrieron a la Plaza de Armas por donde se escuchaba el alboroto. A todo lo largo de la plaza diferentes grupos de personas interpretaban a su manera el danzón dedicado por la Danzonera Alma de Sotavento, con una finura que florecía en los pasos arrastraditos. Amapola preguntó: se trataba de una exhibición. Alrededor de la enorme pista habían colocado varias hileras de sillas para que los porteños se sentaran a contemplar el espectáculo abanicando su encanto. La plaza estaba a reventar de gente, Marina y Amapola de entusiasmo, contento, regocijo y gusto. Vamos a bailar, dijo Amapola, No, cómo crees, a la mejor el público no baila, contestó Marina sin entera convicción, Pues a la mejor, pero yo ¡voy a bailar! Y se fue abriendo paso entre obstáculos hasta llegar al centro de la pista. Ahí, sin más, se paró delante de un hombre quien sorprendido la tomó de la cintura. Amapola concluía los estribillos con certera exactitud cosa que advirtieron todos los que quisieron bailar con ella: un hombre que practicaba nuevos pasos, un artista diestro en el paseo, un chamaco que le llegaba al hombro, un viejo hábil en danzón floreado. El marido le gritó que ya le parara, que tenían que irse al hotel, que estaba cansado, que ya era tarde, Amapola no quiso escucharlo. Siguió. Siguió. Siguió. El marido volvió a gritar, por última vez, Si no vienes te dejo y a ella le pareció una excelente oportunidad para ejercer lo que sus ganas le regalaban sin hacer concesiones, lo que ya nadie podía impedir, dejarse llevar solamente por ese alguien que en el momento la supiera llevar.

            En un extremo de la pista, Marina se había quedado atisbando con disimulo unos zapatos blancos. Se deslizaban delicados, finos y exquisitos. Se demoraban livianos, parejos y sutiles. Los seguía con los ojos en una seducción definitiva. Reaccionó en el instante en que esos zapatos blancos se detuvieron delante de ella. Levantó la mirada. Una mano la invitaba a bailar. No supo qué hacer ni qué pensar ni qué decir hasta que el hombre vestido de blanco desde los zapatos hasta el sombrero le dijo Yo la conozco del Colonia, la he visto allá, mi nombre es Carmelo, señorita, Carmelo Benítez a sus órdenes. Los músicos marcaron el primer sonido de un danzón conocido por Marina, Masacre, uno de sus favoritos, y el hombre esperaba de tal manera que Marina no supo negarse. Carmelo Benítez la tomó entonces y Marina olvidó dónde se encontraba, concentró su ser entero en menear apenitas la cadera, arrastró sus pies en pasos justos, manteniendo la cabeza erguida y la mirada altiva, se detuvo cuando tenía que detenerse, aplaudió a medio danzón como lo hacían los que sabían hacerlo, vio cómo el esposo, confundido, la descubría de lejos, retomó los pasos del danzón cerrado, el que interpretan los que mejor conocen, se sintió felizmente agradecida con esas minutos que alteraban su vida y al terminar Carmelo Benítez dijo Yo la veía bailar con El Rey en el Colonia, tuvo usted una buena pareja, es una lástima que se haya ido, cómo se fue a morir así, sin avisar, qué friega, es una pena y entonces llegó el esposo y le dijo No tenía idea de lo bien que lo haces, eres otra mujer y Carmelo Benítez dijo Con permiso, y Marina tuvo que contener el aliento porque le estallaba un desamparo terrible como si le arrancaran el corazón y comenzaba otra tanda y Marina abrazó al esposo, Por qué lloras, qué tienes, y ella no podía contestar, sólo reaccionó ante la música con la conciencia de su cuerpo que se dejaba llevar por un danzón y con los ojos cerrados el esposo empezó a bailar con ella, tratando de reducir el abismo que lo separaba de Marina dentro de ese espacio diminuto.

Nace en la Ciudad de México en la primera mitad del siglo XX. Inicia su oficio como escritora en los talleres de Elena Poniatowska, Edmundo Valadés, Gonzalo Celorio, Mempo Giardinelli, Agustín Monsreal y más tarde con Beatriz Rivas. Se ufana de ser la primera mujer en ganar el concurso latinoamericano de cuento, recuperándolo para México después de cinco años. Como periodista ha escrito artículos sobre diversos temas culturales de México, publicados en Estados Unidos, Italia, Argentina y México. Desde 1985 dirige talleres de creación literaria y el taller “Escribir historias de familia”. Varios de sus alumnos han editado sus propias obras. Libros publicados: Huellas digitales; La libreta morada; Contra nadie en la batalla; En el espejo de otro; Con Secuencias; Asunto: la luna a cucharadas; La India: punto de partida y arribo; Lenguas de arena. Y en las antologías de minificción Vamos al circo, Cortocircuito y Resonancias. Página WEB: www.literatuya-beatrizgraf.com FACEBOOK: Beatriz Graf