Los cangrejitos

Dibujo de Steeven Salvat

Si tu hijo tuviera que construir un arca para salvar a las especies, no se le acercarían ni los perros callejeros para montarse en ella. Porque ellos ven, ellos saben cómo tu hijo practica el mal.

Nadie quiere ir a la fiesta de un niño malvado. Y lo peor es que vamos, y le llevamos regalos. Y te lo digo a ti, con la injusticia que acarrea pedir cuentas a la madre, porque del padre no espero nada. Si él no ha sido capaz de acariciar a su hijo, de enseñarle la ternura, hazlo tú. Hazlo tú, por favor. Antes de que sea el próximo en ahorcarse. O, peor, antes de que me mate a mí.

No sé qué habrá sido de Noé. Ni siquiera sé si está vivo, no me importa. Pero de cuarto a sexto de primaria, fue mi verdugo. Yo era nuevo en ese colegio, donde él era el rey. Y cada día, al terminar las clases, volvíamos a casa juntos. Era tanto el miedo y las ganas de pertenecer, pero más el miedo, que ninguno se atrevía a tomar un camino distinto al de Noé.

Seríamos cuatro o cinco, no me acuerdo. Y el que vivía más lejos era yo. El grupo iba disminuyendo conforme pasábamos por las casas de los otros. Un patético ritual que, a los ojos de los adultos, no pasaba de ser un juego entre amigos del colegio.

Hacíamos una parada en casa de Didier, que en esa época era mi mejor amigo, y Noé nos obligaba a pegarle entre todos antes de dejarle ir. Yo intentaba pegarle suave, sin ganas. Y para disimular este trato de favor, le gritaba insultos. Toma, perro, le dije una vez. Noé me gritó que perro era cosa de niñas. Tenía que llamar a mi amigo de hijueputa para arriba. A Didier nunca le tocó pegarme.

Después seguíamos el camino hasta la casa de Gabriel y repetíamos el castigo. Solo una vez Noé le perdonó la paliza. Había gente en la puerta de la casa. Estaban velando a un muchacho que se había ahorcado. No recuerdo si era el hermano de Gabriel o su primo. Su familia había llegado a Yucatán desde Veracruz, y sabíamos poco de ellos.

Noé y yo llegábamos solos a la esquina que separaba su calle de la mía. Y entonces me pegaba a mí. Era un auténtico viacrucis. En cada parada un golpe, una caída y la risa del matón al vernos cerrar los ojos.

Muchas veces deseé que hubiera gente en la calle, en la puerta de la tortillería, o la tienda de abarrotes. Que estuvieran velando a algún otro muerto, o celebrando el nacimiento de cualquiera. Pero la calle, a esa hora, era de los perros, la mala suerte y el sol.

Pues tu hijo es el demonio. El puto demonio. No sé de qué chingados te sirve tanto golpe en el pecho y tanto rosario en nombre de la virgen. Tienes al diablo metido en tu casa. Y ese nombre bíblico no lo hace buena persona. Tu hijo es un niño triste y encabronado que nos está jodiendo a todos. Un niño malvado. Y ese dios al que le rezas, testigo de palizas y humillaciones, no está haciendo nada para evitarlo. Ni tú con tus plegarias, ni tu marido con su carpintería silenciosa.

Es cierto que, en muy pocas ocasiones, Noé estaba de mejor humor, y le daba por hablar. Hoy te perdono, me decía, estoy cansado. Pero mañana no te salvas. Y yo casi le daba las gracias. Con nueve años no alcanzaba el lujo de la dignidad. Y la rabia no era suficiente para devolver los golpes. Se quedaba dentro, hirviendo.

Didier era todo lo contrario a Noé. Era educado, simpático y buen amigo. A veces iba a su casa a jugar y él venía a la mía. Mis padres, celosos siempre del espacio doméstico, no eran partidarios de visitas. A todo el mundo se le atendía en la ventana. Daba igual si eran hombres en camionetas blindadas, la anciana que vendía flores marchitas, o los amigos de los hijos. La puerta cerrada para todo el mundo: hombres, mujeres y niños.

Pero Didier les caía bien. Conocían a sus padres. Habían estudiado juntos y fueron amigos cuando aún lo amargo de la vida adulta les era ajeno. Antes de tener hijos, diría yo. Porque con los hijos te enredas en un trabajo y un matrimonio hasta la muerte. Y te entran ganas de cerrar las puertas de tu casa. Para que nadie te pida nada. Porque no tienes más, porque no puedes más.

Después de sus quehaceres, nuestras madres se reunían en la casa de Noé. Ahí compartían lecturas religiosas y adoraciones a las vírgenes y los santos que cuidaban de nuestras almas y nuestra salud. Como esa casa, designada por la parroquia, se extendían por la ciudad otros hogares donde se multiplicaba el soporífero culto que practicábamos todos. Acostumbrados a rezar y sufrir.

Yo prefería quedarme en casa. Parece un palacio, me dijo una vez Zazil desde la ventana, mirando las columnas con la boca abierta. Y me gustó escucharla porque, aunque no era un palacio, los arcos que separaban la sala del comedor daban a la casa un aire de fortaleza.

Dos visitas de Didier a esa casa fueron la clave para saber que era mi mejor amigo; y un solo cambio de rumbo, fue suficiente para perderlo. Los eventos ocurrieron espaciados en el tiempo, pero fueron determinantes.

En la primera visita, fue mi padre el que se asomó por la ventana. Yo estaba en el patio trasero chapeando: arrancando la mala hierba. Odiaba chapear y todo lo que tenía que ver con sudar y mancharme de tierra bajo el sol. Eso ponía furioso a mi padre, porque él trabajaba con campesinos y estaba en contacto frecuente con la tierra. Y si una serpiente rondaba su apiario, le cortaba la cabeza, y el cascabel lo guardaba en el vientre de su guitarra.

Yo, en cambio, quería escribir y dibujar todo el tiempo. Limpio y peinado, con los lápices dispuestos en la mesa. O leyendo algún número de Selecciones del Reader’s Digest que mi madre coleccionaba. Eres un niño de sala, me decía mi padre, entre la desilusión y el reproche. Y para arrancarme de la sala, me enviaba al patio a chapear.

—Buenas tardes.

—¿Qué pasó, Didier?

—¿Está Ricardo?

—Está en el patio.

—¿Le da permiso de jugar?

—Está chapeando.

—Ah…

Yo no vi la cara de mi amigo al responder, pero lo estaba escuchando todo. Inmóvil con alguna hierba en la mano, avergonzado.

—¿Quieres entrar a ayudarle?

—Está bien— respondió Didier con entusiasmo, y atravesó salón, comedor, cocina y todo lo que separaba la calle del patio trasero de mi casa.

Años después, cuando le recordé este evento a mi padre, sonrió a medias y me dijo que aquello había sido una broma. Una broma y una prueba. Si Didier hubiera pasado de ayudarme, muy amigo no era, según las teorías de mi padre.

A veces me llamaba renegado, por la serie de Lorenzo Lamas. El renegado era un hombre solitario, ex policía acusado de asesinato, que se dedicaba a buscar criminales y hacer justicia por su cuenta. Mucha moto, cuero y testosterona. Nada más lejos de mi realidad infantil. Pero como, según mi padre, yo renegaba de todo, le hizo gracia asociar las palabras. Y sé, después de tantos años, que a mi padre le gustaba que yo tuviera un carácter fuerte. Lo que no le gustaba era que me rebelara contra su autoridad en casa, y que agachara la cabeza en la calle. Le exasperaba mi sensibilidad, porque se traducía a un niño frágil, indefenso y expuesto. Un cangrejito.

La otra visita de Didier, fue la más importante. Llegó hasta la puerta de mi casa en silencio. No llamó, o yo no lo escuché porque estaba absorto en mi juego. Ese día la puerta estaba abierta, para dejar el aire entrar por la calle y salir por el patio. Era temporada de huracanes y, si lo cerrabas todo, con la presión del viento se rompían los cristales.

Yo estaba solo en casa y había hecho una alfombra de juguetes en el salón. Eran figuritas de personajes Disney. Y mi favorita era Úrsula, la mala de La sirenita. Los había distribuido por películas, y también formé un grupo de huérfanos: personajes solitarios cuya colección estaba incompleta. Los separaba del resto, pero también jugaban. Entre ellos había soldaditos, muñecas y monstruos.

Cuando Didier habló, ya dentro del salón, me sobresalté y, de un manotazo, acabé con el imperio de heroínas y sus dramas. Lo miré sin levantarme del suelo, con su balón de basket atrapado entre el brazo derecho y la cadera.

— ¿Qué haces?— preguntó sonriendo.

—Estaba guardando esto— respondí con una seriedad impostada, ágil en el arte de mentir, aunque algo me decía que Didier llevaba un rato mirándome jugar.

— ¿Son tuyos o de tu hermana?— preguntó sin quitar los ojos de las figuras regadas por el suelo.

—Los trae mi tía de Estados Unidos cuando nos visita. Solo los estaba guardando.

Mentir compulsivamente. Usar la verborrea creativa como una metralleta despiadada. Si no te engaño, te distraigo. Leo mucho y soy un niño petulante. Hago ruido con palabras domingueras. Miento a toda prisa, para que no tengas tiempo de ver al payasito triste.

—Ah… pues no los guardes.

Dejó el balón cerca de él cuando se sentó en el suelo, quería tener su propio juguete cerca. Nos divertimos un rato largo con las figuras de plástico, y el grupo de los huérfanos cobró un protagonismo inesperado. Yo me di cuenta que Didier evitaba jugar con las figuras de personajes femeninos, no se le ocurrían buenos diálogos. Así que me hice cargo yo de ellas toda la tarde.

Y nadie en el colegio supo esto. Mucho menos Noé.

Maricones, puñales, maricas, jotos, mayates, desviados, putos, mariposones, [inserta aquí tu versión del odio], chotos, bujarras, chichifos, locas, sarasas, cangrejos…

Nos tenían arrinconados. Porque ellos, los niños que sí se portaban como niños, eran más fuertes. Y eran más niños. O eso parecía.

Alguno de nosotros, de los débiles, enclenques y cobardes, logró camuflarse entre ellos: los de la rabia, el puño ágil y el grito. Y así se ganó la protección de la manada, la supervivencia. Pero si no eras bueno en los deportes, y te distraías mirando las cabelleras largas de las niñas, camuflarte entre los machitos no era una opción.

Ellos dominaban el patio del recreo y, por ende, el mundo. Envalentonados por los hombres de sus casas (padre, abuelo o padrastro), por los ídolos de la tele –esos futbolistas que meten la mano entre las nalgas de sus compañeros, pero no homo bro-, e incluso por los maestros de la escuela. Los que no se cortaban un pelo a la hora de extender su misoginia. Y entre la ola de odio que se llevaba por delante a las niñas, íbamos nosotros, los cangrejitos.

Para esa jauría, un niño frágil, afeminado y sensible, es un cangrejo. Porque camina hacia atrás, como hace un cobarde. Un poco hombre. Un maricón.

El curso terminó y en el colegio celebramos con juegos y música que pasábamos a la secundaria. Después de la comida, me entregaron los diplomas a la excelencia académica, un trofeo a la mejor ortografía y otro por  un concurso de declamación. No tenía manos suficientes. Algunos compañeros me aplaudieron con admiración genuina. Otros, entre ellos Noé, se cuidaron de no mostrar su odio frente a las maestras, que se erguían orgullosas, responsables de mi éxito. Después volvimos a casa.

Didier caminaba dos pasos por detrás de nosotros, estaba tomando la decisión. Atravesamos la salida del colegio en silencio. Me sudaban las manos y tenía dificultad para moverme con todo lo que llevaba encima. Uno de los diplomas se me cayó al suelo y Noé lo pateó a un lado del camino empolvado. Yo no dije nada, me quedé paralizado. Didier también se detuvo. Noé siguió caminando y, después de unos segundos, se giró hacia nosotros.

Didier recogió el diploma y se incorporó para mirarme de frente. Noé deshizo los pasos al vernos quietos.

—Vámonos por otro camino— me dijo finalmente, ignorando la presencia de Noé.

— ¿Por qué?— pregunté, sabiendo la razón, pero incapaz de mostrar mi postura ante la oferta.

—Tú te vienes con nosotros— respondió Noé, empujando a Didier hacia adelante. Pero él se resistió y empujó a Noé de vuelta. Mi diploma cayó otra vez al suelo.

— ¿Me estás retando, pendejo?— contestó Noé, al tiempo que golpeó a Didier en la cabeza.

Yo pude ver la cara de mi amigo cambiar de color. Esa blanquitud que hacía resaltar los lunares de su rostro, pasó a ser carne colorada por la sangre y la rabia.

—Pendejo tú y tu puta madre— dijo al fin, lanzando una patada a Noé, que solo sirvió para cortar el aire entre ellos y marcar distancia, pero no llegó a golpear al matón.

Primero llegó la sorpresa a la cara de Noé, parecía sonreír de incredulidad. Luego se lanzó sobre Didier, golpeándolo con todo: el cuerpo, la furia y la tristeza. El rencor acumulado de mi amigo sirvió para tumbar al otro al suelo. Y ambos cayeron en un amasijo de adrenalina, polvo y sudor. La sangre vendría después.

Cuando Noé se vio superado por la inesperada habilidad de Didier para montarse sobre él y caerle a puñetazo limpio, su ira se convirtió en la de toda su estirpe.

— ¡Ayúdame, pendejo!— me gritó Noé— ¡Agárralo!

— ¡Tú no te metas!— me amenazó Didier.

Yo estaba clavado en el suelo, esperando que se abriera la tierra. Cualquier cosa antes que meterme en un pleito. Entre el polvo que levantaban los cuerpos pataleando, yo solo veía a Didier chapeando conmigo en el patio de mi casa. Esa imagen apretó el gatillo, y solté lo que llevaba en las manos. Otros niños ya se arremolinaban como buitres esperando la carroña, pero ninguno se metía.

Sujeté a Didier de la camiseta intentando separarlo del demonio, y poner fin a la batalla. Pero mi gesto ayudó a Noé a recuperar ventaja y salir del suelo. Didier y yo rodamos sobre el camino empolvado. Y ahí fue cuando se derramó la sangre, que brotó de los labios de mi amigo al recibir la patada del diablo. Tardó unos segundos en levantarse apretando su boca abierta con las manos ensangrentadas.

— ¡Vamos!— me gritó Noé, y antes de girarse, escupió a los pies de Didier. La saliva ensangrentada cayó sobre mis diplomas llenos de polvo y vergüenza.

Yo miré a Didier, que seguía con la respiración agitada. Olvida esto y sigamos el camino, le imploré con mis ojos. Los suyos se llenaron de lágrimas que no llegaron a caer.

—Tú ya no eres mi amigo, cangrejo.

Y así lo perdí. Así desperdicié la oportunidad de agruparme con los buenos. Y me entregué a la voluntad de Noé, con tal de no quedarme solo.

Me alegré por Didier, por su valor de volver a casa por otro camino y explorar nuevos territorios. Yo, desterrado, me resigné a ser el perrito faldero del demonio.

Ese verano leí un artículo en uno de los números de Selecciones de mi madre. Hablaban de los cangrejos y su peculiar forma de caminar de lado, y no hacia atrás como la mayoría (de bestias analfabetas) cree.

Caminan de lado, en estado de alerta, para preservar su integridad y defender su cuerpo. Los cangrejos no caminan hacia atrás. No son animales cobardes, sino rápidos y estratégicos. Están listos para la defensa o el ataque.

Estoy listo, ahora que he crecido, para usar mis brazos. Abrazar. Matar. Abrir el libro de la autodefensa.

Artista binacional (México-España) residente en Madrid. Actor, director, escritor y pedagogo teatral. Licenciado en Arte Dramático con Especialidad en Interpretación Textual por la ESAD Sevilla (España) y Licenciado en Educación Secundaria con Especialidad en Inglés por la ENSY de Mérida (México). Su obra teatral como actor, director y pedagogo se ha desarrollado en España, México, Alemania, Italia, Egipto, Rumania y Bangladesh, tanto en producciones locales como festivales internacionales. En 2011 crea Ekkyklema Teatro, sello bajo el cual escribe, dirige e interpreta un teatro que investiga la transversalidad de lo narrativo y lo escénico: Macario, muerto de hambre, Monstruo, Acullá. Más allá de aquí y Czech dream son algunos ejemplos. Su carrera como actor de cine y televisión incluye las series Malviviendo, Flaman, Valeria, Intimidad, Las pelotaris, Silent witness, Ella es tu padre; y largometrajes como Obra 67, La flor de lis y Els nens salvatges. @ricardo_mena_rosado / www.ricardomenarosado.com