Si el anterior presidente nos tenía acostumbrados a pifias “presidenciales” un día si y el otro también, en este sexenio la constante ha sido la polarización de la sociedad.

Las campañas que presenciamos sin importar las modificaciones coyunturales efectuadas por la presencia del coronavirus, responden siempre a la lógica del mercado, que primero convierte en mercancía a las y los contendientes para después revalorizar en negativo sus propuestas, deshumanizándolas y fetichizándolas.

Debo confesar que, como me imagino pasa a millones de mexicanos y mexicanas, en algún punto del mes de diciembre se apodera de mi mente un estribillo que de manera irremediable y al margen de mi voluntad me lleva a cantar: “yo no olvido al año viejo, que me ha dejado cosas muy buenas. Ay, yo no olvido al año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas. Me dejó una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra, me dejo, me dejo, me dejo…”

Antes de que el año terminara quedaron claras algunas cosas, sobre todo respecto a la política del Estado. Lo primero es que, después de ver el dineral que se llevan entre aguinaldo, sueldo, bonos y prestaciones de ley, tanto el gobernador como los políticos locales, se puede asegurar que dinero hay.