Piedra de olvido
Canek, plaza de Mérida, 1761
| Aquí, sin norma ni medida, el aire líquido del tiempo, derrama lenguas: aluvión de límites, olvido, limo y hojarasca, dédalos. Y la plaza, estela y cementerio permanece de pie: herida en el silencio, desangrada piedra a piedra sobre el polvo. |
El verano de Santiago
| Y los cocheros a solas con sus fustes. Bajo el hervor del tiempo la voz desnuda, elemental, insomne. El agua por la herida anegando con la lluvia, esperas entre los ojos abiertos y las manos entumecidas, huecas hasta el vórtice amargo del silencio. En la hoguera del aire, viejos pasos por caminos cancelados y territorios sin nombre en las baldosas de la bruma; Las esferas baldías del derrumbe, demolidos astros, luz dispersa, macerada, resbalan por edades de la sombra y el sudor en los residuos de la piel. En la plaza del barrio, los cocheros bajo las nubes. Arreando el día, la orfandad estragada en las pestañas; las calesas, perdidas sobre el polvo, con delirios de derrumbe, los minutos. Asediando lo íntimo del parque entre las hojas azules, habitantes vencidos en las calles furtivas de una tarde. Fornicantes sin tregua del olvido los cocheros con sus fustes. En estampida las alas sobre el tejado denuncian la podredumbre del sueño; miseria repetida en el bostezo por la vigilia de un insomnio; Con la arcilla de un cántaro las lluvias engendran bajo el sitio de las cejas la comarca de lo límpido en el aire: –lejanía de campanas, líquida ventana por la ausencia, trago suave en la sed inmemorial del viento. Consumando en sus pestañas el migrar de las nupcias de los pájaros –ritual milenario en los árboles, embriaguez de la altura, los cocheros bajo las nubes desesperan. Desenfundan blasfemias contra el humo o deshebran el surco del tabaco con los ojos abiertos y las manos, encallecidas sobre el vapor atribulado de la tierra. |
San Sebastián bajo las nubes del domingo
| Mukuy kaak/Paloma de fuego ¿Tuux yanech?/¿Dónde estás? Canción popular |
| En la explanada, las hojas en manos del viento y mis cavilaciones en manos del viento. Una voz de mujer (en la lengua de mi memoria) irrumpe en la transparencia del día: habla con los hijos del tiempo y de la tierra, del sacramento del maíz bajo el rocío, el gesto cósmico y la mano o de las nubes viajeras matutinas del domingo. Una voz de mujer en mis cavilaciones. Yo solamente en manos del viento (sorprendido en mi propio asombro) callado, de pie ante las huellas de mi nombre. |
Marzo en un parque de Mérida
| Itzamná por ejemplo Juan Duch Colee |
| Muslos en la hierba suben al rocío, escalan andamios suaves por el aire, hacen un canto de puro hallazgo macerando el júbilo sobre una estera de caricias, textura en la sombra, de destellos. Y el rumor de las nubes esparciendo las horas con la noche en una inmediación de vidrio claro es una confidencia cómplice, ausente de los pájaros y de los cuerpos encendidos en la hoguera del asalto. Instante de marzo aflorado en la desnudez del tórax y del mundo, es un agua torrencial del sueño, en la erupción de los astros sobre el parque; –insurgencia de un aura derramada en el sitio sobre la textura de los labios. El encuentro en la sangre es un cuchillo, pecho adentro se clava al galope, con marea de lluvias y espejismos, en hoja de relámpago; y en el vidrio del aire revienta la almendra del latido incendiando la yerba con el corazón, reducto de la piel a flor del alma. |
Versión inicial: Estrategia para tomar la flor, CEPSA Editorial, Mérida, Yucatán, junio de 2003.










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