Muros, naturales o creados por el hombre, han delimitado y propiciado la separación de los seres humanos a través de la historia. Argumentos son muchos: raza, religión, idioma, pensamiento, economía y otros muchos más, que han servido como pretexto y justificación para “aislar” y “proteger” a grandes masas, de los vecinos a quienes se considera diferentes o peligrosos.

La Covid-19 alteró inesperadamente las fronteras de la enseñanza superior presencial en marzo de 2020 y obligó a emplear sólo métodos virtuales para concluir el semestre. Profesores y directivos reconsideran aún cómo continuar la docencia bajo esta pandemia infinita.

Tomar la decisión de pasar a la fase de “nueva normalidad” es un reto para cualquier sociedad. Un virus tan letal y perseverante no deja otra opción, él lucha contra el ser humano y a estos últimos no nos queda otra que buscar alternativas para combatirlo.

Si bien las reglas de convivencia, comercio, educación y trabajo han cambiado, esto dista mucho de ser algo normal para nosotros, porque la mayoría cree que todas estas medidas tendrán una fecha de caducidad ¿Cuándo? Nadie lo sabe.

Si bien es aislamiento prolongado pero necesario, me permitió hacer muchas más cosas que requirieron de una disciplina personal, de autocontrol y perseverancia, tuve momentos de incertidumbre, desesperanzas e inercia, que por suerte fueron pocos, pues los compromisos sobre todo con mis “acompañadas”, mis adultas mayores de las que yo también soy parte, me sacaron lo mejor de mi para compartirlo con ellas y con mi familia.