A todos los artistas, escritores y gestores culturales que dedicaron su vida a la creación y partieron en esta pandemia...

Yo, lo extraño todo. Extraño visitar a mis amigos, a mis sobrinos, ir de compras para el vestuario, extraño ir a ensayar, extraño las juntas creativas con mis compañeros de teatro. ¿Pero qué extraña la gente? ¿Quién extraña el teatro?

Pero donde más marcó y ha dejado una profunda huella la trágica situación que aun vivimos, ha sido en las miles y miles de personas que en el mundo quedaron al pairo, sin fuente de trabajo para sobrevivir, en medio de crecientes escaseces, que obligan a buscar las más diversas alternativas para llevar algo a la mesa y a la casa.

Las personas creadoras de arte y cultura de Quintana Roo, al igual que quienes se dedican al turismo cultural, comunitario, alternativo o ecológico, resuelven como pueden la difícil situación pues no cuentan con el suficiente respaldo estatal.

Con una “bofetada con guate blanco” la naturaleza misma se encargó de sacudir esas estructuras forjadas en el aire, dando lugar a un fenómeno que tal vez pudiera denominarse “la transmutación del arte”, una transformación obligada por las circunstancias más que pensada.

No era una pandemia, era el fin del mundo. Un final que se estiraba. No es de extrañar que la poca población que quedaba se obsesionara con el tema de la muerte, explorándolo a través del arte

De todos los males de la humanidad, el desamparo ante nuestra naturaleza biológica es uno de los más potentes, la conciencia de vislumbrar el camino que viene nos vuelve tremendamente vulnerables y el miedo de enfermar o morir, nos va aplastando la fortaleza.

Si bien es aislamiento prolongado pero necesario, me permitió hacer muchas más cosas que requirieron de una disciplina personal, de autocontrol y perseverancia, tuve momentos de incertidumbre, desesperanzas e inercia, que por suerte fueron pocos, pues los compromisos sobre todo con mis “acompañadas”, mis adultas mayores de las que yo también soy parte, me sacaron lo mejor de mi para compartirlo con ellas y con mi familia.

Si de algo puede estar segura esta generación, es que nunca vamos a olvidar a 2020. Ha sido este un año, cuando menos, cataclísmico.